Monday, May 09, 2016

Entrevista a Andrés Caicedo

Entrevista única a Andrés Caicedo pirateada del aire por Luis Ospina y Eduardo Carvajal. Subtitulada por Sandro Romero y Karen Roa




Entrevista Andrés Caicedo




Luis Andrés Caicedo Estela (CaliValle del CaucaColombia29 de septiembre de 1951 – ib.4 de marzo de 1977) fue un escritor colombiano nacido en CaliValle del Cauca, ciudad en la que pasó la mayor parte de su vida. A pesar de su prematura muerte, su obra es considerada como una de las más originales de la literatura colombiana. Caicedo lideró diferentes movimientos culturales en la ciudad vallecaucana como el grupo literario los Dialogantes, el Cineclub de Cali y la revista Ojo al Cine. En 1970 ganó el I Concurso Literario de Cuento de Caracas con su obra "Los dientes de caperucita", lo que le abriría las puertas a un reconocimiento intelectual. Escribió que vivir más de 25 años era una insensatez, lo que es visto por muchos como la razón principal de su suicidio el 4 de marzo de 1977 cuando tenía tan sólo 25 años de edad y había recibido una copia del libro editado por una editorial Argentina.
La obra de Caicedo hace relevancia a la sociedad urbana y sus problemas sociales, principalmente con respecto al mundo actual. Su literatura simboliza la masificación del cuerpo como objeto de consumo en el límite de la dinámica de intercambio, constituyéndose así como un visionario de los cambios sociales derivados del modelo económico.
Contrario a la escuela literaria del realismo mágico, la obra de Caicedo se inspira completamente en la realidad social, lo que ha hecho que algunos estudiosos le den la importancia como alternativa en Latinoamérica a figuras prominentes como la de Gabriel García Márquez. Especialmente el periodista, escritor y cineasta chileno Alberto Fuguet sigue la obra de Caicedo, al cual llama «el primer enemigo de Macondo». A pesar de su fama en Colombia, Caicedo es poco conocido en América Latina, seguramente debido a su temprana muerte. Sin embargo, la permanente organización de su producción literaria y la influencia que tiene en nuevas generaciones de escritores como Rafael ChaparroEfraím MedinaOctavio Escobar Giraldo y Ricardo Abdahllah, hacen que cada vez más cobre gran valor el aporte literario del "escritor con cara de estrella del pop", como lo llama el chileno Alberto Fuguet.

Saturday, May 16, 2015

POEMAS DE CÉSAR DÁVILA ANDRADE

POEMAS DE CÉSAR DÁVILA ANDRADE



Espacio, me has vencido

" Espacio, me has vencido. Ya sufro tu distancia.
Tu cercanía pesa sobre mi corazón.       
Me abres el vago cofre de los astros perdidos
y hallo en ellos el nombre de todo lo que amé.
Espacio, me has vencido. Tus torrentes oscuros
brillan al ser abiertos por la profundidad,           
y mientras se desfloran tus capas ilusorias
conozco que estás hecho de futuro sin fin.
Amo tu infinita soledad simultánea,      
tu presencia invisible que huye su propio límite,
tu memoria en esferas de gaseosa constancia,
tu vacío colmado por la ausencia de Dios.

Ahora voy hacia ti, sin mi cadáver.
Llevo mi origen de profunda altura        
bajo el que, extraño, padeció mi cuerpo.
Dejo en el fondo de los bellos días        
mis sienes con sus rosas de delirio,
mi lengua de escorpiones sumergidos,
mis ojos hechos para ver la nada.           
Dejo la puerta en que vivió mi ausencia,
mi voz perdida en un abril de estrellas
y una hoja de amor, sobre mi mesa.     

Espacio, me has vencido. Muero en tu eterna vida.
En ti mato mi alma para vivir en todos. 
Olvidaré la prisa en tu veloz firmeza      
y el olvido, en tu abismo que unifica las cosas.

Adiós claras estatuas de blancos ojos tristes.
Navíos en que el cielo, su alto azul infinito
volcaba dulcemente como sobre azucenas.
Adiós canción antigua en la aldea de junio,
tardes en las que todos, con los ojos cerrados
viajaban silenciosos hacia un país de incienso.
Adiós, Luis Van Beethoven, pecho despedazado
por las anclas del fuego de la música eterna.
Muchachas, las mi amigas. Muchachas extranjeras.
Dulces niñas de Francia. Tiernas mujeres de ámbar.
Os dejo. La distancia me entreabre sus cristales.
Desde el fondo de mi alma me llama una carreta
que baja hasta la sombra de mi memoria en calma.
Allí quedará ella con sus frutos extraños             
para que un niño ciego pueda encontrar mis pasos...

