Showing posts sorted by relevance for query LOS QUE QUEMAN LOS LIBROS. Sort by date Show all posts
Showing posts sorted by relevance for query LOS QUE QUEMAN LOS LIBROS. Sort by date Show all posts

Thursday, January 25, 2007

LOS QUE QUEMAN LOS LIBROS/ GEORGE STEINER

Los que queman los libros
Por George Steiner

En una época en la que el espacio de la lectura está llamado a disminuir, el crítico George Steiner desprende un conjunto de reflexiones que explican cómo unas incisiones sobre una tablilla de arcilla, unos trazos de pluma o de lápiz, pueden constituir una persona —una Beatriz, un Falstaff, una Ana Karenina— cuya sustancia excede a la vida misma en su realidad . Este texto forma parte del libro Los logócratas, coeditado por el Fondo de Cultura Económica y Ediciones Siruela, que comenzará a circular en breve








Los que queman los libros, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen. El poder indeterminado de los libros es incalculable. Es indeterminado precisamente porque el mismo libro, la misma página, puede tener efectos totalmente dispares sobre sus lectores. Puede exaltar o envilecer; seducir o asquear; apelar a la virtud o a la barbarie; magnificar la sensibilidad o banalizarla. De una manera que no puede ser más desconcertante, puede hacer las dos cosas, casi en el mismo momento, en un impulso de respuesta tan complejo, tan rápido en su alternancia y tan híbrido que ninguna hermenéutica, ninguna psicología puede predecir ni calcular su fuerza. En diferentes momentos de la vida del lector, un libro suscitará reflejos completamente diferentes. En la experiencia humana no hay fenomenología más compleja que la de los encuentros entre texto y percepción, o, como observa Dante, entre las formas del lenguaje que sobrepasan nuestro entendimiento y los órdenes de comprensión con respecto a las cuales nuestro lenguaje es insuficiente: la debilitade de lo'nteletto e la cortezza del nostro parlare.

Pero en este diálogo siempre imperfecto —los únicos que pueden ser plenamente comprendidos son los libros efímeros y oportunistas; son los únicos cuyo significado potencial se puede agotar— puede haber una apelación a la violencia, a la intolerancia, a la agresión social y política. Céline es el único de nosotros que permanecerá, decía Sartre. Existe una pornografía de lo teórico, incluso de lo analítico, lo mismo que existe una pornografía de la sugestión sexual. Las citas de libros supuestamente “revelados” —el libro de Josué, la epístola de Pablo a los Romanos, el Corán, Mein Kampf, el Pequeño Libro Rojo de Mao— son el preludio de la matanza, su justificación. La tolerancia y el compromiso suponen un contexto inmenso. El odio, la irracionalidad, la libido del poder leen deprisa. El contexto se evapora en la violencia del asentimiento. De ahí el dilema profundamente enojoso y problemático de la censura. Es sucumbir a la hipocresía liberal dudar que determinados textos, libros o periódicos puedan inflamar la sexualidad; que puedan llevar directamente a la mimesis, a la imitatio, hasta el punto de dar a unas vagas pulsiones masturbatorias una concreción terrible y una urgente necesidad de ser saciadas. ¿Cómo pueden justificar los libertarios el torrente de erotica sádicos que inunda hoy nuestras librerías, nuestros quioscos y la Red? ¿Cómo defender a esta literatura programática del maltrato a los niños, del odio racial y de la criminalidad ciega con que se nos machacan los oídos, los ojos y la conciencia? Los mundos del ciberespacio y de la realidad virtual se saturarán de programas gráficos y revestidos de una pseudoautoridad, de las sugestiones de ejemplos validadores de la bestialidad hacia otros seres humanos, hacia nosotros mismos (la recepción, el disfrute del trash, de la basura, es automutilación del espíritu). ¿Está equivocado totalmente el ideal platónico de la censura?

