Saturday, February 16, 2013

ROLAND BARTHES - El haiku



ROLAND BARTHES - El haiku

Roland Barthes


La factura del sentido 

El haiku tiene la propiedad un tanto quimérica de permitir que cualquiera imagine poder producir uno fácilmente. Se dice: qué más accesible a la escritura espontánea que esto (de Buson): 
Anochece, es otoño, 
pienso solamente 
en mis padres. 

El haiku es envidiable: cuántos lectores occidentales no han soñado pasearse' por la vida, libreta en mano, anotando aquí y allá "impresiones" cuya brevedad garantizaría la perfección y cuya simplicidad atestiguaría por la profundidad (en virtud de un doble mito, clásico en tanto hace de la concisión una prueba de arte, romántico en tanto atribuye un prerrogativa de verdad a la improvisación). Enteramente inteligible, el haiku no quiere decir nada, y es debido a esta doble condición que parece estar ofrecido al sentido de una manera particularmente disponible, servicial, al modo de un gentil anfitrión que permitiera a alguno instalarse libremente en su casa, con sus hábitos, sus valores, sus símbolos: la "ausencia" del haiku (como se dice también de un espíritu irreal o de un anfitrión que se ha ido de viaje) llama a la codicia mayor, la del sentido. Este sentido precioso, vital, deseable como la fortuna (azar y dinero), parece sernos proveído profusamente, a buen precio y sobre pedido, por el haiku, que se halla desembarazado de los constreñimientos métricos (en las traducciones que tenemos). En el haiku, diríase, el símbolo, la metáfora, la lección, no cuestan casi nada: apenas algunas palabras, una imagen, un sentimiento –ahí donde nuestra literatura exige ordinariamente un poema, un desarrollo o, en el género breve, un pensamiento cincelado; en suma, un amplio trabajo retórico. El haiku también parece dar a Occidente derechos que su literatura le rehúsa y comodidades que le regatea. Usted tiene el derecho, dice el haiku, de ser trivial, breve, ordinario; encierre lo que ve, lo que siente en un fino horizonte de palabras y apasionará; tiene derecho a fundar por usted mismo (y a partir de usted mismo) su propio prestigio; su frase, cualquiera que sea, enunciará una lección, liberará un símbolo: será usted profundo; al menor costo, su escritura será plena. 

Occidente humedece cualquier cosa de sentido, a la manera de una religión autoritaria que impone el bautismo a poblaciones completas. Los objetos de lenguaje (hechos con el habla) están evidentemente convertidos por derecho; el sentido primero de la lengua llama, metonímicamente, al segundo del discurso, y este llamado tiene valor de obligación universal. Tenemos dos medios para evitar la infamia del sin-sentido en el discurso, y someternos sistemáticamente la enunciación (con una saturación carente de cualquier nulidad que pudiera dejar ver el vacío del lenguaje) a una u otra de estas significaciones (o fabricaciones activas de signos); el símbolo y el razonamiento, la metáfora y el silogismo.

El haiku, cuyas proposiciones son siempre simples, corrientes, en una palabra aceptables (como se dice en lingüística), es atraído hacia uno u otro de estos dos imperios del sentido. Como se trata de un "poema", se le ordena en esa sección del código general de los sentimientos Que llamamos "la emoción poética" (la Poesía es para nosotros, comúnmente, el significante de lo "difuso", de lo "inefable", de lo "sensible", es la clase de impresiones inclasificables); se habla de un instante privilegiado", y sobre todo de "silencio" (que es para nosotros signo de plenitud del lenguaje). Si alguno (Joco) escribe: 
¡Cuánta gente 
ha pasado a través de la lluvia de otoño 
sobre el puente de Seta! 
se ve ahí la imagen del tiempo que huye. Si otro (Basho) escribe: 
Llego por el sendero de la montaña 
¡Ah, qué exquisito! 
¡Una violeta! 
significa que ha encontrado una ermita budista, "flor de virtud"; y así subsecuentemente. No hay un solo trazo que no sea investido de una carga simbólica por el comentarista occidental. O aún más, se quiere ver a cualquier precio dentro del tercero del haiku (tres versos de cinco, siete y cinco sílabas) un diseño silogístico de tres tiempos (ascenso, suspenso y conclusión): 
La vieja charca: 
una rana salta adentro, 
¡oh!, el chasquido del agua. 
(en este silogismo singular se hace la inclusión por la fuerza: es necesario, para considerarlo como tal, que la menor salte dentro de la mayor). Desde luego, si se renuncia a la metáfora o al silogismo, el comentario resultaría imposible: hablar del haiku pura y simplemente repetirlo. Es esto lo que hace inocentemente un comentarista de Basho: 
Son ya las cuatro. .. 
Me he levantado nueve veces 
para admirar la luna. 

"La luna está tan hermosa, dice, que el poeta se levanta y vuelve a levantarse sin cesar para contemplarla desde su ventana." Descifradoras, formalizantes o tautológicas, las vías de interpretación, destinadas entre nosotros a abrir paso al sentido, es decir a hacerlo entrar por una fractura -y no a sacudirlo, a hacerlo fracasar como lo hace la muela del rumiante de absurdo que debe ser el practicante Zen cuando se halla frente a su koan (1) no hacen entonces más que perder el haiku, pues el trabajo de lectura que éste conlleva consiste en suspender el lenguaje, no en provocarlo, empresa de la que precisamente el maestro del haiku, Basho, parece conocer bien la dificultad y la necesidad: 
¡Qué admirable es 
quien lo piensa: "La vida es efímera"
al ver un relámpago! .
(en este silogismo singular se hace la inclusión por la fuerza: es necesario, para considerarlo como tal, que la menor salte dentro de la mayor). Desde luego, si se renuncia a la metáfora 