Espacio, me has vencido. Muero en tu inmensa vida.
En ti muere mi canto, para que en todos cante.
Espacio, me has vencido... "

La casa abandonada

(Entré al atardecer, con sol perdido)

El patio lloraba una estatua vacía.
Profundos caballos de polvo viajaban
hacia los lugares más vagos del moho.

Un hoyo remoto pasaba a la nada.

El vacío entraba con sus muchedumbres
y con sus inmensas campanas ya mudas.

Oí un paso dado en otra centuria
y vi en una cisterna el muñón de mi alma.

Un viento blanquísimo dormía doblado
en un seco lienzo de aves olvidadas.

Un reloj yacía en ácidos profundos
y el peso de un pájaro recorría el muro.

Una niña muerta soñaba en un cuento
dicho desde una alta ventana de niebla.

Hacia atrás viajaba un abecedario,
los días antiguos eran los primeros

por una pequeña compuerta de naipes...

(En un muro blanco, hallé esta leyenda:
«El 7 de marzo murió María Eugenia» ).

Arriba en la tarde flotaban obispos
con lámparas llenas de azufre y de trigo.
Arriba en la tarde,

y no era yo mismo el que había vuelto.
Era un extranjero al que a veces lloro
y en el que ya he muerto...



Poema

Si ahora vuelve, niégale. Preséntale a su mar.
Así, vestido ya de algún espejo, se alejará.
Hay que madurar. Oscurécete.
Si golpea, escúchale. Tiene una forma
cuando queda fuera.
La lluvia le ciñe un paisaje demoledor
y sus hierros pueden dar pan
a la mula en que pasa.
Pequeño Joven: aún no puedes
crearlo como Huésped.
Oye cómo persuaden las viejas herrerías.
Los dedos salvajes
y los salvajes meses de Marzo
son todo viento sobre su cabellera
nutrida ya de polos.
Toda resurrección te hará más solitario.
Mas, si en verdad quieres morir,
disminuir ante los pórticos,
comunicarte,
entonces ábrele.
Se llama Necesidad.
Y anda vestido de arma,
de caballo sin sueño,
de Poema.



 Poema número uno

Ahora sí. Tú puedes ya mirarme.

Soy compañero de los ofendidos;
de las almas oscuras que transitan
la profunda llanura de la noche,
amando tristemente los abismos
y las jaurías cárdenas del vino.

Ahora sí. Tú puedes ya mirarme. ..

Padezco el peso puro de la tierra
sobre mi corazón buscador de ángeles,
sobre mi alma hechizada por el río
azul e inmóvil que atraviesa el cielo
con invisibles olas siderales
y con mil barcas de humo pensativo.

Una vez quise abrir tu paraíso
con una aguja débil de rocío.

Hoy amo el cielo humano de la arcilla
poblado de fantasmas que tiritan.

Amo la soledad, la sed, el frío,
la carne vestidora de incurables,
el pecado y su fina risa de ámbar.

Sí: ya puedes mirarme.

Enterré ya los mármoles que amaba.
Duermen en él los ángeles helados
en ocultos tropeles ateridos.

Ya sé odiar berilos y zafiros,
-parásitos brillantes de la roca-.

No deseo admirar tus vestiduras
salpicadas de signos y asteroides.

Amo la desnudez de los caminos.

Sí: ya puedes mirarme.

Por la llanura de la noche cruza
una pequeña luz que cabecea;
ella es mi pecho roto en el que tiembla
la fiebre inextinguible.

Ya puedes tú mirarla;
tú que vives arriba
y que talvez no eres inconmovible.



 Profesión de fe

No hay angustia mayor que la de luchar envuelto
en la tela que rodea
la pequeña casa del poeta durante la tormenta.
Además,
están ahí las moscas,
veloces en su ociosidad,
buscando la sabor adulterina
y dale y dale vueltas
frente a las aberturas del rostro más entregado
a su verdadera cualidad.
El forcejeo con la tela obstructiva
se repliega en las cuevas comunicantes del corazón
o dentro de la glándula de veneno del entrecejo
cuyos tabiques son
verticales al Fuego
y horizontales al Éter.
Y la poesía, el dolor más antiguo de la Tierra,
bebe en los huecos del costado de San Sebastián
el sol vasomotor
abierto por las flechas.
Pero la voluntad del poema embiste
aquí
y
allá
la Tela
y elige, a oscuras aún, los objetos sonoros,
las riñas de alas,
los abalorios que pululan en la boca del cántaro.
Pero la tela se encoje y ninguna práctica
es capaz de renovar
la agonía creadora del delfín.
El pez sólo puede salvarse en el relámpago.