Por el contrario, los libros son nuestra contraseña para llegar a ser lo que somos. Su capacidad para provocar esta trascendencia ha suscitado discusiones, alegorizaciones y deconstrucciones sin fin. Las implicaciones metafóricas del icono hebreo-helénico del “Libro de la Vida”, del “Libro de la Revelación”, de la identificación de la divinidad con el Logos, son milenarias y no tienen límites. Desde Súmer, los libros han sido los mensajeros y las crónicas del encuentro del hombre con Dios. Mucho antes de Catulo ya eran los correos del amor. Por encima de todo, con algunas obras de arte, han encarnado la ficción suprema de una posible victoria sobre la muerte. El autor debe morir, pero sus obras le sobrevivirán, más sólidas que el bronce, más duraderas que el mármol: exegi monumentum aere perennius (he hecho un monumento más perenne que el bronce). La polis que celebra Píndaro perecerá; la lengua en la que la celebra puede morir y tornarse indescifrable. Pero a través del rollo de papel, a través del elixir de la traducción, la oda pindárica sobrevivirá, seguirá cantando desde los labios desgarrados de Orfeo mientras la cabeza muerta del poeta baja por el río hasta el país del recuerdo. Una concha puede inmortalizar. Al traducir a Villon, Thomas Nashe había escrito: a brightness falls from her hair (un resplandor sale de su cabello); el impresor isabelino se equivocó y escribió: a brightness falls from the air (un resplandor sale del aire), ¡que se ha convertido en uno de los versos talismánicos de toda la poesía en lengua inglesa!

El encuentro con el libro, como con el hombre o la mujer, que va a cambiar nuestra vida, a menudo en un instante de reconocimiento del que no tenemos conciencia, puede ser puro azar. El texto que nos convertirá a una fe, nos adherirá a una ideología, dará a nuestra existencia una finalidad y un criterio podría esperarnos en la sección de libros de ocasión, de libros deteriorados o de saldos. Puede hallarse, polvoriento y olvidado, en una sección justo al lado del volumen que buscamos. La extraña sonoridad de la palabra impresa en la cubierta gastada puede captar nuestra mirada: Zaratustra, Diván Oriental y Occidental, Moby Dick, Horcynus Orca. Mientras un texto sobreviva, en algún lugar de esta tierra, aunque sea en un silencio que nada viene a romper, siempre es capaz de resucitar. Walter Benjamin lo enseñaba, Borges hizo su mitología: un libro auténtico nunca es impaciente. Puede aguardar siglos para despertar un eco vivificador. Puede estar en venta a mitad de precio en una estación de ferrocarril, como estaba el primer Celan que descubrí por azar y abrí. Desde aquel momento fortuito, mi vida se vio transformada y he tratado de aprender “una lengua al norte del futuro”.

Esta transformación es dialéctica. Sus parábolas son las de la Anunciación y la Epifanía. ¡Conocemos tan mal la génesis de la creación literaria! No tenemos, por así decirlo, ningún acceso a la posible neuroquímica del acto de imaginación y sus procedimientos. Hasta el borrador más informe de un poema es ya una etapa muy tardía en el viaje que conduce a la expresión y al género performativo. El crepúsculo, el “antes del alba” y las presiones a la expresión que se ejercen en el subconsciente son casi imperceptibles para nosotros. Más concretamente: ¿cómo es posible que unas incisiones sobre una tablilla de arcilla, unos trazos de pluma o de lápiz, muchas veces apenas visibles en un trozo de frágil papel, constituyan una persona —una Beatriz, un Falstaff, una Ana Karénina— cuya sustancia, para innumerables lectores o espectadores, excede a la vida misma en su realidad, en su presencia fenoménica, en su longevidad encarnada y social? Este enigma de la persona ficticia, más viva, más compleja que la existencia de su creador y de su “receptor” —ese hombre o esa mujer ¿son tan bellos como Helena, tan complejos como Hamlet, tan inolvidables como Emma Bovary?— es la cuestión fundamental, pero también la más difícil, de la poética y de la psicología.

La imagen clásica ha sido la de la creación divina, la de Dios haciendo el mundo y el hombre. Explícitamente o no, se ha entendido al gran escritor y al gran artista como un simulacrum del decreto divino. Con frecuencia, se ha sentido rival amargo o amante de Dios, su competidor en el acto de la invención y la representación. Para Tolstoi, Dios era “el otro oso del bosque”, al que había que hacer frente, con el que había que luchar. Toda la metáfora de la “inspiración”, tan antigua como las Musas o como el soplo de Dios en la voz del vidente o del profeta, es un esfuerzo para dar una razón de ser a las relaciones miméticas entre la poiesis sobrenatural y la poiesis humana. Con una diferencia capital. El problema de la creación divina ex nihilo ha sido debatido en todas las grandes teologías y en todos los grandes relatos mitológicos del misterio del comienzo (incipit). Hasta el escritor más grande entra en la casa de un lenguaje preexistente. Puede, dentro de unos límites muy estrictos, añadirle neologismos; puede, como Pascoli, tratar de insuflar una vida nueva a las palabras “muertas”, incluso a lenguas muertas. Pero no forma su poema, su obra teatral o su novela “de la nada”. En teoría, cada texto literario concebible está ya potencialmente presente en la lengua (de ahí la fantasía borgesiana de la biblioteca total de Babel). No por eso dejamos de seguir sin saber nada de la alquimia de la elección, de la secuencia fonética, gramatical y semántica que produce el poema perdurable. Y con el abandono progresivo, hoy, de la imagen de la creación divina, del concetto de la inspiración sobrenatural, nuestra ignorancia se hace mayor.