La exención del sentido 

El Zen ejerce la guerra total contra la prevaricación del sentido. Se sabe que el budismo frustra la vía fatal de cualquier aseveración (o de cualquier negación) al recomendarse el no ser sorprendido jamás dentro de las cuatro proposiciones siguientes: eso es A –eso no es A –eso es a la vez A y no A –eso no es ni A ni no A. Ahora bien, esta cuádruple posibilidad corresponde al paradigma perfecto, tal como lo ha construido la lingüística estructural: A –no A –ni A ni no A (grado cero) –A y no A (grado complejo). En otras palabras, la vía budista es precisamente aquélla del sentido obstruido: el arcano mismo de la significación, a saber, el paradigma, se vuelve imposible, cuando el Sexto Patriarca (2) da sus instrucciones al respecto del mondo, ejercicio de la pregunta-respuesta, recomienda, para mejor desvanecer el funcionamiento paradigmático, que una vez que un término se establezca, el interlocutor se desplace hacia el término adverso (“Si al interrogarte alguien te pregunta por el ser, responde con el no ser. Si te pregunta por el no ser, responde con el ser. Si te interroga por el hombre común, responde hablándole del sabio, etc.”) de manera que se muestre lo irrisorio del dispositivo paradigmático y el carácter mecánico del sentido. Aquello que se busca (con una técnica mental en la que la precisión, la paciencia, el refinamiento y el saber atestiguan hasta qué punto el pensamiento oriental tiene por el apremio del sentido) aquello que se busca es el fundamento del signo, a saber la clasificación (maya).

Constreñido al enclasamiento por excelencia, el del lenguaje, el haiku opera por lo menos con el fin de obtener un lenguaje plano, que nada asiente (como sucede irremisiblemente en nuestra poesía) sobre los niveles superpuestos del sentido, eso que podría llamarse el "hojaldre" de los símbolos. Cuando se nos dice que es el ruido de la rana lo que despertó a Basho a la verdad del Zen, puede entenderse (aunque se trata todavía de una manera demasiado occidental de hablar) que Basho descubrió en ese sonido no ciertamente el motivo de una "iluminación", de una hiperestesis simbólica, sino más bien un agotamiento del lenguaje: hay un momento en el que el lenguaje cesa (momento obtenido gracias a un gran refuerzo de ejercicios), y es este remate sin eco el que instituye a la vez la verdad del Zen y la forma, breve y vacía, del haiku. La negación del "desarrollo" es aquí radical, pues no se trata de detener el lenguaje sobre un silencio pesado, pleno, profundo, ni tampoco sobre un del alma que se abriría a la comunicación divina (el Zen carece de Dios); lo que está establecido no debe desarrollarse ni en el discurso ni al final del discurso; lo que está establecido es mate, y lo único que se puede hacer es repetirlo; es esto lo que se le recomienda a un practicante que trabaja un koan (o anécdota que le es propuesta por su maestro): no resolverlo, como si tuviera un sentido, tampoco que perciba su absurdo (que es también un sentido) sino rumiarlo "hasta que la muela caiga". El Zen, del que el haiku no es más que la rama literaria, aparece así como una inmensa práctica destinada a detener el lenguaje, a quebrantar esa suerte de radiofonía interior que emite continuamente dentro de nosotros hasta en nuestro sueño (quizás por eso se impide a los practicantes dormir), a vaciar, a pasmar, a desecar la palabrería incoercible del alma; y tal vez aquello que se llama en el len satori y que los occidentales no pueden traducir más que con palabras vagamente cristianas (iluminación, revelación, intuición) es sólo una suspensión pánica del lenguaje, del blanco que borra en nosotros el reino de los Códigos, el corte de esa recitación interna que constituye nuestra persona; y si este estado de a-lenguaje es una liberación, es porque para la experiencia budista la proliferación de segundos pensamientos (el pensamiento del pensamiento), o si se prefiere el suplemento infinito de los significados sobrenumerarios del cual el lenguaje es el depositario mismo y el modelo-aparece como un bloqueo: es, por el contrario, la abolición del segundo pensamiento lo que rompe el infinito vicioso del lenguaje. En todas estas experiencias pareciera que no se trata de aplastar el lenguaje bajo el silencio místico de lo inefable, sino de mesurarlo, de detener este trompo verbal que arrastra en su giro el juego obsesivo de las sustituciones simbólicas. En suma, es el símbolo como operación semántica lo que se ataca. 

En el haiku, la limitación del lenguaje es el objeto de un cuidado que nos resulta inconcebible porque no se trata de ser conciso (es decir, de abreviar el significante sin disminuir la densidad del significado) sino, por el contrario, de actuar sobre la misma del sentido para lograr que ese sentido no se difunda, no se interiorice, no se dé por implícito, no se descuelgue, no divague en el infinito de las metáforas, en las esferas del símbolo. La brevedad del haiku no es formal; el haiku no es un pensamiento rico reducido a una forma breve sino a un acontecimiento breve que encuentra de golpe su forma justa. La mesura del lenguaje es aquello para lo que el occidental está poco dispuesto; no es que lo haga demasiado largo o demasiado corto, sino que toda su retórica le exige desproporcionar el significante y el significado, ya sea "disolviendo" el segundo bajo la marea palabrera del primero, ya sea "profundizando" la forma hacia las regiones implícitas del contenido. La justeza del haiku (que en ningún momento es pintura exacta de lo real sino adecuación del significante y el significado, supresión de  los márgenes, rebabas o intersticios que comúnmente exceden u horadan la relación semántica), esta justeza posee evidentemente algo de musical (música de los sentidos y no forzosamente de los sonidos): el haiku tiene la pureza, la esfericidad y el vacío mismo de una nota musical; es quizá por eso que se dice dos veces, en eco. No articular más que una vez este habla exquisita, adscribir un sentido a la sorpresa, a la agudeza, a la instantaneidad de la perfección; enunciarla más veces sería postular que el sentido está por descubrirse, simular la profundidad; entre los dos, ni singular ni profundo, el eco no hace más que trazar un rasgo sobre la nulidad del sentido. 