Tiempo imperceptible

Hasta cuándo, Noviembre, buscas
en los días
aquello que se da en el agua,
sin que a nadie humedezca dentro
ni se releje fuera.

Aquello que permanece
cuando, después de la evaporación,
manos ya sólo en venas
sustituyen el tacto de ultramundo.

Tú has visto cómo
aquella hoja de álamo, al caer,
disminuía tanto sus asas de madera
que sólo era posible llorar
de pensamiento a pensamiento
ante la aparición de las fogatas.

A través de los días, oh Noviembre,
permanece en acecho
la Perra
que hará reverdecer todas las puertas.



Tú, la furiosa y maternal amada!

Esta tierra muerde a sus hijos mientras los dioses
consultan cartas estelares, cerraduras volcánicas,
o agrupan nuevas águilas en el ramaje
de los diluvios y las catedrales.

Esta tierra atrapa al niño y su rueda de alquiler
perseguida por el constante "ya voy" del corazón,
pero vomita la simiente que hubiera sido:
"Gracias os damos..."

Esta tierra engulló al hortelano y al labriego
cuando el maíz y el álamo alcanzaban
la estatura estival, el friso de oro
que golpean en coro los caballos
en el sonoro pozo de las eras.

Yo estuve a la mesa, frente a la garrafa
y el agua de pronto, como falda viva
agitose la altura de sus muslos.

Porque esta tierra nos siembra vivos
y nos cosecha en débil grano expósito.

Ayer, el abuelo y el siglo contertulio
fumaron juntos, rodeados de mazorcas y de espigas.
Torre de papagayos y tambores edificaron
para los molinos
La abeja construyó el paulatino tabique
dulcemente difícil.
Los meses recorrían ruedas puntuales,
agujas de asiduo pestañear.
Llenaban los dedales en que hoy escarba el hueso.
Cumplían con la dichosa piel del lomo
y el pulimento fraternal de la madera.

Pero esta tierra muerde como una loba ciega
cuando la mano extiende su parpadeante búsqueda.

Ayer no más, decían: "Sembrado hemos.
Ya vendrá Agosto.
Los graneros tendrán hasta las cejas..."
Oh mes violento, torrencial sepulcro
del hombre, del ganado y del alero!

La cruz que quiso asirse de los bordes
penetró de costado y el sacristán del alba
desayunó las luces subterráneas de los muertos.
El campanario derramó los nidos y los anchos
pulgares de los viejos albañiles.
La casa azul quedóse  sin esquina y la plaza,
despedazada y sola, retornó a la pradera
revuelta del guijarro y de los cuervos.

Porque esta tierra muerde al mendigo
innumerable que la besa
y da vivienda nocturna al roedor
y azul enmarañado a los murciélagos.
Oh tú, furiosa y maternal amada,
dónde está el alfarero? En qué cuneta
yace el hortelano?
Dónde está el fiel espía del cereal luminoso
o el centinela oscuro de tu nieve?

Hoy nace el sembrador, patria impaciente,
y tú, ya le cosechas para dentro!


Variaciones del anhelo infinito

Si alguna azul mañana de febrero,
tras una larga noche de tormenta,
encontraran tus manos
el cadáver de un ángel en el campo. ..

Si alguna vez, hacia la media noche,
con tu sagrado sexo en las tinieblas,
te me acercaras tanto,
que pudiera oír cómo cae de tus labios
una dulce minúscula sin letra...

Si alguna vez, después de haber leído
una carta de amor, fueras descalza
hasta el río que amaste cuando niña
y escucharas el tránsito de mi alma...

Si alguna vez variaras sin motivo
la dirección delgada de tus trenzas
y te sintieras una joven nueva
con una diadema de gavillas y heno...

Si alguna vez tus manos se elevaran
tanto hacia el aire que no fueran materia
sino un deseo de sentir el alma
celeste y silenciosa de las cosas...

Si algún día tu voz (la que conozco),
atravesara sola esas praderas,
encontrara una fuente silenciosa
y le enseñara a pronunciar tu nombre...

Y, si pasaran siglos, muchos siglos,
y nosotros no fuéramos los mismos
después de tanto sueño en otras vidas;
si, entonces, te encontrara de repente
en una ciudad que todavía no existe
y lograra acercarme y estrecharte
con este amor que ahora no es posible...