En el otro lado de la dialéctica, las cuestiones son casi igualmente desconcertantes. ¿Cuál es, exactamente, el grado de existencia de un poema o una novela que no se lee, de una obra teatral que jamás se representa? La recepción, aunque sea tardía, aunque sea por una minoría esotérica, ¿es indispensable para la vida de un texto? Si es así, ¿de qué manera lo es? El concepto de lectura, concebido como un proceso que revela en lo fundamental una colaboración, es intuitivamente convincente. El lector serio trabaja con el autor. Comprender un texto, “ilustrarlo” en el marco de nuestra imaginación, es, en la medida de nuestros medios, re-crearlo. Los más grandes lectores de Sófocles y de Shakespeare son los actores y los directores de teatro, que dan a las palabras su carne viva. Aprender de memoria un poema es encontrarlo a mitad de camino en el viaje siempre maravilloso de su venida al mundo. En una “lectura bien hecha” (Péguy), el lector hace con él algo paradójico: un eco que refleja el texto, pero también que responde a él con sus propias percepciones, sus necesidades y sus desafíos. Nuestras intimidades con un libro son completamente dialécticas y recíprocas: leemos el libro, pero, quizá más profundamente, el libro nos lee a nosotros.

Pero ¿cuál es la razón de lo arbitrario, de la naturaleza siempre discutible de estas intimidades? Los textos que nos transforman pueden ser, desde un punto de vista tanto formal como histórico, trivia. Como un estribillo de moda, la novela policíaca, la noticia ligera, lo efímero puede hacer irrupción en nuestra conciencia y huir a lo más profundo de nosotros. El canon de lo esencial varía de un individuo a otro, de una cultura a otra, pero también de un período de la vida a otro. Hay en la adolescencia textos maestros que son ilegibles más tarde. Hay libros repentinamente redescubiertos en la escena literaria o en la vida privada. La química del gusto, de la obsesión, del rechazo, es casi tan extraña e inaprensible como la de la creación estética. Seres humanos muy próximos entre sí por sus orígenes, por su sensibilidad y por su ideología pueden adorar el libro que se detesta, pueden juzgar kitsch lo que se considera una obra maestra. Coleridge hablaba de los hooked atoms de la conciencia, que se entremezclan de maneras imprevisibles; Goethe hablaba de las “afinidades electivas”; pero no son más que imágenes. Las complicidades entre el autor y el lector, entre el libro y la lectura que hacemos de él, son tan imprevisibles, tan vulnerables al cambio, y están tan misteriosamente arraigadas como las del eros. O, tal vez, como las del odio, pues hay textos inolvidables, que nos transforman y que acabamos odiando: yo no soporto ver el Otelo de Shakespeare en el teatro ni puedo enseñarlo, pero la versión de Verdi me parece, en muchos aspectos, la más coherente, un milagro humano.

La paradoja del eco vivificador entre el libro y el lector, del intercambio vital hecho de confianza recíproca, depende de ciertas condiciones históricas y sociales. El “acto clásico de la lectura”, como he tratado de definirlo en mi trabajo, requiere unas condiciones de silencio, de intimidad, de cultura literaria (alfabetismo) y de concentración. Faltando ellas, una lectura seria, una respuesta a los libros que sea también responsabilidad no es realista. Leer, en el verdadero sentido del término, una página de Kant, un poema de Leopardi, un capítulo de Proust, es tener acceso a los espacios del silencio, a las salvaguardias de la intimidad, a un determinado nivel de formación lingüística e histórica anterior. Es tener asimismo libre acceso a útiles de comprensión como diccionarios, gramáticas y obras de alcance histórico y crítico. Desde los tiempos de la Academia ateniense hasta mediados del siglo XIX, muy esquemáticamente, dicho acceso era la definición misma de la cultura. En mayor o menor medida, éste fue siempre el privilegio, el placer y la obligación de una élite. Desde la biblioteca de Alejandría hasta la celda de san Jerónimo, la torre de Montaigne o el despacho de Karl Marx en el British Museum, las artes de la concentración —lo que Malebranche definía como “la piedad natural del alma”— han tenido siempre una importancia esencial en la vida del libro.