El incidente 

El arte occidental transforma la "impresión en descripción. El haiku nunca describe: su arte es contradescriptivo en la medida en que todo estado de la cosa es inmediatamente, obstinadamente, victoriosamente convertido en una esencial frágil de aparición: momento literalmente "insostenible", en el que la cosa, que no es ya sino lenguaje, va a devenir habla, va a pasar de un lenguaje al otro y se constituye como recuerdo de ese futuro que es, por lo mismo, anterior.

Porque en el haiku no es sólo el acontecimiento propiamente dicho lo que predomina, 
(Vi la primera nieve. 
Esta mañana olvidé
 lavarme la cara.) 
sino también eso que nos parecerla tener vocación de pintura, de miniatura -como hay tantas en el arte japonés: así este haiku de Shiki: 
Llevando un toro abordo,
 un barquito atraviesa
el río a través de la lluvia del atardecer. 
llega a ser o no es más que una especie de acento absoluto (como se acoge cualquier cosa, fútil o no, en el Zen). un pliegue ligero en el que se atrapa, de un golpe súbito, la página de la vida, la seda del lenguaje. La descripción, género occidental, tiene su correspondiente espiritual en la contemplación, inventario metódico de formas atributivas de la divinidad o de los episodios del relato evangélico (en Ignacio de Loyola, el ejercicio de la contemplación es esencialmente descriptivo); el haiku, por el contrario, articulado sobre una metafísica sin sujeto y sin Dios, corresponde al Mu budista (3), al satori Zen que no es, en ningún momento, descenso iluminativo de Dios, sino "despertar ante el hecho", aprehensión de la cosa como acontecimiento y no como sustancia, alcance de la orilla anterior del lenguaje, contigua a la opacidad (por otra parte completamente retrospectiva, reconstituida) de la aventura (aquello que le sucede al lenguaje, aún más que al sujeto). 

El número, la dispersión de los haiku, por una parte, y la brevedad, la integridad de cada uno de ellos, por la otra, parecen dividir, clasificar el mundo al infinito, constituir un espacio de puros fragmentos, un polvo de acontecimientos que, por una suerte de desherencia de la significación, no puede ni coagular, construir, dirigir, terminar nada. Esto se debe a que el tiempo del haiku carece de sujeto: la lectura no tiene otro yo que la totalidad de los haiku, de los cuales este yo, por refracción infinita, no es nunca más que el sitio de la lectura. Según una imagen propuesta por la doctrina Hua-Yen, podría decirse que el cuerpo colectivo de los haiku es una red de alhajas en la cual cada joya refleja a todas las demás y así, sin interrupción, al infinito, sin que haya jamás un centro del cual asirse, un núcleo primero de irradiación (para nosotros, la imagen más exacta de esta reverberación sin motor ni de este juego de fulgores sin origen, seria la del diccionario, en el cual la palabra no puede definirse más que por otras palabras). En Occidente, el espejo es un objeto esencialmente narcisista: el hombre no piensa en el espejo más que para verse: pero en Oriente, según parece, el espejo está es el símbolo del vacío mismo de los símbolos ("El espíritu del hombre perfecto, dice un maestro del Tao, (4) es como un espejo. No toma pero tampoco repele nada. Recibe pero no conserva.": el espejo no capta más que otros espejos, y esta reflexión infinita es el vacío –que, se sabe, es la forma). Así, el haiku nos hace recordar aquello que jamás nos ha sucedido; en él reconocemos una repetición sin origen, un acontecimiento sin causa, una memoria sin persona, un habla sin amarras. 

Lo que digo aquí sobre el haiku, podría decirlo también de todo lo que acontece cuando se viaja por ese país que se llama aquí el Japón. Pues allí, en la calle, en un bar, en una tienda, en un tren, acontece siempre algo. Ese algo –que, etimológicamente, es una aventura– es de orden infinitesimal: es una incongruencia de ropaje, un anacronismo de cultura, una libertad de comportamiento, un ilogismo de itinerario, etc. enumerar estos acontecimientos sería una empresa como la de Sísifo; pues sólo brillan en el momento en que se los lee, en la escritura viva de la calle, y el occidental no podría decirlos espontáneamente más que atribuyéndoles el sentido mismo de su distancia: necesitaría hacer precisamente haikus, un lenguaje que nos está vedado.

Lo que podemos añadir es que esas aventuras ínfimas (cuya acumulación a lo largo de un día provoca una especie de embriaguez erótica) nunca tienen nada de pintoresco (el pintoresquismo japonés nos es indiferente, pues se halla desvinculado de lo que constituye la especialidad misma del Japón, su modernidad). ni de novelesco (sin prestarse para nada a la palabrería que narra con ellas relatos o descripciones). Lo que esas aventuras dan a leer (allá soy lector, no visitante), es la rectitud del trazo, sin estelas, sin margen, sin vibración; tantos comportamientos pequeños (de la vestimenta a la sonrisa) que entre nosotros, y a consecuencia del narcisismo inveterado del occidental, no son más que los signos de una seguridad exagerada, se vuelven, entre los japoneses, simples maneras de pasar, de trazar algún imprevisto en la calle: pues la seguridad y la independencia del gesto no remiten ya más a una afirmación del yo (a una "suficiencia") sino solamente a un modo gráfico de existir; de manera que el espectáculo de la calle japonesa (más en general del lugar público). excitante como el producto de una estética secular de la cual toda vulgaridad se ha decantado, nunca depende de una teatralidad (de una histeria) de los cuerpos, sino, una vez más, de esta escritura allá prima en la que el esbozo y el arrepentimiento, la maniobra y la corrección son igualmente imposibles, porque el trazo, liberado de la imagen ventajosa que el escribiente dar de sí mismo, no expresa sino hace existir simplemente. "Cuando camines, dice un maestro Zen, conténtate con caminar. Cuando estés sentado, conténtate con estar sentado. Pero sobre todo ¡no vaciles!": esto es lo que parece decirme a manera el joven ciclista que lleva en su brazo alzado una charola de arcilla; o la muchacha que se inclina con un gesto tan profundo, tan ritualizado que pierde todo servilismo, frente a los clientes de una enorme tienda que se han lanzado al asalto de una escalera eléctrica; o el jugador de Pachinko (5) introduciendo, lanzando y recibiendo sus bolas en tres gestos cuya coordinación misma es un dibujo; o el dandy que, en el café, hace saltar con un golpe ritual (seco y varonil) la envoluta de plástico de la toallita caliente con la que se limpiará las manos antes de beber su coca-cola: todos estos incidentes son la materia misma del haiku. 

