
Mario Santí
Octavio Paz y la dignidad
de la traducción poética
A tres años de la desaparición física de Octavio Paz, las Obras completas del Nobel mexicano están por incluir Versiones y diversiones, que recoge la labor de Paz como traductor de poesía, así como los últimos poemas del autor, quien, nos dice Enrico Mario Santí, "confiere al arte de la traducción una dignidad a la altura de la creación"; así, "no debe sorprender, por tanto, que Paz haya considerado sus traducciones como parte íntegra, aunque aledaña, de su corpus poético". Con este ensayo queremos recordar al Paz poeta, ensayista, traductor y figura insoslayable de nuestras letras. La Editorial Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores de Barcelona acaba de publicar la tercera y tal vez definitiva edición revisada de Versiones y diversiones, el tomo que reúne las traducciones poéticas que Octavio Paz hiciera durante más de medio siglo. Como se sabe, Octavio Paz fue, entre muchas otras cosas, un gran traductor de poemas. Desde por lo menos los años cuarenta, cuando vivió en Estados Unidos y convivió con la poesía en lengua inglesa, empezó a practicar el arte de la traducción, y sus posteriores viajes a Europa y Oriente lo iniciaron en una práctica que no cesó sino hasta su muerte en 1998. "Traducir no sólo es trasladar sino transmutar", dejó dicho en el prólogo a Excursiones/incursiones, segundo tomo de sus Obras completas donde reúne sus exploraciones en la literatura mundial. Con la aparición de esta recopilación, ahora ese tomo deberá ser leído como su complemento, pues al leerlos juntos se verá que la traducción fue para Paz algo más que una diversión: significó un instrumento que utilizó el poeta para profundizar su conocimiento de la poesía en todas sus manifestaciones culturales y lingüísticas. Él mismo dice, en la "Nota final" que escribió para este libro, que los ejercicios que incluyó en aquel segundo tomo constituyen "sucintos comentarios" a las traducciones, aludiendo así a la manera en que los antiguos humanistas componían comentarios a sus traducciones de textos clásicos. No es exagerado decir, por eso, que Octavio Paz leía toda la cultura, incluyendo la tradición moderna y hasta la no-occidental, como un texto clásico y sagrado que merecía un doble y complementario abordaje: primero como trasmutación, o traducción poética, y luego como comentario cultural. Dije antes, con imprecisión, que se trata de una tercera y tal vez definitiva edición de un libro anterior. En efecto, dos ediciones (1974 y 1978) tuvo la recopilación en la Editorial Joaquín Mortiz de México, con 295 y 297 traducciones, respectivamente. En ambas, la primera sección, que da título al libro, recogía, además de versiones de varios poetas de lengua inglesa y francesa, las de poemas de Fernando Pessoa que habían aparecido en una célebre antología de 1962 del poeta portugués, así como las de los cuatro grandes poetas suecos (Martinson, Lundkvist, Ekelöf y Lindegren) que Paz había hecho con Pierre Zekeli y reunido en otra antología al año siguiente. A su vez, la última sección, "Algunos Orientes extremos", reunía, bajo "Casos", textos chinos de varios autores, y japoneses, bajo "Tanka y haikú". Como vemos, por tanto, Versiones y diversiones fue siempre un libro radicalmente heterogéneo: no sólo políglota, en el sentido que traducía de varias tradiciones, sino sucesivamente polimorfo, recopilación de traducciones poéticas que el poeta fue acumulando a medida que iba compenetrándose con distintas obras, según dice en la "Nota final" que acompaña a esta edición: "Las traducciones se fueron acumulando a medida que pasaban los años; fue una labor discontinua, regida por el capricho de los días y del humor, en la que no me propuse demostrar o enseñar..." Así, para dar sólo dos ejemplos, las primeras versiones de Nerval que ahora aparecen al principio de la sección I se remontan a un homenaje al poeta suicida que en 1955 un grupo de escritores (entre los que figuraban Ramón Xirau, Carlos Fuentes y Augusto Lunel) le dedicaron en México en la cultura (número 306, 30 de enero de 1995); al igual que los "Ensayos chinos" que ahora figuran a la cabeza de la sección V (pp. 498-516) de esta edición se remontan a 1957, cuando aún resonaba en Paz, a raíz de su breve pero intensa estancia en Tokio cinco años antes, la fascinación por la filosofía y la poesía asiáticas. La presente edición, hecha con extremo esmero por Nicanor Vélez, que además de fino editor es un gran conocedor de la obra del poeta, añade 114 textos a la segunda de 1978 para darnos una representación total de ochenta y cinco poetas. Las cuatro secciones en anteriores ediciones son ahora seis: Versiones y diversiones (I), Poemas de Fernando Pessoa (II), Cuatro poetas suecos (III), Kavya (IV), China (V) y Japón (VI). Pero sin duda la mayor innovación del libro es que reproduce la mitad de los textos originales a la izquierda con las traducciones correspondientes a la derecha, a excepción de las últimas tres secciones que sólo recopilan las traducciones de los textos suecos, chinos y japoneses. La exclusión se justifica cuando se sabe que Paz tradujo de estas tres culturas a partir de traducciones de otras lenguas que él sí manejaba (sobre todo el inglés y el francés).