*
Nacimiento:2 de Noviembre de 1918\ Defunción:23 de Abril de 1967

Reseña biográfica

Poeta y cuentista ecuatoriano nacido en Cuenca en 1919.
Debido a los modestos recursos de su familia, se vio obligado a abandonar los estudios primarios para intentar  varias ocupaciones. 
Se radicó en Quito hasta el año de 1951 cuando conoció a Isabel Córdova, con quien se estableció como periodista
en Venezuela reafirmando así su carrera como escritor y poeta.
Su obra, de corte neo-romántico y surrealista, alcanzó su plenitud al finalizar la década de los años cuarenta cuando publicó una gran cantidad de poemas entre los que sobresalen: «Esquela al gorrión doméstico», «Canción a la bella distante», «Invitación a la vida triunfante» y «Espacio me has vencido». Posteriormente fue publicada «Carta a la ternura distante»,
seguida de «Canción a Teresita » y «Oda al Arquitecto», estas dos, de lo más destacado de su creación.

El poeta, acosado por su vida bohemia y sus angustias, se suicidó en Caracas en 1967

Monday, December 16, 2013

DE VERDAD OS DIGO / ARMANDO ARTEAGA




DE VERDAD  OS DIGO / ARMANDO ARTEAGA


Arrebatado en zócalos
disuelvo esta duda de seguir observando
esferas, planos, eventos localizados
de climas, y sucesos excluyentes
timones no son limones
esquelas nunca escuelas

no hay materia para el desborde
del río, agua menos, fuego menos
lugar de nacimiento nunca
lugar de muerte tampoco
discorde acción, viendo pasar las cosas, incendios forestales
(no es lo mismo que infiernos dantescos):
atormentados novos y tormentos en contorno

escribe –es fin de año- el poema malazazazo
no es malo escribir algún poema malazazazo

lo malo
es no escribirlos, nunca.





Monday, December 02, 2013

ALLKO, PERRO NEGRO / ARMANDO ARTEAGA

ALLKO, PERRO NEGRO / ARMANDO ARTEAGA




-Allko, sufres.
¿Qué frío hace aquí en Chalhuanca?.
La mujer enrumbo por la calle principal del pueblo y llegó a la puerta del restaurant Kimsa que atendía a los comensales de la agencia-turística de viajes Wari.
La mujer compró un par de chaplas.
-Allko, qué frío hace, perro negro, duermes a la intemperie-.
Nadie te quiere, perrito.  Un día de estos te vas a morir de rabia, o te van a dar bocado, como a tantos perros callejeros.
Cielo azul serrano, cojera de perro, lágrimas de mujer, no hay que creer, reza la sentencia popular.
La mujer fue hasta los puestos de comida del Mercado.  Las otras mujeres vendedoras estaban ocupadas con las candelas de las cocinas preparando los desayunos: el caldo de cabeza de carnero, el arroz con papas fritas, las cachangas.
-Allko, vas a morir, no mereces seguir viviendo.
La mujer se sentó en uno de los puestos de comida y pidió un rachi, mondonguito italiano con laurel, estaba rico, se miraba bien, y tenía color.  La mujer comió lentamente, elegantemente.
-Allko, perro, tienes que morir.
La otra mujer que cocinaba le dijo a la mujer que comía lentamente, mucho frío, casera, toma cafecito, calientito.
La mujer terminó y pagó la cuenta.
-Te vas a morir, toda la noche has aullado, perro, allko!.
Perro negro, hombre de poncho nogal, enamorador, allko  mujeriego, fiestero,  guitarrero. Don Plácido: el agua, el alcalde, la chacra, el profesor, el hombre de mil oficios para solucionar mil problemas.  Papá Plácido!, le llama la gente de este pueblo en las minkas, sí. Plácido Aucahuasi, un misti enamorador de las cholas, desde que era mocete, de maktillo. Ahora cuarentón seguía igual, embuatero, embaucando mujeres, perjudicando warmis, emborrachándose en las ferias y en las fiestas patronales, paseándose elegante con el brioso caballo negro que nunca lo abandona, cantando en las cantinas: mi mojera y mi caballo…, perro negro, ya nadie te soporta.  Allko, el frío hace castañear las muelas, temblar las corvas, perro, perrito negro faldero, no me sigas engañando, no me sigas persiguiendo -meditaba la mujer arropándose en su chal negro-.
-Te regaño, allko!.
-Te vas a morir, toda la noche has aullado, perro, allko!.
La primera tienda de la Plaza Principal era la ferretería Rex & Fast que abría sus puertas temprano.  Don Cirilo Dongo apenas se deslegañaba los ojos.
La mujer empezó a llorar en silencio. Su alma estaba enferma.  Legañas de perro debí ponerme en los ojos, para ver mejor las cosas de la vida –pensó-.
-Un veneno pa´ratas, “El Campeón”-pidió la mujer .  Acurrucando más sus brazos a su cuerpo, cubriéndose ante el frío, en su chal negro. Ahora voy hacer comprender a este perro.  Pagó un sol de oro por el pequeño "sobre” de colores.
-Allko, cuando aúllas me atormentas-murmuró-.  Te vas  a morir, perro.  Ni el Señor de Animas te va a salvar.
Por fin el perro callejero, tan fisgón,  abandonó a la mujer en el mismo Centro de la Plaza, se fue por otra ruta, olfateando otros problemas de la vida.  Tras alguna otra perra en celo, debe estar ahora. 
-Te sacaré de este infierno, pecador –pensó la mujer-.  ¿Porqué  los aymarinos son tan así, dejados?.  Se dejan pisar el poncho por los forasteros, vienen los puneños y hacen plata por estos lugares, venden sus baratijas,  se compran las mejores casas de los principales, los mejores ganados, …y los yanaquinos, los sañayquinos, los torayinos, los sorayinos, nada, todos, siempre pobres, trabajando como burros, con frío, con legañas, muriendo, con ojos rojos, llorando en silencio.
Iba pensativa la mujer de reboso negro cubriéndose con los brazos cruzados, dubitativa, espontaneas, metida en sus propios pensamientos, en su mar de preocupaciones.