El quehacer del haiku es que la exención del sentido se lleve a cabo a través de un discurso perfectamente legible (contradicción denegada al arte occidental, que no sabe oponerse al sentido más que volviendo su discurso incomprensible), de manera que el haiku no es, a nuestros ojos, ni excéntrico ni familiar, se asemeja a nada y a todo: legible, lo consideramos simple, próximo, conocido, delicioso, delicado, "poético", en una palabra ofrecido a todo un juego de predicados confortantes; insignificantes, sin embargo, nos resiste, pierde finalmente los adjetivos que un momento antes se le concedían y entra en esa suspensión del sentido que nos resulta la cosa más extraña puesto que vuelve imposible el ejercicio más corriente de nuestro habla, que es el comentario. Qué decir de esto: 
Brisa primaveral: 
el barquero muerde su pipa. 
o de esto: 
Luna llena
 y sobre las esteras 
la sombra de un pino. 
o de esto: 
En la casa del pescador
el olor del pescado seco 
y el calor. 
o aún (pero no por último, pues los ejemplos serían innumerables) de esto: 
El viento de invierno sopla,
los ojos de los gatos
parpadean. 

Con tales trazos (esta palabra conviene al haiku, especie de navajazo ligero trazado en el tiempo) instalan lo que se ha podido llamar "la visión sin comentario". Esta visión (la palabra es aún demasiado occidental) es en el fondo completamente privativa; lo que se ha abolido no es el sentido, es idea de finalidad: el haiku no sirve a ninguno de los usos (ellos mismos gratuitos, sin embargo) concedidos a la literatura: insignificante (por una técnica de detención del sentido), ¿cómo podría instruir, expresar, distraer? De igual manera, mientras ciertas escuelas Zen conciben la meditación como una práctica destinada a obtener el estado de buda, otras rehúsan incluso esa finalidad (sin embargo aparentemente esencial): hay que permanecer sentados "sólo para permanecer sentados". El haiku (como los innumerables gestos gráficos que marcan la más moderna, la más social de las vidas japonesas) ¿no pertenece a esa especie escrita "sólo para escribir"? 

Lo que desaparece en el haiku son las dos funciones fundamentales de nuestra escritura clásica (milenaria): por un lado, la descripción (la pipa del barquero, la sombra del pino, el olor del pescado, el viento de invierno, no son descritos, es decir ornados de significaciones, de lecciones, comprometidos a título de índices en la revelación de una verdad o de un sentimiento: se le rehúsa el sentido a lo real; y aún más: lo real no dispone más del sentido mismo de lo real), y del otro lado la definición; la definición no es solamente transferida al gesto, aunque sea gráfico, sino también es derivada hacia una suerte de florecimiento inesencial -excéntrico-del objeto, como bien lo dice una anécdota Zen en la que se ve al maestro otorgar la exclusividad de la definición (¿qué es un abanico?) sino a la invención de una cadena de acciones aberrantes (cerrar el abanico, rascar el cuello volver a abrirlo, poner encima un pastel y ofrecerlo al maestro). Sin describir ni definir, el haiku (llamo finalmente a cualquier trazo discontinuo, a cualquier acontecimiento de la vida japonesa, tal y como se ofrece a mi lectura), se adelgaza hasta la sola y pura designación. Es esto, es así, dice el haiku, es tal. O mejor todavía: ¡Tal!, dice, de una pincelada tan instantánea y breve (sin vibración ni reanudación) que la cópula verbal aparece aun como un exceso, como el remordimiento de una definición prohibida, para siempre alargada. El sentido no es más que un fulgor, un rasguño de luz: When the light of sense goes out, but with a light that has revealed the invisible world (6), escribía Shakespeare; pero el fulgor instantáneo del haiku no alumbra, no revela nada, es el de una que uno tomarla muy cuidadosamente (a la manera japonesa), pero habiendo evitado cargar la cámara con una película , O también: el haiku (el trazo) reproduce el gesto designado del niño que apunta con el dedo lo que sea (el haiku no hace acepción del sujeto) diciendo solamente: ¡eso! con un movimiento tan inmediato (tan privado de cualquier meditación: la del saber, la del nombre o incluso la de la posesión) que lo que se designa es la inanidad misma de toda clasificación del objeto: nada en especial, dice el haiku, en conformidad con el espíritu del Zen: el acontecimiento no es nombrable de acuerdo a ninguna especie, se corta su especificidad; como un rizo gracioso, el haiku se enrolla sobre mismo, la estela del signo que parecía haber sido trazada se borra: nada ha sido adquirido; la piedra de la palabra ha sido arrojada para nada: ni olas ni corrientes del sentido. 

(Traducción de Javier Sicilia y Jaime Moreno Villarreal) 

1. V. infra, La siguiente anécdota es un ejemplo: se cuenta que un monje pidió a su maestro le enseñara el Camino. –Podrás hallarlo detrás de aquel árbol–, le replicó éste. El monje insistió en que quería conocer el Camino Real. ¡Ah! Ese va a Tokio– fue la respuesta del maestro. (N. de T). 
2. Se refiere a Enó, sexto en la línea patriarcal que se inicia con Buddha y continúa con Kasavapa, Bodhidharma, Eká y Jinshú. (N . De T) 
3. Literalmente, el (N. de T}, 
4. Recordemos que el budismo Zen se desarrolló en China, donde recibió un fuerte influjo taoísta. (N . De T. l. 
5. El Pachinko es un juego electrónico parecido al pinball, muy popular en el Japón. B. B. le dedica un capítulo de L'empire des signes. (N. de T) 
6. "Cuando la luz del sentido se apaga, mas con una luz que ha revelado el mundo invisible." (N. de T.) 