Es una banalidad constatarlo: estas artes, en nuestros días, están muy erosionadas; se han convertido en un “oficio” universitario cada vez más especializado. Más del ochenta por ciento de los adolescentes estadounidenses no saben leer en silencio; hay siempre como telón de fondo una música más o menos amplificada. La intimidad, la soledad que permite un encuentro en profundidad entre el texto y su recepción, entre la letra y el espíritu, es hoy una singularidad excéntrica, que resulta psicológica y socialmente sospechosa. Es inútil detenerse a hablar del hundimiento de nuestra enseñanza secundaria, sobre su desprecio del aprendizaje clásico, de lo que se aprende de memoria. Una forma de amnesia planificada prevalece ya desde hace mucho tiempo en nuestras escuelas.

Al mismo tiempo, el formato del libro en sí, la estructura del copyright, de la edición tradicional, de la distribución en librerías están, ustedes lo saben mejor que yo, en plena transmutación, hasta en plena revolución. A partir de ahora, los autores pueden atender a sus lectores directamente por internet y pedirles que entren en comunicación directa con ellos (es así como se ha “publicado” todo el último John Updike). Cada vez se leen más libros on line, en la pantalla del ordenador, o se consultan en la Red. Ochenta millones de volúmenes de la Biblioteca del Congreso, en Washington (no) están (ya) disponibles (más que) por medios electrónicos. Nadie, por bien informado que esté, puede predecir lo que sucederá con el concepto mismo de autor, de textualidad, de lectura personal. Sin ninguna duda, estas evoluciones son maravillosamente excitantes. Suponen liberaciones económicas y oportunidades sociales de primera importancia. Pero también van acompañadas de profundas pérdidas. De manera creciente, los libros escritos, editados, publicados y comprados “al estilo antiguo” pertenecerán a las “bellas letras” o a lo que en alemán se denomina, peligrosamente, la Unterhaltungsliteratur, la “literatura fácil”. De manera creciente, la ciencia, la información, el saber en todas las formas se transmitirán, registrarán y encargarán por medios electrónicos. Las fracturas, ya grandes en nuestra cultura y en nuestras letras (alfabetismos), se harán más hondas.

Más que nunca necesitamos al libro, pero los libros, a su vez, nos necesitan a nosotros. ¿Qué privilegio más bello que el de estar a su servicio?

Traducción de María Condor
El universal. CONFABULARIO. 6 de enero de 2007

Saturday, October 05, 2013

ANTOLOGIA DEL MICRORRELATO MEXICANO: LOS PRECURSORES / Por Armando Arteaga

ANTOLOGIA DEL MICRORRELATO MEXICANO: LOS PRECURSORES
  
Por Armando Arteaga
*
El microrrelato tiene en México un enorme prestigio.  Es en realidad su prosa de observatorio que puede mostrar al mundo.  Sus precursores tenían conciencia literaria de la síntesis, de la técnica literaria y  de un buen manejo del argumento y el lenguaje depurado.  Genaro Estrada, Mariano Silva y Aceves, Carlos Díaz Dufoo, Alfonso Reyes Ochoa, Julio Torri, y Max Aub, fueron escritores que sobrepasaron “el modernismo”  de las letras mexicanas para entrar en la modernidad del siglo XX.  Verdaderos precursores literarios que animaron y desarrollaron el microrrelato, y que avistaron a otros escritores de la modernidad mexicana como  Juan José Arreola y Augusto Monterroso, que le han dado un enorme prestigio al microrrelato mexicano. (A.A.)

Genaro Estrada (1887-1937)


Nació en Mazatlán, Sinaloa. Fundó  revista Argos y trabajó en la Revista de Revistas. Enseñó en la Universidad Nacional Autónoma de México y fue miembro de la Academia mexicana de la Lengua. Obras publicadas: Nuevos poetas mexicanos (1916), Lírica mexicana(1919), Bibliografía de Amado Nervo (1925) y Genio y figura de Picasso(1935). Poesía: Escalera (1929) y Paso a nivel (1933). Novela: Pedro Galin (1926).