Cipriana Mamani era una mujer inteligente, esa mañana, siempre astuta, pero vengativa.

Le preparó el desayuno a su esposo.  En el quaker con leche le dejó caer el polvo del sobre del veneno pa´ratas.

-No se puede vivir sin el amor, allko!.
-Pa´rato estoy aguantando vivir en este pueblo.

La mujer salió de su casa para seguir con las tareas diarias de la chacra, a cuidar los alfalfares, los maizales que se los arrasan los loros.

Por sí los loros, dejó todo arreglado. 

En la noche, cuando regresó, jalando su vaca.

Un grupo de señoras la espera en la entrada del barrio de Kanchuillca.

-Tu marido se ha muerto.
-Tu marido se ha suicidado. 


Saturday, October 05, 2013

ANTOLOGIA DEL MICRORRELATO MEXICANO: LOS PRECURSORES / Por Armando Arteaga

ANTOLOGIA DEL MICRORRELATO MEXICANO: LOS PRECURSORES
  
Por Armando Arteaga
*
El microrrelato tiene en México un enorme prestigio.  Es en realidad su prosa de observatorio que puede mostrar al mundo.  Sus precursores tenían conciencia literaria de la síntesis, de la técnica literaria y  de un buen manejo del argumento y el lenguaje depurado.  Genaro Estrada, Mariano Silva y Aceves, Carlos Díaz Dufoo, Alfonso Reyes Ochoa, Julio Torri, y Max Aub, fueron escritores que sobrepasaron “el modernismo”  de las letras mexicanas para entrar en la modernidad del siglo XX.  Verdaderos precursores literarios que animaron y desarrollaron el microrrelato, y que avistaron a otros escritores de la modernidad mexicana como  Juan José Arreola y Augusto Monterroso, que le han dado un enorme prestigio al microrrelato mexicano. (A.A.)

Genaro Estrada (1887-1937)


Nació en Mazatlán, Sinaloa. Fundó  revista Argos y trabajó en la Revista de Revistas. Enseñó en la Universidad Nacional Autónoma de México y fue miembro de la Academia mexicana de la Lengua. Obras publicadas: Nuevos poetas mexicanos (1916), Lírica mexicana(1919), Bibliografía de Amado Nervo (1925) y Genio y figura de Picasso(1935). Poesía: Escalera (1929) y Paso a nivel (1933). Novela: Pedro Galin (1926).

El mendigo

Un oidor y un clérigo pasaban aquella noche por la acera del Real Palacio, empeñados en debatir los sucesos de Guanajuato. Graves noticias llegaban de la Intendencia acerca de motines, actos violentos contra los españoles.
—Y sépase vuestra merced que esas gentes no pueden nada contra el orden establecido —dijo el oidor doblando la esquina de la Moneda.
—Dios protege nuestra santa causa y nos conservará unidos a la Corona por los siglos de los siglos —agregó el clérigo mientras hacía una reverencia al palacio del arzobispo, por cuyo frente atravesaban en aquel instante.
Un mendigo les cerró el paso. Era un indio miserable, casi desnudo, de mirada vivaz, que tendía la mano implorando una limosna.
—Yo os aseguro —reanudó el clérigo— que Nuestra Señora de los Remedios…
—¡Por la Santísima Virgen de Guadalupe, una limosna! —gimió el indio, mientras que los otros le lanzaban una profunda mirada de desprecio.
—¡Por la Santísima Virgen de Guadalupe! —volvió a suplicar frente al oidor, quien se estremeció sin causa y le arrojó una moneda.
Atrás, en el reloj de la catedral, daban las once.