En Barthes, Roland, El imperio de los signos


 "Bajo una ola en altamar en Kanagawa" de Katsushika Hokusai,


Tuesday, January 08, 2013

EDGAR ALLAN POE: LA ESFINGE

EDGAR ALLAN POE: LA ESFINGE


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Durante el espantoso reinado del cólera en Nueva York acepté la invitación de un pariente a pasar quince días en el retiro de su confortable cottage, a orillas del Hudson. Teníamos allí todos los habituales medios de diversión veraniegos; y vagabundeando por los bosques con nuestros cuadernos de diseño, navegando, pescando, bañándonos, con la música y los libros hubiéramos pasado bastante bien el tiempo, de no ser por las temibles noticias que nos llegaban todas las mañanas de la populosa ciudad. No transcurría un día sin que nos trajeran nuevas de la muerte de algún conocido. Por lo tanto, como la mortalidad aumentaba, aprendimos a esperar diariamente la pérdida de algún amigo. Al fin temblábamos ante la cercanía de cada mensajero. El mismo aire del sur nos parecía impregnado de muerte. Este paralizante pensamiento se apoderó de mi alma toda. No podía hablar, ni pensar, ni soñar en nada. Mi huésped era de temperamento menos excitable y, aunque su ánimo estaba muy deprimido, se esforzaba por confortar el mío. En ningún momento lo imaginario afectaba su intelecto, bien nutrido de filosofía. Estaba suficientemente vivo para los terrores concretos, pero sus sombras no lo atemorizaban.
Sus intentos por sacarme del estado de anormal melancolía en que me hallaba sumido fueron frustrados en gran medida por ciertos volúmenes que yo había encontrado en su biblioteca. Por su índole, tenían fuerza suficiente para hacer germinar cualquier simiente de superstición hereditaria que se hallara latente en mi pecho. Había estado leyendo estos libros sin que él lo supiese, y, por lo tanto, le resultaba imposible explicarse a veces las violentas impresiones que habían hecho en mi fantasía.
Uno de mis tópicos favoritos era la creencia popular en presagios, creencia que en esa época de mi vida yo estaba seriamente dispuesto a defender. Teníamos largas y animadas discusiones sobre este punto, en las que él sostenía la absoluta falta de fundamento de la fe en tales cosas, y yo replicaba que un sentimiento popular nacido con absoluta espontaneidad —es decir, sin aparentes huellas de sugestión— tiene en sí mismo inequívocos elementos de verdad y es digno de mucho respeto.
El hecho es que, poco después de mi llegada a la casa, me ocurrió un incidente tan absolutamente inexplicable y que tenía en sí tanto de ominoso, que bien se me podía excusar si lo consideraba como un presagio. Me aterró y al mismo tiempo me dejó tan confundido y tan perplejo, que transcurrieron varios días antes de que me resolviera a comunicar la circunstancia a mi amigo.
Casi al final de un día de calor abrumador, estaba yo sentado con un libro en la mano delante de una ventana abierta desde la cual dominaba, a través de la larga perspectiva formada por las orillas del río, la vista de una distante colina cuya ladera más cercana había sido despojada por un desmoronamiento de la mayor parte de sus árboles. Mis pensamientos habían errado largo tiempo desde el volumen que tenía delante, a la tristeza y desolación de la vecina ciudad. Levantando los ojos de la página, cayeron éstos en la desnuda ladera de la colina y en un objeto, en una especie de monstruo viviente de horrible conformación, que rápidamente se abrió camino desde la cima hasta el pie, desapareciendo por fin en el espeso bosque inferior. Al principio, cuando esta criatura apareció ante la vista, dudé de mi razón o, por lo menos, de la evidencia de mis sentidos, y transcurrieron algunos minutos antes de lograr convencerme de que no estaba loco ni soñaba. Sin embargo, cuando describa el monstruo (que vi claramente y vigilé durante todo el período de su marcha), para mis lectores, lo temo, será más difícil aceptar estas cosas de lo que lo fue para mí.
Considerando el tamaño del animal en comparación con el diámetro de los grandes árboles junto a los cuales pasara —los pocos gigantes del bosque que habían escapado a la furia del desmoronamiento—, concluí que era mucho más grande que cualquier paquebote existente. Digo paquebote porque la forma del monstruo lo sugería; el casco de uno de nuestros barcos de guerra de setenta y cuatro cañones podría dar una idea muy aceptable de sus líneas generales. La boca del animal estaba situada en el extremo de una trompa de unos sesenta o setenta pies de largo, casi tan gruesa como el cuerpo de un elefante común. Cerca de la raíz de esta trompa había una inmensa cantidad de negro pelo hirsuto, más del que hubieran podido proporcionar las pieles de veinte búfalos; y brotando de este pelo hacia abajo y lateralmente surgían dos colmillos brillantes, parecidos a los del jabalí, pero de dimensiones infinitamente mayores. Hacia adelante, paralelo a la trompa y a cada lado de ella, se extendía una gigantesca asta de treinta o cuarenta pies de largo, aparentemente de puro cristal y en forma de perfecto prisma, que reflejaba de manera magnífica los rayos del sol poniente. El tronco tenía forma de cuña con la cúspide hacia tierra. De él salían dos pares de alas, cada una de casi cien yardas de