Tal vez en otra futura edición se puedan incluir los originales de estas otras lenguas para así configurar un repertorio completo y definitivo. Incluidos ahora están los otros libros de traducciones que Paz había publicado aparte: los Veinte poemas de W.C. Williams (1973), 15 poemas de Apollinaire (1979), los 25 epigramas Kavya (1995), y la de Trazos (1997) que recogía los textos de poesía y filosofía china. Añade, además, el texto completo de Sendas de Oku de Matsuo Basho que Paz y Eikichi Hayashiya habían publicado en México en 1957, junto con todas las notas de la última edición de Tokio (1992). Un cotejo entre la segunda edición y ésta revela otros aumentos. Entre los occidentales: un soneto de Théophile de Viau, dos más de Apollinaire, Jules Supervielle y Jean Cocteau, respectivamente; uno de Georges Schéhadé y otro de Alain_cosquet; nueve de Yesé Amory (seudónimo de Marie-José Paz); uno de William Butler Yeats y un fragmento (de Esthétique du mal) de Wallace Stevens; cinco de William Carlos Williams, uno de Elizabeth Bishop, los once de Charles Tomlinson, uno de Ivar Ivask y otro de A.R. Ammons; cinco de Mark Strand y dos de Milosz. Un total de cuarenta y seis nuevas traducciones. Entre los orientales, los añadidos sólo fueron textos chinos: uno más para Han Yu ("Exhortación a los cocodrilos"), Li Po, Tu Fu, y se añadieron textos de Han Yu (dos), Po Chu-i (tres), y Li Ch’ing Chao (seis), para un total de catorce. Paz nunca se cansó de citar como ideal de traducción poética la sentencia de Paul Valéry: "Producir con medios diferentes efectos análogos." De ahí que sus traducciones sean realmente producciones paralelas a la creación. En un ensayo de 1970 ("Traducción: literatura y literalidad") el propio Paz lo dice con claridad: "En sus dos momentos la traducción es una operación paralela, aunque en sentido inverso, a la creación poética. Su resultado es una reproducción del poema original que [...] no es tanto su copia como su trasmutación." O como dice en la "Nota final": "El punto de partida fueron poemas escritos en otras lenguas; el de llegada, la tentativa de escribir, con ellos, poemas en la mía." No debe sorprender, por tanto, que Paz haya considerado sus traducciones como parte íntegra, aunque aledaña, de su corpus poético. Tan es así que, según él mismo dispuso, Versiones y diversiones aparecerá pronto en un tomo de sus Obras completas junto a sus últimos poemas. Esa disposición no sólo muestra una predilección personal, pues en realidad confiere al arte de la traducción una dignidad a la altura de la de creación. ¡Qué bueno sería que, como recuerdo del gran poeta y traductor que fue Octavio Paz, y como homenaje a este oficio amoroso, se hiciese una presentación de este libro a partir de un recital multilingüe de sus "versiones" junto a sus correspondientes originales! O también: un pequeño simposio en el que, junto al análisis de los "sucintos comentarios" que Paz realizó para sus traducciones, lectores de las diversas tradiciones poéticas que reúne este libro discutan los "efectos análogos" que sus "versiones" nos descubren en la recreación de los tesoros de la poesía para nuestra lengua española. Veremos entonces cómo ellas cumplen con el cometido que deseaba su autor: "que tuviesen la antigüedad de todas las obras de arte: la de hoy mismo". 

