Thursday, January 25, 2007

LOS QUE QUEMAN LOS LIBROS/ GEORGE STEINER

Los que queman los libros
Por George Steiner

En una época en la que el espacio de la lectura está llamado a disminuir, el crítico George Steiner desprende un conjunto de reflexiones que explican cómo unas incisiones sobre una tablilla de arcilla, unos trazos de pluma o de lápiz, pueden constituir una persona —una Beatriz, un Falstaff, una Ana Karenina— cuya sustancia excede a la vida misma en su realidad . Este texto forma parte del libro Los logócratas, coeditado por el Fondo de Cultura Económica y Ediciones Siruela, que comenzará a circular en breve. 








Los que queman los libros, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen. El poder indeterminado de los libros es incalculable. Es indeterminado precisamente porque el mismo libro, la misma página, puede tener efectos totalmente dispares sobre sus lectores. Puede exaltar o envilecer; seducir o asquear; apelar a la virtud o a la barbarie; magnificar la sensibilidad o banalizarla. De una manera que no puede ser más desconcertante, puede hacer las dos cosas, casi en el mismo momento, en un impulso de respuesta tan complejo, tan rápido en su alternancia y tan híbrido que ninguna hermenéutica, ninguna psicología puede predecir ni calcular su fuerza. En diferentes momentos de la vida del lector, un libro suscitará reflejos completamente diferentes. En la experiencia humana no hay fenomenología más compleja que la de los encuentros entre texto y percepción, o, como observa Dante, entre las formas del lenguaje que sobrepasan nuestro entendimiento y los órdenes de comprensión con respecto a las cuales nuestro lenguaje es insuficiente: la debilitade de lo'nteletto e la cortezza del nostro parlare.

Pero en este diálogo siempre imperfecto —los únicos que pueden ser plenamente comprendidos son los libros efímeros y oportunistas; son los únicos cuyo significado potencial se puede agotar— puede haber una apelación a la violencia, a la intolerancia, a la agresión social y política. Céline es el único de nosotros que permanecerá, decía Sartre. Existe una pornografía de lo teórico, incluso de lo analítico, lo mismo que existe una pornografía de la sugestión sexual. Las citas de libros supuestamente “revelados” —el libro de Josué, la epístola de Pablo a los Romanos, el Corán, Mein Kampf, el Pequeño Libro Rojo de Mao— son el preludio de la matanza, su justificación. La tolerancia y el compromiso suponen un contexto inmenso. El odio, la irracionalidad, la libido del poder leen deprisa. El contexto se evapora en la violencia del asentimiento. De ahí el dilema profundamente enojoso y problemático de la censura. Es sucumbir a la hipocresía liberal dudar que determinados textos, libros o periódicos puedan inflamar la sexualidad; que puedan llevar directamente a la mimesis, a la imitatio, hasta el punto de dar a unas vagas pulsiones masturbatorias una concreción terrible y una urgente necesidad de ser saciadas. ¿Cómo pueden justificar los libertarios el torrente de erotica sádicos que inunda hoy nuestras librerías, nuestros quioscos y la Red? ¿Cómo defender a esta literatura programática del maltrato a los niños, del odio racial y de la criminalidad ciega con que se nos machacan los oídos, los ojos y la conciencia? Los mundos del ciberespacio y de la realidad virtual se saturarán de programas gráficos y revestidos de una pseudoautoridad, de las sugestiones de ejemplos validadores de la bestialidad hacia otros seres humanos, hacia nosotros mismos (la recepción, el disfrute del trash, de la basura, es automutilación del espíritu). ¿Está equivocado totalmente el ideal platónico de la censura?