largo, un par situado sobre el otro y todas espesamente cubiertas de escamas metálicas; cada escama medía aparentemente diez o doce pies de diámetro. Observé que las hileras superior e inferior de alas estaban unidas por una fuerte cadena. Pero la principal peculiaridad de aquella cosa horrible era la figura de una calavera que cubría casi toda la superficie de su pecho, y estaba diestramente trazada en blanco brillante sobre el fondo oscuro del cuerpo, como si la hubiera dibujado cuidadosamente un artista. Mientras miraba aquel animal terrible, y especialmente su pecho, con una sensación de espanto, de pavor, con un sentimiento de inminente calamidad que ningún esfuerzo de mi razón pudo sofocar, advertí que las enormes mandíbulas en el extremo de la trompa se separaban de improviso y brotaba de ellas un sonido tan fuerte y tan fúnebre que me sacudió los nervios como si doblaran a muerto; y, mientras el monstruo desaparecía al pie de la colina, caí de golpe, desmayado, en el suelo.
Al recobrarme, mi primer impulso fue, por supuesto, informar a mi amigo de lo que había visto y oído; y apenas puedo explicar qué sentimiento de repugnancia me lo impidió.
Por fin, una tarde, tres o cuatro días después de lo ocurrido, estábamos juntos en el aposento donde había visto la aparición, yo ocupando el mismo asiento junto a la misma ventana y él tendido en un sofá al alcance de la mano. La asociación del lugar y la hora me impulsaron a referirle el fenómeno. Me escuchó hasta el final; al principio rió cordialmente y luego adoptó un continente excesivamente grave, como si sobre mi locura no cupiese ninguna duda. En ese momento tuve otra clara visión del monstruo, hacia el cual, con un grito de absoluto terror, dirigí su atención. Miró ansiosamente, pero afirmó que no veía nada, aunque yo le señalé con detalle el camino de la bestia mientras descendía por la desnuda ladera de la colina.
Entonces me alarmé muchísimo, pues consideré la visión, o como un presagio de mi muerte, o, peor aún, como anuncio de un ataque de locura. Me eché violentamente hacia atrás y durante unos instantes hundí la cara en las manos. Cuando me destapé los ojos, la aparición ya no era visible.
Mi huésped, sin embargo, había recobrado en cierto modo la calma de su continente y me interrogaba con minucia sobre la conformación de la bestia. Cuando le hube dado cabal satisfacción sobre este punto, suspiró profundamente, como aliviado de alguna carga intolerable, y siguió conversando con una calma que me pareció cruel sobre varios puntos de filosofía que habían constituido hasta entonces el tema de discusión entre nosotros. Recuerdo que insistió muy especialmente (entre otras cosas) en la idea de que la principal fuente de error de todas las investigaciones humanas se encontraba en el riesgo que corría la inteligencia de menospreciar o sobrestimar la importancia de un objeto por el cálculo errado de su cercanía.
—Para estimar adecuadamente —decía— la influencia ejercida a la larga sobre la humanidad por la amplia difusión de la democracia, la distancia de la época en la cual tal difusión puede posiblemente realizarse no dejaría de constituir un punto digno de ser tenido en cuenta. Sin embargo, ¿puede usted mencionarme algún autor que, tratando del gobierno, haya considerado merecedora de discusión esta particular rama del asunto?
Aquí se detuvo un momento, se acercó a una biblioteca y sacó una de las comunes sinopsis de historia natural. Pidiéndome que intercambiáramos nuestros asientos para poder distinguir mejor los menudos caracteres del volumen, se sentó en mi sillón junto a la ventana y, abriendo el libro, prosiguió su discurso en el mismo tono que antes.
—De no ser por su extraordinaria minucia —dijo— en la descripción del monstruo quizá no hubiera tenido nunca la posibilidad de mostrarle de qué se trata. En primer lugar, permítame que le lea una sencilla descripción del género Sphinx, de la familia Crepuscularia, del orden Lepidóptera, de la clase Insecta o insectos. La descripción dice lo siguiente: «Cuatro alas membranosas cubiertas de pequeñas escamas coloreadas, de apariencia metálica; boca en forma de trompa enrollada, formada por una prolongación de las quijadas, sobre cuyos lados se encuentran rudimentos de mandíbulas y palpos vellosos; las alas inferiores unidas a las superiores por un pelo rígido; antenas en forma de garrote alargado, prismático; abdomen en punta. La Esfinge Calavera ha ocasionado gran terror en el vulgo, en otros tiempos, por una especie de grito melancólico que profiere y por la insignia de muerte que lleva en el corselete.»
Aquí cerró el libro y se reclinó en el asiento, adoptando la misma posición que yo ocupara en el momento de contemplar «el monstruo».
—¡Ah, aquí está! —exclamó entonces—. Vuelve a subir la ladera de la colina, y es una criatura de apariencia muy notable, lo admito. De todos modos, no es tan grande ni está tan lejos como usted lo imaginaba; pues el hecho es que, mientras sube retorciéndose por este hilo que alguna araña ha tejido a lo largo del marco de la ventana, considero que debe de tener la decimosexta parte de un pulgada de longitud, y que a esa misma distancia, aproximadamente, se encuentra de mis pupilas.
En: Cuentos Completos
Traducción: Julio Cortázar