 Mariano Silva y Aceves (1886-1937)

 

Nació en la Piedad de Cabadas, Michoacán. Fue miembro del Ateneo de la Juventud y secretario del Departamento Universitario y de la Universidad Nacional. En la Facultad de Filosofía y Letras, impulsó la investigación lingüística y creo las carreras de lingüística románica y lingüística de idiomas indígenas de México, donde se doctoró en 1933. Obra: Campanitas de plata(1925) 


El componedor de cuentos

Los que echaban a perder un cuento bueno o escribían uno malo lo enviaban al componedor de cuentos. Éste era un viejecito calvo, de ojos vivos, que usaba unos anteojos pasados de moda, montados casi en la punta de la nariz, y estaba detrás de un mostrador bajito, lleno de polvorosos libros de cuentos de todas las edades y de todos los países.
Su tienda tenía una sola puerta hacia la calle y él estaba siempre muy ocupado. De sus grandes libros sacaba inagotablemente palabras bellas y aun frases enteras, o bien cabos de aventuras o hechos prodigiosos que anotaba en un papel blanco y luego, con paciencia y cuidado, iba engarzando esos materiales en el cuento roto. Cuando terminaba la compostura se leía el cuento tan bien que parecía otro.
De esto vivía el viejecito y tenía para mantener a su mujer, a diez hijos ociosos, a un perro irlandés y a dos gatos negros.


Carlos Díaz Dufoo (1861-1941)

Carlos Díaz Dufoo, se dedicó al periodismo y a la dramaturgia tanto en España, lo mismo en su México natal, resultaba hasta hace poco un  desconocido. Olvido literario derivado  de una cuestión de mezquindad de tiempo  literario. Dufoo únicamente publicó ficción narrativa: Cuentos nerviosos (1901).



