Friday, January 21, 2011

SOBRE LOS CLASICOS / JORGE LUÍS BORGES


SOBRE LOS CLÁSICOS

Por Jorge Luís Borges
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Escasas disciplinas habrá de mayor interés que la etimología; ello se debe a las imprevisibles transformaciones del sentido primitivo de las palabras, a lo largo del tiempo. Dadas tales transformaciones, que pueden lindar con lo paradójico, de nada o de muy poco nos servirá para la aclaración de un concepto el origen de una palabra. Saber que cálculo, en latín, quiere decir piedrita y que los pitagóricos las usaron antes de la invención de los números, no nos permite dominar los arcanos del álgebra; saber que hipócrita era actor, y persona, máscara, no es un instrumento valioso para el estudio de la ética. Parejamente, para fijar lo que hoy entendemos por clásico, es inútil que este adjetivo descienda del latín classis, flota, que luego tomaría el sentido de orden. (Recordemos de paso, la formación análoga de ship-shape.)

¿Qué es, ahora, un libro clásico? Tengo al alcance de la mano las definiciones de Eliot, de Arnold y de Sainte-Beuve, sin duda razonables y luminosas, y me sería grato estar de acuerdo con esos ilustres autores, pero no los consultaré. He cumplido sesenta y tantos años; a mi edad, las coincidencias o novedades importan menos que lo que uno cree verdadero. Me limitaré, pues, a declarar lo que sobre este punto he pensado.

Mi primer estímulo fue una Historia de la literatura china (1901) de Herbert Allen Giles. En su capítulo segundo leí que uno de los cinco textos canónicos que Confucio editó es el Libro de los Cambios o I King, hecho de 64 hexagramas, que agotan las posibles combinaciones de seis líneas partidas o enteras. Uno de los esquemas, por ejemplo, consta de dos líneas enteras, de una partida y de tres enteras, verticalmente dispuestas. Un emperador prehistórico los habría descubierto en la caparazón de una de las tortugas sagradas. Leibniz creyó ver en los hexagramas un sistema binario de numeración; otros, una filosofía enigmática; otros, como Wilhelm, un instrumento para la adivinación del futuro, ya que las 64 figuras corresponden a las 64 fases de cualquier empresa o proceso; otros, un vocabulario de cierta tribu; otros, un calendario. Recuerdo que Xul-Solar solía reconstruir ese texto con palillos o fósforos. Para los extranjeros, el Libro de los Cambios corre el albur de parecer una mera chinoiserie; pero generaciones milenarias de hombres muy cultos lo han leído y releído con devoción y seguirán leyéndolo. Confucio declaró a sus discípulos que si el destino le otorgara cien años más de vida, consagraría la mitad a su estudio y al de los comentarios o alas.

Deliberadamente he elegido un ejemplo extremo, una lectura que reclama un acto de fe. Llego, ahora, a mi tesis. Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término. Previsiblemente, esas decisiones varían. Para los alemanes y austríacos el Fausto es una obra genial; para otros, una de las más famosas formas del tedio, como el segundo Paraíso de Milton o la obra de Rabelais. Libros como el de Job, la Divina Comedia, Macbeth (y, para mí, algunas de las sagas del Norte) prometen una larga inmortalidad, pero nada sabemos del porvenir, salvo que diferirá del presente. Una preferencia bien puede ser una superstición.

No tengo vocación de iconoclasta. Hacia el año treinta creía, bajo el influjo de Macedonio Fernández, que la belleza es privilegio de unos pocos autores; ahora sé que es común y que está acechándonos en las casuales páginas del mediocre o en un diálogo callejero. Así, mi desconocimiento de las letras malayas o húngaras es total, pero estoy seguro de que si el tiempo me deparara la ocasión de su estudio, encontraría en ellas todos los alimentos que requiere el espíritu. Además de las barreras lingüísticas intervienen las políticas o geográficas. Burns es un clásico en Escocia; al sur del Tweed interesa menos que Dunbar o que Stevenson. La gloria de un poeta depende, en suma, de la excitación o de la apatía de las generaciones de hombres anónimos que la ponen a prueba, en la soledad de sus bibliotecas.

Las emociones que la literatura suscita son quizá eternas, pero los medios deben constantemente variar, siquiera de un modo levísimo, para no perder su virtud. Se gastan a medida que los reconoce el lector. De ahí el peligro de afirmar que existen obras clásicas y que lo serán para siempre.

Cada cual descree de su arte y de sus artificios. Yo, que me he resignado a poner en duda la indefinida perduración de Voltaire o de Shakespeare, creo (esta tarde de uno de los últimos días de 1965) en la de Schopenhauer y en la de Berkeley.

Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad.



De “Otras inquisiciones (1952)”



Thursday, December 23, 2010

UNA MUJER CUALQUIERA DE LA CALLE / Armando Arteaga


UNA MUJER CUALQUIERA DE LA CALLE

Por Armando Arteaga




Le dije a una mujer desconocida:

-Soy feliz. Mientes –me respondió-. Mientras se desnudaba.

-No me has probado todavía.

No sabes quién soy, ni qué te espera.

-Estoy harto de probar manjares. Volví la espalda.

Me eché sobre la cama. Encendí un cigarrillo. Y le dije: solo quiero conversar.

La mujer desconocida se echó a mi costado –desnuda- en silencio. Casi al filo de la cama. No volvió a decir una palabra en varios minutos. La mujer desconocida era una prostituta de la esquina de Paruro. La recuerdo como un ser dedichado.

Ella, sí era feliz, en esa ignorancia, de cabellos largos, que le ponen zancos a la vida para hacerla más bella, para dar consejos a los hombres solos y clausurados, que son sus clientes clandestinos y oscuros.

Fui yo, quien empezó nuevamente el dialogo. Me gusta el rogué de tu boca. Me gustan las ojeras de tus ojos. Me gustan tus zapatos rojos, y el escote obsceno de tu blusa negra. Y tu cartera negra de cuero.

Eres un loco apasionado –dijo-. Se levantó de la cama. Se fue hasta la mesa de noche que dormitaba en el rincón de la habitación, cogió el billete de veinte soles y se mandó a mudar por la destartalada puerta del pulguiento hotel Shong, de las inmediaciones de la calle Paruro, que desparramaba chinches por todas sus paredes de adobes viejos y pisos de maderas limpiadas con kerosene, llenas de amarillentas fotografías que son la melancolía del tiempo, puestas allí por algún maniático que coge su revolver y se va a matar, pero no puede, porque hay un impulso cobarde que todo se lo impide.

El hombre feliz sale también por la destartalada puerta del hotel pulguiento, baja las vejetes escaleras y se pierde por la calle nuevamente rumbo a la felicidad de una calle cualquiera, es un ser desdichado, un hombre más, dentro de la masa urbana que no perdona nada y que lo convierte en el punto final de este cuento negro, breve y policial, sin contendido de clase. Y que será leído, en otra clase, por atentos estudiantes que le aplicarán las teorías de Todorov para analizarlo y desmenuzarlo como si el tiempo fuera una merluza.

Y el hombre, siente todavía el aire de la calle en sus mejillas y en su nariz el olor de la mujer desconocida, y la prenda intima más anodina de esta mujer: su calzón, que se olvidó en el bolsillo del saco gris de lana, de este transeúnte fiel a su destino mediocre de empleado de la avaricia-pobre de no ser nada.

Solo es un hombre feliz (¿qué cuento?) llevando el calzón preciado, y blanco (inmaculado) de una mujer desconocida en el bolsillo derecho de su saco, y en el otro: ni un puto cobre, para más remedio.

Y aquí termina este cuento avant-garde, con ganas de convertirse en un nuevo filme del movimiento underground de estos anarcos cineastas, de esta inmensa ciudad de rascacielos (New York). Pero el hombre (¿de este cuento?) nunca podrá tocar las estrellas, y menos volverse a encontrar con aquella mujer desconocida, cuya foto ahora inunda las páginas amarillas de la primera plana, de todos los periódicos amarillos de esta ciudad lecorbusiana (fue asesinada ayer por algún desconocido) tan esquizofrénica que no me queda más tarea inútil que dejar de escribir. Y mandar al escritor a la campana. Y mandar al hombre feliz –a buena parte- de este rincón del box que es pelearse con la palabra, para solo decir que entre una puta triste y un poeta cualquiera: no hay más que la mísera distancia de veinte soles.

Y un sol perfecto, que se dispara por el nuevo día, de un hombre nuevo, que tal vez nunca cambie. Ni su billetera, ni su poema, de lanzarse imaginariamente por la ventana de la única oficina que da frente al Sheraton del Paseo de la República donde un nuevo Platón volverá a expulsar a los poetas.

Es una ciudad sudamericana (el escenario) buscada y encontrada. Como esta vida que expulsó a esta mujer desconocida que se desnudó frente a mí y ante el espejo de la nada,

-que tomó los veinte soles-, y se fue, con distanciamiento bretchiano, ante la caja negra, ante la cámara del joven cineasta, que sueña devolverle el feeling a la imagen –medio opaca- de este cuento latinoamericano: 5 minutos, entre la vida de una puta triste, callejera y un poeta cualquiera de alguna antología inconsecuente.