Monday, December 17, 2012

" Teoría de la economía sexual " / Wilhelm Reich.

" Teoría de la economía sexual "
 
Wilhelm Reich


 


La teoría de la economía sexual puede desarrollarse de la manera siguiente
- La salud síquica depende de la potencia orgástica, o sea, de la capacidad de entrega en el acmé de excitación sexual durante el acto sexual natural. Su fundamento es la actitud caracterológica no-neurótica de la capacidad de amar.
- La enfermedad mental es un resultado de las perturbaciones de la capacidad natural de amar y de relacionarse adecuada y satisfactoriamente con los demás.
- En el caso de la impotencia orgástica, de la cual sufre una enorme mayoría de los seres humanos, la energía biológica está bloqueada y se convierte así en fuente de las manifestaciones más diversas de conducta irracional (bloqueo emocional, exclusión).
- La cura de los trastornos síquicos requiere en primer término el restablecimiento de la capacidad natural de amar. Ello depende tanto de las condiciones sociales como de las condiciones síquicas.
- Las perturbaciones síquicas son el resultado del caos sexual originado por la naturaleza de nuestra sociedad; caos que ha tenido como función el sometimiento de las personas a las condiciones existentes. Sirve el propósito de obtener el anclaje síquico de una civilización mecanicista y autoritaria, haciendo perder a los individuos la confianza en sí mismos.
- Las energías vitales, en circunstancias naturales, se regulan espontáneamente, sin ayuda compulsiva medicamentosa, la cual indica con seguridad la existencia de tendencias antisociales. La conducta antisocial surge de pulsiones secundarias que deben su existencia a la supresión de la sexualidad natural.
- El individuo educado en una atmósfera de negación de la vida y del sexo contrae angustia de placer (miedo a la excitación placentera), que se manifiesta fisiológicamente en espasmos musculares crónicos.
- Esa angustia de placer es el terreno sobre el cual el individuo recrea las ideologías negadoras de la vida que son la base de las dictaduras. Es la base del miedo a una vida libre e independiente.
- Se convierte en una poderosa fuente de donde extraen su energía individuos o grupos de individuos a fin de ejercer toda clase de actividad represiva.
- Es una angustia biofisiológica y constituye el problema central de la investigación sicosomática. La persona neurótica sólo puede experimentar esta angustia como algo siniestro y atemorizante.
- La estructura caracterológica del hombre actual se caracteriza por un acorazamiento contra la naturaleza dentro de sí y contra la miseria social que lo- rodea.
- Este acorazamiento del carácter es la base de la soledad, del desamparo, del insaciable deseo de autoridad, del miedo a la responsabilidad, de la angustia mística, de la miseria sexual, de la rebelión guerrillera impotente así como de una resignación artificial y patológica de droga y alcohol.
- Los seres humanos han adoptado una actitud hostil a lo que está vivo dentro de sí mismos, de lo cual se han alejado. Este enajenamiento no tiene un origen biológico y económico, sino social y sicológico.
- Desde hace mucho el deber y la obligación han sustituido al goce natural del trabajo y la actividad. La estructura caracterológica corriente de los seres humanos se ha modificado en dirección a la impotencia y el miedo a vivir en actitudes de irresponsabilidad y de infantilismo. La catástrofe internacional que atravesamos es la última consecuencia de esa enajenación respecto de la vida.
- La formación del carácter en la pauta autoritaria tiene como punto central no el amor parental, sino la familia autoritaria. Suinstrumento principal es la supresión de la sexualidad en el infante y en el adolescente.
- Debido a la escisión de la estructura del carácter humano actual, se consideran incompatibles la naturaleza y la cultura, el instinto y la moralidad, la sexualidad y la realización. Esa unidad de la cultura y la naturaleza del trabajo y del amor, de la moralidad y la sexualidad, que eternamente anhela la raza humana, continuará siendo un sueño mientras el hombre no permita la satisfacción de la gratificación sexual natural de parte de las existencias biológicas.
- Hasta entonces la verdadera democracia y la libertad responsable seguirán siendo una ilusión. Hasta entonces prevalecerá el aniquilamiento de la vida, sea en forma de una educación compulsiva, sea en instituciones compulsivas, .sea en sacrificios estériles e inútiles de depresiones económicas inflacionarias con peticiones impulsivas de producción o sacrificios, o mediante guerras.
- En el campo de la sicoterapia, el principio fundamental de la técnica es la restauración de la motilidad biosíquica por medio de la disolución de las rigideces (acorazamientos) del carácter - y de la musculatura.
- Esta técnica sicoterapéutica fue experimentalmente confirmada por el descubrimiento de la naturaleza bioeléctrica de la sexualidad y la angustia. La sexualidad y la angustia son las direcciones opuestas de la excitación en el organismo biológico: expansión placentera y contracción angustiosa.
- La fórmula del orgasmo que dirige la investigación económico-sexual, es la siguiente: tensión mecánica -carga bioeléctrica- descarga bioeléctrica - relajación mecánica. Esta demostró ser la fórmula del funcionamiento vital en general.
- El hecho de que el hombre sea la única especie que no cumple la ley natural de la sexualidad es la causa inmediata de una serie de desastres terribles. La negación social externa de la vida conduce a la violencia, así como a perturbaciones síquicas y somáticas del funcionamiento vital.
- El proceso sexual, o sea, el proceso biológico expansivo del placer, es el proceso vital productivo per se.
- La tergiversación social de la vida de amor natural y el empeño a negarla a los niños y adolescentes representa un estado de cosas, característicamente humano. que se extiende más allá de los límites de cualquier Estado o grupo.
- La represión sexual, la rigidez biológica, la manía moralizadora y el puritanismo no están confinados a ciertas clases o grupos sociales. Existen por doquier. Aprobación y desaprobación, según el caso, han sido justificadas por la misma ideología.
- En realidad, esclarecer la función de lo viviente sólo amenaza una actitud y una clase de orden social y moral: el régimen autoritario de cualquier clase, que, mediante una moralidad compulsiva y una actitud también compulsiva frente al trabajo, intenta destruir la decencia espontánea y la autorregulación natural de las fuerzas vitales.
- El auténtico anhelo de democratizar la vida social, tan antiguo como el mundo, se basa en la autodeterminación, en una socialidad y moralidad naturales, en la alegría en el trabajo y la felicidad terrenal en el amor. Quienes sienten ese anhelo consideran toda ilusión un peligro.
- En el campo de la higiene mental, trátase de la tarea ímproba de reemplazar el caos sexual, la prostitución, la literatura pornográfica y el gangsterismo sexual, por la felicidad natural en el amor garantizada por la sociedad.
- Eso no implica ninguna intención de destruir la familia o de minar la moral. De hecho, la familia y la moral están minadas por la familia y la moralidad compulsivas. Profesionalmente, debemos acometer la tarea de reparar el daño causado por el caos sexual y familiar en forma de enfermedades mentales.
- La función natural de la socialización del hombre es garantizar el trabajo y la realización natural del amor. Esas dos actividades biológicas del hombre siempre han dependido de la investigación y pensamientos científicos, no de administraciones públicas ni de sistemas filosófico-económicos. El conocimiento, el trabajo y el amor natural son las fuentes de la vida. Deberían también ser las fuerzas que la gobiernan, y su responsabilidad total recae sobre todos los que producen mediante su trabajo.
- El médico o el maestro sólo tienen una obligación: practicar su profesión firmemente, sin transigir con los poderes que intentan suprimir la vida y considerar únicamente, el bienestar de quienes están a su cuidado. No pueden representar ideologíasque se hallen en conflicto con la verdadera tarea del médico o maestro.
- La hipocresía moralizadora es el enemigo más peligroso de la moralidad natural. La hipocresía moralizadora no puede combatirse con otro tipo de moralidad compulsiva, sino con el conocimiento de la ley natural de los procesos sexuales.
- La conducta moral natural presupone la libertad de los procesos sexuales naturales. Recíprocamente, la moralidad compulsiva y la sexualidad patológica corren parejas.
- La línea de compulsión es la línea de menor resistencia. Es más fácil exigir disciplina y reforzarla con la autoridad, que educar a los niños mediante una iniciación gozosa en el trabajo creativo y la conducta sexual natural.
- Es más fácil insistir en las manifestaciones de respeto y amor legalmente determinadas que conquistar la amistad mediante una conducta auténtica y decente.
- Es más fácil vender la propia independencia a cambio de una seguridad económica, que llevar una existencia independiente responsable, y ser su propio dueño.
- Es más fácil ordenar a los subordinados o pacientes lo que deben hacer, que guiarlos respetando al mismo tiempo su individualidad. Es más fácil representar lo vulgar y lo mediocre y más difícil representar la verdad.
- Sea cual sea el resultado, para las generaciones venideras, de las luchas sangrientas de nuestro mundo dislocado, la ciencia de la vida es más poderosa que todas las fuerzas negativas y todas las tiranías.
- Fueron Galileo y no Nerón, Pasteur y no Napoleón, quienes sentaron las bases de la técnica moderna, combatieron las epidemias; quienes exploraron la mente; quienes, en otras palabras, dieron un fundamento sólido a nuestra existencia. Los otros nunca hicieron otra cosa que abusar de las realizaciones de los grandes hombres para destruir la vida.