La autopsia

Teodora había alcanzado esa edad en que el espíritu, presa de extrañas alucinaciones, busca en los espacios fulgores desconocidos y en las flores aromas especiales. Sus ojos, abrillantados y radiantes, reflejaban la curiosidad de un alma inquieta, nacida para ser contemplada de rodillas.
Llegó al altar cuando el primer albor de la adolescencia iluminaba apenas su semblante. Allí, en aquella alcoba en donde el ángel de la dicha coloca sigilosamente su dedo en los labios, había encontrado a un hombre frío y reservado, impregnado el espíritu de problemas trascendentales, de casos patológicos, de dudas científicas.
Había pasado de su clínica á la cámara nupcial bruscamente, sin transición alguna, y se encontraba en los brazos de aquella niña como en su cátedra, delante de sus discípulos, en los solemnes momentos de una operación quirúrgica.
Teodora lloró sus desengaños mucho tiempo. Después, la costumbre había alejado las sombras que se proyectaron en su espíritu y la asediaron durante algunos años.
Todas las mañanas veía alejarse a su marido, siempre silencioso, siempre pensativo, después de una noche de insomnio, consultando al reflejo del pálido reverbero que alumbraba tenuemente la cama de palo de rosa en que descansaba ella, las obras de los maestros, sin que sus ojos, posados en aquellas páginas, revelaran una sola idea mundana, un solo destello de vida.
Todos los días, al sonar la una de la tarde, el coche del doctor estremecía las vidrieras de la casa. Momentos después, imprimía sus labios helados y descoloridos en la pensativa frente de la esposa. Comían en silencio, y él penetraba en su gabinete de estudio para no salir hasta hora muy avanzada de la tarde, cuando ya el último rayo había dejado de dorar las cumbres de las montañas.
Teodora paseaba en el bosque su amarga melancolía, y cuando las tinieblas de la noche, confundiéndose con las de su alma, envolvían los caprichosos contomos de los árboles, el coche ganaba las calles de la población, y penetraba en aquel hogar sombrío y taciturno que no turbaba el menor ruido en su reposo.
Una noche Teodora no volvió.
A la mañana siguiente, en el salón de la señora …, corría de boca en boca la noticia de que la hermosa T…, esposa del célebre doctor M…, había abandonado el domicilio conyugal en compañía de un conocido Lovelace, cuyas seducciones mundanales habíanle hecho héroe de numerosas aventuras.
En la solitaria casa de la calle de… la vida no había cambiado. Todas las tardes, a la una, el ruido de un coche estremecía las vidrieras del edificio, y el doctor, frío y silencioso, traspasaba el dintel de aquella puerta, que volvía a cerrarse al darle paso. El transeúnte que a las altas horas de la noche cruzaba aquella apartada vía pública y fijaba su vista en el edificio, podía vislumbrar un pálido rayo de luz que se desprendía de uno de los balcones.
Era el doctor que estudiaba.
II
Aquella noche el doctor había velado más que de costumbre.
Un círculo obscuro circundaba sus ojos, que parecían más cavernosos que nunca. En el fondo de aquellos huecos se adivinaban, mejor que se veían, dos pupilas fijas en un cielo plomizo de melancolía vaga y taciturna.
Salió. Leves gotas de una lluvia, finísima caían en los charcos de las aceras, produciendo pequeñas ondulaciones que se borraban un momento para dibujarse de nuevo. Los coches salpicaban de lodo a los transeúntes. Las pesadas ruedas de los carros se hundían en el fango con un chasquido glutinoso.
En el hospital, los alumnos esperaban al doctor, haciéndose mutuas confidencias de sus aventuras de callejuela. El aire húmedo de la mañana no se hacía sentir en aquella atmósfera impregnada de ácido fénico. Un paso lento y acompasado resonó en los corredores’, los cuchicheos cesaron: era el doctor.
Cuando entró en la cátedra seguido de sus discípulos, la impasible fisonomía del médico se iluminó por un momento. Sus ojos brillaron como dos ascuas de fuego, su tez marchita se coloreó un instante, su frente se levantó orgullosa y firme, y con voz sonora y metálica comenzó su explicación:
— Señores,..
Se trataba del envenenamiento por cianuro.
El doctor pretendía seguir las huellas de la intoxicación por el veneno, é investigar ciertos fenómenos que podían haberse escapado a la experiencia.
Un alumno interrumpió al profesor.
Precisamente se había llevado la noche anterior al anfiteatro el cadáver de una mujer intoxicada por el cianuro, en una madríguera de la prostitución. El cuerpo esperaba la autopsia. Animado por la fiebre de la ciencia, aquel hombre de hielo abandonó el sillón de la cátedra, y, seguido siempre de sus discípulos, penetró en la sala de disecciones.
Una plancha de mármol blanco, opacada por una leve capa grasosa, se alzaba en aquella habitación amplia, a la que daban luz dos anchas ventanas, por donde un rayo de sol, que había roto en aquel momento la obscura prisión de nubes que lo tenía envuelto, penetraba alegremente, yendo a herir un amarillento cráneo, abandonado en el rincón más apartado de la estancia.
El doctor había retirado de su bolsa de operaciones un bisturí ñexible y delgado como la lengua de una víbora. Era otro hombre, su rostro resplandecía; un fulgor extraño iluminaba aquella frente obscurecida por los insomnios; su boca se plegaba por una sonrisa de amor propio satisfecho; su nariz aspiraba con deleite aquel aire cargado de emanaciones de sangre humana.
Trajeron el cadáver.
Era el de una mujer joven y hermosa, sus formas habían sido holladas por el placer sin que perdieran el primitivo encanto de sus líneas. El vicio hizo rodar aquel montón de carne blanca y tersa, de suaves contornos y virginales redondeces.
El doctor se acercó y una palidez mortal cubrió su semblante.
Aquel cadáver era el de Teodora.
Vaciló un momento.
La misma extraña claridad que alumbraba un poco antes sus facciones, marchitas y fatigadas, apareció de nuevo en su rostro.
Se acercó a la plancha, y, buscando en el cuerpo un espacio determinado, hizo la primera incisión con el bisturí.

Alfonso Reyes Ochoa (1889-1959)


Alfonso Reyes nació en Monterrey, Nuevo León.  En Ciudad de México, estudió en la Escuela Nacional Preparatoria y se graduó en la Escuela Nacional de Jurisprudencia.  Alfonso Reyes, que ya apuntaba como un magnífico escritor, se exilia a Madrid (1914) donde permanecerá durante diez años, periodo de intensa actividad literaria que le merecerán ser reconocido internacionalmente como gran maestro y escritor. Borges le consideraba “el mejor prosista de habla hispana de todos los tiempos.

Las dos golondrinas

Benedictine y Poussecafé —las dos golondrinas del ventanillo— están, desde el amanecer, con casaca negra y peto blanco. A veces, se lanzan —diminutas anclas del aire— y reproducen sobre el cielo, con la punta del ala, el contorno quebrado, la cara angulosa de la ciudad.
Benedictine vuelve la primera, y se pone a llamar a su enamorado. Dispara una ruedecita de música que lleva en el buche. La ruedecita gira vertiginosamente, y acaba soltando unas chispas —como las del afilador— que le queman toda la garganta. Por eso abre el pico y tiembla, víctima de su propia canción, buen poeta al cabo.
Al fin, vuelve Pussecafé a su lado. Salta como un clown en el alambre, salta, salta. Salta sobre Benedictine ¡vuelve al aire! Y Benedictine sacude las plumas, y dispara otra vez la ruedecita musical que tiene en el buche.