El mendigo

Un oidor y un clérigo pasaban aquella noche por la acera del Real Palacio, empeñados en debatir los sucesos de Guanajuato. Graves noticias llegaban de la Intendencia acerca de motines, actos violentos contra los españoles.
—Y sépase vuestra merced que esas gentes no pueden nada contra el orden establecido —dijo el oidor doblando la esquina de la Moneda.
—Dios protege nuestra santa causa y nos conservará unidos a la Corona por los siglos de los siglos —agregó el clérigo mientras hacía una reverencia al palacio del arzobispo, por cuyo frente atravesaban en aquel instante.
Un mendigo les cerró el paso. Era un indio miserable, casi desnudo, de mirada vivaz, que tendía la mano implorando una limosna.
—Yo os aseguro —reanudó el clérigo— que Nuestra Señora de los Remedios…
—¡Por la Santísima Virgen de Guadalupe, una limosna! —gimió el indio, mientras que los otros le lanzaban una profunda mirada de desprecio.
—¡Por la Santísima Virgen de Guadalupe! —volvió a suplicar frente al oidor, quien se estremeció sin causa y le arrojó una moneda.
Atrás, en el reloj de la catedral, daban las once.


 Mariano Silva y Aceves (1886-1937)

 

Nació en la Piedad de Cabadas, Michoacán. Fue miembro del Ateneo de la Juventud y secretario del Departamento Universitario y de la Universidad Nacional. En la Facultad de Filosofía y Letras, impulsó la investigación lingüística y creo las carreras de lingüística románica y lingüística de idiomas indígenas de México, donde se doctoró en 1933. Obra: Campanitas de plata(1925) 


El componedor de cuentos

Los que echaban a perder un cuento bueno o escribían uno malo lo enviaban al componedor de cuentos. Éste era un viejecito calvo, de ojos vivos, que usaba unos anteojos pasados de moda, montados casi en la punta de la nariz, y estaba detrás de un mostrador bajito, lleno de polvorosos libros de cuentos de todas las edades y de todos los países.
Su tienda tenía una sola puerta hacia la calle y él estaba siempre muy ocupado. De sus grandes libros sacaba inagotablemente palabras bellas y aun frases enteras, o bien cabos de aventuras o hechos prodigiosos que anotaba en un papel blanco y luego, con paciencia y cuidado, iba engarzando esos materiales en el cuento roto. Cuando terminaba la compostura se leía el cuento tan bien que parecía otro.
De esto vivía el viejecito y tenía para mantener a su mujer, a diez hijos ociosos, a un perro irlandés y a dos gatos negros.


Carlos Díaz Dufoo (1861-1941)

Carlos Díaz Dufoo, se dedicó al periodismo y a la dramaturgia tanto en España, lo mismo en su México natal, resultaba hasta hace poco un  desconocido. Olvido literario derivado  de una cuestión de mezquindad de tiempo  literario. Dufoo únicamente publicó ficción narrativa: Cuentos nerviosos (1901).