Que se mueran de envidia los tristes y que el payaso de tu soledad se vaya a la puta que lo parió. Aquí termina este cuento. Sin argumento que seguir contando. Y con mejor distancia visual, que me importa un bledo que Seymour Merton no incluya esta propuesta, ni en otras vanas, en su “antología del cuento latinoamericano”.

Ahora sí el cuento debe terminar. Y la mujer debe tener zapatos rojos.


Del libro:  "Los pobres diablos".





Thursday, December 09, 2010

SIGLO XX / ARMANDO ARTEAGA


SIGLO XX

Por Armando Arteaga



No me gustan las canciones

Hablando desde el fondo de la noche

Me gusta el piano con sonido de fonda

Los vientos, y las percusiones

Me han hecho la vida más grata

Un sonido metálico me ha deprimido

Llamándome la atención por la herrería

Hierro forjado de mil fuegos y canteras,

viejo hierro oxidado de la verja:

Es el otoño, hojas secas del otoño

Golpeando el borde de la acera, el acero

Con toda su danza, vanidad de estos días

No me gustan las canciones

hablando de cosas que parecen mentiras

de la vida, oboes tristes

me devuelven la calle.

Violines, novedades, noticias

desparramadas en el suelo.

Un hombre patea un violín por la calle.


Thursday, September 23, 2010

PROHIBIDO PROHIBIR/ Armando Arteaga



PROHIBIDO PROHIBIR/ Armando Arteaga


Chilena la muchacha-manzana que me besa
en el criollo restaurante de bajo el puente
me asfixia  el abrazo torpe el dinosaurio presidente-ubú
de cada carcajada absurda por la tarde, mientras
el cocinero gordo canta un tango de Gardel,
tengo pereza de seguir así: bufanda
de la polola a cuadros, bufanda roja, camisa verde.
Me acabo la botella de vino. Me paro sobre la mesa.
Pago discretamente por la caja-tambo de la esquina
Me pierdo por la calle de enfrente parta ir a la matinée
al gallinero del Le Paris, para ver:
El último tango en Paris, me moriré de risa
no sé, con aguacero. No tengo hora cero, y menos
esposa que me joda, soy muy joven para estar eclipsado
Hijo del sol, enfrento este invierno con estoicismo
Tengo un poncho, unas botas, un sombrero, un libro de Rilke

Me da lo mismo el furor violento del viento
El asilo para viejos se llama antología de poesía
Está prohibido escupir en el suelo, pero la gente escupe
Los haraganes de ayer son los huelguistas del futuro
Construiré un hexágono irregular de biblioteca
Qué belleza de puesta de sol al horizonte.
No sé si estoy en 1972 o en el 2011 de ayer.
Vivo en el juramento hermoso de buscar la verdad.
Me basta la esperanza para seguir soñando.
El hiato es un vicio contrario a la eufonía.
Sigue fumando muchacha chilena, sigue besándome.
El agua es hidrógeno dos veces y oxigeno.
Sigue besándome, muchacha. No dejes que me muera,
               tan pronto, y de repente.


Friday, September 17, 2010

JIMI HENDREIX, GUITARRISTA ZURDO

Hace 40 años se fue Jimi Hendreix. Tocaba divinamente la guitarra eléctrica con la zurda. Aquí lo recordamos con su "Ametralladora".




Thursday, August 26, 2010

LA SOCIEDAD DE LOS POETAS MUERTOS/ ARMANDO ARTEAGA

 
LA SOCIEDAD DE LOS POETAS MUERTOS/  ARMANDO ARTEAGA



Están siempre muertos, muchachos
por no haber ido a las guerrillas


Al menos, en el monte, donde todo es bravo
la heroicidad de la revolución es mejor
que la mediocridad de estas calles
latinoamericanas, siempre llenas de putas
o de mendigos pedigüeños de amor


Es mejor estar muertos en el combate
que muertos en vida

entrando en bares con la muerte en los ojos
poniéndose la calavera existencialista
de la poesía pura


No valen (ni michí) sus poemas bien escritos
sino arriesgaron el pecho, libres y liebres
ante el enemigo mortal del aburrimiento
que es el imperialismo de la duda:
escribir o morir, qué dilema


están bien muertos, muchachos, por boludos
con sus bailes y sus cervezas, arrechos de mar&juana
siempre dando vueltas por el downtown
de esta infinita mierdopolis de la nostalgia.

La sociedad de los poetas muertos tiene su propia antología:

EL

PEDO



Q.
ARRUINÓ



LA
SINFONÍA.