Julio Torri (1889-1970)



Julio Torri nació en Saltillo, Coahuila en 1889. Se trasladó a la Ciudad de México en 1908 y un año después funda el Ateneo de  la Juventud Mexicana junto con Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Antonio Caso, entre otros. En 1913 se graduó en la Escuela Nacional de Leyes. Fue profesor de literatura española, en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Facultad de Filosofía y Letras. Se doctoró en Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Obra: Ensayos y poemas (1917), De fusilamientos (1940), Prosas dispersas (1964) y El ladrón de ataúdes (1987).

Literatura

El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores.

La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica, sobrenatural.

Max Aub (1903-1973)



Max Aub, escritor español nacido en París y nacionalizado mexicano. Participó en la guerra civil española del lado de los republicanos. Luego de pasar por un campo de refugiados en Francia y viajar por Argelia, llegó a México en 1942 y participó activamente en la vida cultural. Su obra, más de un centenar de publicaciones, abarca ensayo, traducción, novela, teatro, poesía, y cuento. Obra: Crímenes ejemplares, La uña, Sala de espera y Signos de ortografía.

Crímenes ejemplares

―¡ANTES MUERTA! ―me dijo. ¡Y lo único que yo quería era darle gusto!

*

ERA TAN FEO  el pobre, que cada vez que me lo encontraba, parecía un insulto. Todo tiene su límite.

*

AQUEL ACTOR era tan malo, tan malo que todos pensaban ―de eso estoy seguro―: «que lo maten». Pero en el preciso momento en que yo lo deseaba cayó algo desde el techo y lo desnucó. Desde entonces ando con el remordimiento a cuestas de ser el responsable de su muerte.

*

ERA LA SÉPTIMA VEZ que me mandaba copiar aquella carta. Yo tengo mi diploma, soy una mecanógrafa de primera. Y una vez por un punto y seguido, que él dijo que era aparte, otra vez porque cambió un «quizás» por un «tal vez», otra porque se fue un v por una b, otra porque se le ocurrió añadir un párrafo, otras no sé por qué, la cosa es que la tuve que escribir siete veces. Y cuando se la llevé, me miró con esos ojos hipócritas de jefe de administración y empezó, otra vez: «Mire usted, señorita…». No lo dejé acabar. Hay que tener más respeto con los trabajadores.


Monday, September 09, 2013

Truman Capote para escribir un buen relato

Consejos de Truman Capote para escribir un buen relato

Consejos de Truman Capote para escribir un buen relato

¿Qué fue lo primero que usted escribió?
Cuentos. Y mis más desaforadas ambiciones aún giran alrededor de este género. Me parece que cuando es explorado con seriedad el cuento es la forma más difícil de escritura, y la que exige la mayor disciplina. Todo el control y la técnica que tengo los debo completamente a mi experiencia con este medio de comunicación.
¿A qué se refiere exactamente al decir “control”?
Me refiero a mantener una preeminencia estilística y emocional sobre el material. Llámelo algo precioso y olvídelo, pero creo que un cuento puede hundirse por un ritmo inadecuado en una frase —especialmente si se presenta cerca del final— o por un error en la organización de los párrafos, o incluso por la puntuación. Henry James es el maestro del punto y coma. Hemingway es un organizador de párrafos de primera clase. Desde el punto de vista del oído, Virginia Woolf nunca escribió una frase mala. No quiero decir con ello que yo practico lo que predico. Sólo trato de hacerlo, eso es todo.
¿Cómo llega uno a la técnica del cuento?
Puesto que cada cuento presenta sus propios problemas técnicos, obviamente no se pueden hacer generalizaciones al estilo de dos-y-dos-son-cuatro. Para encontrar la forma adecuada para tu cuento, simplemente tienes que descubrir la forma más natural para contar la historia. La forma de comprobar si el escritor ha adivinado la forma natural para contar su historia es la siguiente: después de leerla, ¿puedes imaginarla de manera diferente, o bien silencia a tu imaginación y te parece absoluta y final? De la misma manera como una naranja es algo definitivo. De la misma manera como una naranja es algo que la naturaleza ha hecho simplemente bien.
¿Hay recursos para mejorar la propia técnica de escritura?
El único recurso que conozco es el trabajo. La escritura tiene leyes de perspectiva, de luz y sombra, igual que la pintura o la música. Si naces conociéndolas, perfecto. Si no, apréndelas. Y entonces reacomoda las reglas para que se adapten a ti. Incluso Joyce, nuestro más extremo inconforme, era un espléndido artesano; él pudo escribir Ulises precisamente porque pudo escribir Dublineses. Demasiados escritores parecen considerar que escribir cuentos es una especie de ejercicio con los dedos. Bueno, en tales casos lo único que hacen es ejercitar sus dedos…
Entrevista a Truman Capote en “The Paris Review”