La autopsia

Teodora había alcanzado esa edad en que el espíritu, presa de extrañas alucinaciones, busca en los espacios fulgores desconocidos y en las flores aromas especiales. Sus ojos, abrillantados y radiantes, reflejaban la curiosidad de un alma inquieta, nacida para ser contemplada de rodillas.
Llegó al altar cuando el primer albor de la adolescencia iluminaba apenas su semblante. Allí, en aquella alcoba en donde el ángel de la dicha coloca sigilosamente su dedo en los labios, había encontrado a un hombre frío y reservado, impregnado el espíritu de problemas trascendentales, de casos patológicos, de dudas científicas.
Había pasado de su clínica á la cámara nupcial bruscamente, sin transición alguna, y se encontraba en los brazos de aquella niña como en su cátedra, delante de sus discípulos, en los solemnes momentos de una operación quirúrgica.
Teodora lloró sus desengaños mucho tiempo. Después, la costumbre había alejado las sombras que se proyectaron en su espíritu y la asediaron durante algunos años.
Todas las mañanas veía alejarse a su marido, siempre silencioso, siempre pensativo, después de una noche de insomnio, consultando al reflejo del pálido reverbero que alumbraba tenuemente la cama de palo de rosa en que descansaba ella, las obras de los maestros, sin que sus ojos, posados en aquellas páginas, revelaran una sola idea mundana, un solo destello de vida.
Todos los días, al sonar la una de la tarde, el coche del doctor estremecía las vidrieras de la casa. Momentos después, imprimía sus labios helados y descoloridos en la pensativa frente de la esposa. Comían en silencio, y él penetraba en su gabinete de estudio para no salir hasta hora muy avanzada de la tarde, cuando ya el último rayo había dejado de dorar las cumbres de las montañas.
Teodora paseaba en el bosque su amarga melancolía, y cuando las tinieblas de la noche, confundiéndose con las de su alma, envolvían los caprichosos contomos de los árboles, el coche ganaba las calles de la población, y penetraba en aquel hogar sombrío y taciturno que no turbaba el menor ruido en su reposo.
Una noche Teodora no volvió.
A la mañana siguiente, en el salón de la señora …, corría de boca en boca la noticia de que la hermosa T…, esposa del célebre doctor M…, había abandonado el domicilio conyugal en compañía de un conocido Lovelace, cuyas seducciones mundanales habíanle hecho héroe de numerosas aventuras.
En la solitaria casa de la calle de… la vida no había cambiado. Todas las tardes, a la una, el ruido de un coche estremecía las vidrieras del edificio, y el doctor, frío y silencioso, traspasaba el dintel de aquella puerta, que volvía a cerrarse al darle paso. El transeúnte que a las altas horas de la noche cruzaba aquella apartada vía pública y fijaba su vista en el edificio, podía vislumbrar un pálido rayo de luz que se desprendía de uno de los balcones.
Era el doctor que estudiaba.
II
Aquella noche el doctor había velado más que de costumbre.
Un círculo obscuro circundaba sus ojos, que parecían más cavernosos que nunca. En el fondo de aquellos huecos se adivinaban, mejor que se veían, dos pupilas fijas en un cielo plomizo de melancolía vaga y taciturna.
Salió. Leves gotas de una lluvia, finísima caían en los charcos de las aceras, produciendo pequeñas ondulaciones que se borraban un momento para dibujarse de nuevo. Los coches salpicaban de lodo a los transeúntes. Las pesadas ruedas de los carros se hundían en el fango con un chasquido glutinoso.
En el hospital, los alumnos esperaban al doctor, haciéndose mutuas confidencias de sus aventuras de callejuela. El aire húmedo de la mañana no se hacía sentir en aquella atmósfera impregnada de ácido fénico. Un paso lento y acompasado resonó en los corredores’, los cuchicheos cesaron: era el doctor.
Cuando entró en la cátedra seguido de sus discípulos, la impasible fisonomía del médico se iluminó por un momento. Sus ojos brillaron como dos ascuas de fuego, su tez marchita se coloreó un instante, su frente se levantó orgullosa y firme, y con voz sonora y metálica comenzó su explicación:
— Señores,..
Se trataba del envenenamiento por cianuro.
El doctor pretendía seguir las huellas de la intoxicación por el veneno, é investigar ciertos fenómenos que podían haberse escapado a la experiencia.
Un alumno interrumpió al profesor.
Precisamente se había llevado la noche anterior al anfiteatro el cadáver de una mujer intoxicada por el cianuro, en una madríguera de la prostitución. El cuerpo esperaba la autopsia. Animado por la fiebre de la ciencia, aquel hombre de hielo abandonó el sillón de la cátedra, y, seguido siempre de sus discípulos, penetró en la sala de disecciones.
Una plancha de mármol blanco, opacada por una leve capa grasosa, se alzaba en aquella habitación amplia, a la que daban luz dos anchas ventanas, por donde un rayo de sol, que había roto en aquel momento la obscura prisión de nubes que lo tenía envuelto, penetraba alegremente, yendo a herir un amarillento cráneo, abandonado en el rincón más apartado de la estancia.
El doctor había retirado de su bolsa de operaciones un bisturí ñexible y delgado como la lengua de una víbora. Era otro hombre, su rostro resplandecía; un fulgor extraño iluminaba aquella frente obscurecida por los insomnios; su boca se plegaba por una sonrisa de amor propio satisfecho; su nariz aspiraba con deleite aquel aire cargado de emanaciones de sangre humana.
Trajeron el cadáver.
Era el de una mujer joven y hermosa, sus formas habían sido holladas por el placer sin que perdieran el primitivo encanto de sus líneas. El vicio hizo rodar aquel montón de carne blanca y tersa, de suaves contornos y virginales redondeces.
El doctor se acercó y una palidez mortal cubrió su semblante.
Aquel cadáver era el de Teodora.
Vaciló un momento.
La misma extraña claridad que alumbraba un poco antes sus facciones, marchitas y fatigadas, apareció de nuevo en su rostro.
Se acercó a la plancha, y, buscando en el cuerpo un espacio determinado, hizo la primera incisión con el bisturí.