En el Perú, son modernistas José Santos Chocano, Clemente Palma y acaso Domingo Martínez Lujan. Luego vino la generación de los Colónidos, con Abraham Valdelomar a la cabeza. Eran los exquisitos, los decentes, los imitadores de Osear Wilde. También eran trabajadores y han dejado obra. Luego, ya no podemos precisar más generaciones literarias. Surgen nada más que individualidades que trabajan afanosamente, francotiradores que matan por su cuenta y riesgo, como el lobato de Ruyard Kipling. El año 1919 representa la cancelación de las generaciones literarias. Quedan para la inteligencia. Con ella nos viene el comunismo, negación de todos los valores espirituales. A medida que pasan los años, la descomposición intelectual del mundo se acentúa. La vida comercial se recompone, el placer y la holganza se apoderan del mundo. Nadie quiere cumplir con su deber y los trabajadores descubren que el primero de sus derechos es el de no trabajar. La huelga se enseñorea de campos, talleres y fábricas. Y entonces empieza a nacer una generación rara que se prolongará a través de varias generaciones. Cuando viene la segunda guerra y se acentúan y perfeccionan las calamidades que trajo la primera, esa generación que comprende a varias generaciones al fin toma nombre y forma. Es la generación Cocacola. Es decir, un conjunto de hombres gaseosos y desgalichados que no sirven para nada. Dentro de ella hay dramaturgos, pintores y poetas. Todos gaseosos y, en el mejor de los casos, efervescentes. Creen que tienen, como primera obligación, romper con todo lo tradicional y perder el respeto hacia todas las cosas. Ignoran que en el mundo no hay nada que no sea respetable. Comienzan por eliminar vasos y copas. Beben directamente de la botella, mediante cánulas. Diríase que se trata de drenes que se meten a la boca. En materia de vestidos, decretan la muerte de toda la indumentaria que fue cifra y compendio de la elegancia de antaño. Había que andar en camisa. El sombrero y la corbata eran cosas superfluas. Es posible que lo sean, mas no con el criterio desaprensivo de los cocacolas. La cortesía y el respeto son algo ridículo. Más o menos como la copa y el vaso. El dramaturgo cocacola no vacila en compararse a los grandes trágicos griegos. El poeta cocacola nada tiene que hacer con el ritmo, con el metro, con la rima, con las pausas mayores, con las censuras, con los acentos tónicos. Si un grupo cocacola se tropieza con un hombre a quien se le cree respetable o ilustre, debe burlarse de él y, en lo posible, escarnecerlo. La mujer bonita es una maquinilla para usos cocacola escasamente sexuales. La cultura es una mortificación y el trabajo un prejuicio vil. Oír una charla cocacola es menos divertido que escuchar una pajarera o un gallinero; mucho menos gracioso que situarse frente a una jaula de monos. Los cocacola son bailarines de ruidos. El mambo está a la cabeza. Siempre los embriaga la música sincopada. La generación cocacola producto desolado y estéril de dos guerras, precursora quizá de una tercera, carece de los ideales y de finalidades. Supone que se dedica al arte, porque el arte le parece fácil. Cuando se incrusta en la burocracia, presume que está haciendo política. Cuando realiza combinaciones financieras ligeramente deshonestas se le ocurre que está haciendo negocios. No comprende en absoluto lo que es la galantería. Bajo sus pies, semejantes a los cascos del caballo de Atila, han perecido, el piropo y el madrigal, las buenas maneras y el buen vestir. La crisis económica mundial auxilia poderosamente a los cocacolas, porque validos de ella, pueden andar sin camisa y sin medias y alegar que la vida no da tiempo para cultivar la cortesía. En cuanto al amor, es una palabra absolutamente vacía. En el mundo de ayer, la palabra amor era incomprensible e indefinible, pero siempre consoladora. En el mundo cocacola no es nada. Los cocacolas se emborrachan a veces; pero hay que reconocer que no son borrachos. No podrían serlo puesto que no saben beber. Aunque son bailarines y no saben bailar. El supremo afán del cocacola es manejar automóvil. Por la forma como se comportan con las mujeres, parecen asexuales. Lo malo y triste del caso es que también hay mucha mujer cocacola. No es, pues, fácil esclarecer el punto. El asunto sexo siempre ha sido el gran misterio. ¿Hay poetas y literatos cocacola? Seguramente. Por ahí hemos leído cosas que pueden tener otro origen. Triste producto de la guerra, de la miseria y de la desesperanza, la generación cocacola actúa en todo el mundo; pero se embotella en el Perú. Quieren hacernos creer que es nacional. No es cierto. Es cosmopolita, como todo lo que ha resultado de las dos guerras. Lo lamentable del caso es que la generación cocacola es la que viene a reemplazar a aquella que tuvo a Abraham Valdelomar, a José María Eguren, a Enrique Bustamante y Ballivián, a Félix del Valle. Las individualidades que se han presentado no llenan el vacío. La generación cocacola no es una expresión literaria ni una expresión artística. Ni una expresión política. Sus dramaturgos y sus poetas dan risa. Ya vendrá otra generación que le haga justicia a la cocacola y cuando esta conozca el vilipendio y la irrespetuosidad, acaso comprenda -será tarde- todo lo que en la vida significan la cortesía, la tolerancia, el amor al trabajo, el sentido de responsabilidad y el culto por el deber. Será tarde y esto si no viene otra generación gaseosa embotellada en el Perú.