* Publicado en: "Método Transaccional Guestáltico". Mariano Dilz. Editorial Diana 1976, México.



Wilhelm Reich 
(Dubrozcynica, 1897 - Lewisburg, 1957) Psicoanalista austríaco, con seguridad el más prestigioso, radical y dramático exponente de la "izquierda freudiana" y del llamado "marxismo freudiano". De familia acomodada, su padre, Leon, de origen judío, es descrito como autoritario y posesivo; su madre, Cecilia Roniger, mujer sometida, se suicidó cuando Wilhelm Reich tenía catorce años. Según una de las esposas de Reich, Ilse Ollendorf, Wilhelm tuvo un papel en la muerte de su madre, al haber revelado a su padre la relación de ésta con uno de los tutores.

En un principio, Reich se interesó por la biología, de modo que se matriculó en Medicina. Se licenció en 1922 y se especializó con J. Von Wagner-Jauregg en neuropsiquiatría. En 1919 empezó a dedicarse al psicoanálisis y, con sólo veintitrés años, antes de finalizar los estudios, Freud lo aceptó a su lado. Su incorporación al círculo psicoanalítico coincidió con el inicio de animadas discusiones sobre sus ideas, y Federn tuvo que intervenir en varias ocasiones para restablecer la paz.
En 1924 introdujo el concepto de "potencia orgástica", la capacidad de abandono completo al espasmo involuntario del organismo y la descarga completa de la excitación en la culminación del acto sexual. Un tema al que concederá una importancia central: El descubrimiento del orgón y la función del orgasmo (Die Funktion des Orgasmus, 1927). Reich se interesó también muy pronto por el problema de los mecanismos de defensa. Los psicoanalistas de la época trabajaban en los diferentes tipos concretos de defensa cuando el paciente las ponía de manifiesto, y Reich elaboró por entonces el concepto-marco de Análisis del carácter (Charakteranalyse, 1933), seguido de Der triebhafte Charakter, (1925) y de Über Charakteranalyse (1928), donde expone que las defensas no han de considerarse separadas de la personalidad, ya que impregnan todos los aspectos (la "armadura caracterial") de ésta.
Marxista convencido, se dedicó intensamente a la política. Se atribuye a sus intentos de fundir las ideas de Freud y las de Marx el deterioro de sus relaciones con Freud, pero la verdadera razón fue más emotiva que ideológica. En 1931 fundó en Berlín Sexpol (Verlag für Sexualpolitik), un grupo en el seno del movimiento obrero, con fines médicos ambulatorios. En 1934 se desvinculó (no se sabe si porque dimitió o porque fue expulsado) de la Sociedad freudiana. Bajo el nazismo, se refugió en Copenhague, en Oslo y por fin, en 1939, en Estados Unidos.
Tras el distanciamiento respecto de Freud acentuó sus intereses políticos y sus investigaciones bioenergéticas. Son de esa época, entre otros, Psicología de masas del fascismo (Massenpsychologie des Faschismus, 1933), Materialismo dialéctico y psicoanálisis (Dialektischer Materialismus und Psychoanalyse, 1934), Was ist Klassenbewusstsein? (1934), escrito bajo el seudónimo de Ernst Parrel, La revolución sexual (Die Sexualität im Kulturkampf, 1936) y Die Bione (1938). Entre sus obras del último período destacan: Escucha, hombrecito (Listen, Little Man, 1948), The Oranur Experiment (1951) y El asesinato de Cristo (en Selected Writings), publicado póstumamente en 1960.