Alfonso Reyes Ochoa (1889-1959)


Alfonso Reyes nació en Monterrey, Nuevo León.  En Ciudad de México, estudió en la Escuela Nacional Preparatoria y se graduó en la Escuela Nacional de Jurisprudencia.  Alfonso Reyes, que ya apuntaba como un magnífico escritor, se exilia a Madrid (1914) donde permanecerá durante diez años, periodo de intensa actividad literaria que le merecerán ser reconocido internacionalmente como gran maestro y escritor. Borges le consideraba “el mejor prosista de habla hispana de todos los tiempos.

Las dos golondrinas

Benedictine y Poussecafé —las dos golondrinas del ventanillo— están, desde el amanecer, con casaca negra y peto blanco. A veces, se lanzan —diminutas anclas del aire— y reproducen sobre el cielo, con la punta del ala, el contorno quebrado, la cara angulosa de la ciudad.
Benedictine vuelve la primera, y se pone a llamar a su enamorado. Dispara una ruedecita de música que lleva en el buche. La ruedecita gira vertiginosamente, y acaba soltando unas chispas —como las del afilador— que le queman toda la garganta. Por eso abre el pico y tiembla, víctima de su propia canción, buen poeta al cabo.
Al fin, vuelve Pussecafé a su lado. Salta como un clown en el alambre, salta, salta. Salta sobre Benedictine ¡vuelve al aire! Y Benedictine sacude las plumas, y dispara otra vez la ruedecita musical que tiene en el buche.

Julio Torri (1889-1970)



Julio Torri nació en Saltillo, Coahuila en 1889. Se trasladó a la Ciudad de México en 1908 y un año después funda el Ateneo de  la Juventud Mexicana junto con Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Antonio Caso, entre otros. En 1913 se graduó en la Escuela Nacional de Leyes. Fue profesor de literatura española, en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Facultad de Filosofía y Letras. Se doctoró en Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Obra: Ensayos y poemas (1917), De fusilamientos (1940), Prosas dispersas (1964) y El ladrón de ataúdes (1987).

Literatura

El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores.

La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica, sobrenatural.

Max Aub (1903-1973)



Max Aub, escritor español nacido en París y nacionalizado mexicano. Participó en la guerra civil española del lado de los republicanos. Luego de pasar por un campo de refugiados en Francia y viajar por Argelia, llegó a México en 1942 y participó activamente en la vida cultural. Su obra, más de un centenar de publicaciones, abarca ensayo, traducción, novela, teatro, poesía, y cuento. Obra: Crímenes ejemplares, La uña, Sala de espera y Signos de ortografía.

Crímenes ejemplares

―¡ANTES MUERTA! ―me dijo. ¡Y lo único que yo quería era darle gusto!

*

ERA TAN FEO  el pobre, que cada vez que me lo encontraba, parecía un insulto. Todo tiene su límite.

*

AQUEL ACTOR era tan malo, tan malo que todos pensaban ―de eso estoy seguro―: «que lo maten». Pero en el preciso momento en que yo lo deseaba cayó algo desde el techo y lo desnucó. Desde entonces ando con el remordimiento a cuestas de ser el responsable de su muerte.

*

ERA LA SÉPTIMA VEZ que me mandaba copiar aquella carta. Yo tengo mi diploma, soy una mecanógrafa de primera. Y una vez por un punto y seguido, que él dijo que era aparte, otra vez porque cambió un «quizás» por un «tal vez», otra porque se fue un v por una b, otra porque se le ocurrió añadir un párrafo, otras no sé por qué, la cosa es que la tuve que escribir siete veces. Y cuando se la llevé, me miró con esos ojos hipócritas de jefe de administración y empezó, otra vez: «Mire usted, señorita…». No lo dejé acabar. Hay que tener más respeto con los trabajadores.