Por el contrario, los libros son nuestra contraseña para llegar a ser lo que somos. Su capacidad para provocar esta trascendencia ha suscitado discusiones, alegorizaciones y deconstrucciones sin fin. Las implicaciones metafóricas del icono hebreo-helénico del “Libro de la Vida”, del “Libro de la Revelación”, de la identificación de la divinidad con el Logos, son milenarias y no tienen límites. Desde Súmer, los libros han sido los mensajeros y las crónicas del encuentro del hombre con Dios. Mucho antes de Catulo ya eran los correos del amor. Por encima de todo, con algunas obras de arte, han encarnado la ficción suprema de una posible victoria sobre la muerte. El autor debe morir, pero sus obras le sobrevivirán, más sólidas que el bronce, más duraderas que el mármol: exegi monumentum aere perennius (he hecho un monumento más perenne que el bronce). La polis que celebra Píndaro perecerá; la lengua en la que la celebra puede morir y tornarse indescifrable. Pero a través del rollo de papel, a través del elixir de la traducción, la oda pindárica sobrevivirá, seguirá cantando desde los labios desgarrados de Orfeo mientras la cabeza muerta del poeta baja por el río hasta el país del recuerdo. Una concha puede inmortalizar. Al traducir a Villon, Thomas Nashe había escrito: a brightness falls from her hair (un resplandor sale de su cabello); el impresor isabelino se equivocó y escribió: a brightness falls from the air (un resplandor sale del aire), ¡que se ha convertido en uno de los versos talismánicos de toda la poesía en lengua inglesa!

El encuentro con el libro, como con el hombre o la mujer, que va a cambiar nuestra vida, a menudo en un instante de reconocimiento del que no tenemos conciencia, puede ser puro azar. El texto que nos convertirá a una fe, nos adherirá a una ideología, dará a nuestra existencia una finalidad y un criterio podría esperarnos en la sección de libros de ocasión, de libros deteriorados o de saldos. Puede hallarse, polvoriento y olvidado, en una sección justo al lado del volumen que buscamos. La extraña sonoridad de la palabra impresa en la cubierta gastada puede captar nuestra mirada: Zaratustra, Diván Oriental y Occidental, Moby Dick, Horcynus Orca. Mientras un texto sobreviva, en algún lugar de esta tierra, aunque sea en un silencio que nada viene a romper, siempre es capaz de resucitar. Walter Benjamin lo enseñaba, Borges hizo su mitología: un libro auténtico nunca es impaciente. Puede aguardar siglos para despertar un eco vivificador. Puede estar en venta a mitad de precio en una estación de ferrocarril, como estaba el primer Celan que descubrí por azar y abrí. Desde aquel momento fortuito, mi vida se vio transformada y he tratado de aprender “una lengua al norte del futuro”.

Esta transformación es dialéctica. Sus parábolas son las de la Anunciación y la Epifanía. ¡Conocemos tan mal la génesis de la creación literaria! No tenemos, por así decirlo, ningún acceso a la posible neuroquímica del acto de imaginación y sus procedimientos. Hasta el borrador más informe de un poema es ya una etapa muy tardía en el viaje que conduce a la expresión y al género performativo. El crepúsculo, el “antes del alba” y las presiones a la expresión que se ejercen en el subconsciente son casi imperceptibles para nosotros. Más concretamente: ¿cómo es posible que unas incisiones sobre una tablilla de arcilla, unos trazos de pluma o de lápiz, muchas veces apenas visibles en un trozo de frágil papel, constituyan una persona —una Beatriz, un Falstaff, una Ana Karénina— cuya sustancia, para innumerables lectores o espectadores, excede a la vida misma en su realidad, en su presencia fenoménica, en su longevidad encarnada y social? Este enigma de la persona ficticia, más viva, más compleja que la existencia de su creador y de su “receptor” —ese hombre o esa mujer ¿son tan bellos como Helena, tan complejos como Hamlet, tan inolvidables como Emma Bovary?— es la cuestión fundamental, pero también la más difícil, de la poética y de la psicología.

La imagen clásica ha sido la de la creación divina, la de Dios haciendo el mundo y el hombre. Explícitamente o no, se ha entendido al gran escritor y al gran artista como un simulacrum del decreto divino. Con frecuencia, se ha sentido rival amargo o amante de Dios, su competidor en el acto de la invención y la representación. Para Tolstoi, Dios era “el otro oso del bosque”, al que había que hacer frente, con el que había que luchar. Toda la metáfora de la “inspiración”, tan antigua como las Musas o como el soplo de Dios en la voz del vidente o del profeta, es un esfuerzo para dar una razón de ser a las relaciones miméticas entre la poiesis sobrenatural y la poiesis humana. Con una diferencia capital. El problema de la creación divina ex nihilo ha sido debatido en todas las grandes teologías y en todos los grandes relatos mitológicos del misterio del comienzo (incipit). Hasta el escritor más grande entra en la casa de un lenguaje preexistente. Puede, dentro de unos límites muy estrictos, añadirle neologismos; puede, como Pascoli, tratar de insuflar una vida nueva a las palabras “muertas”, incluso a lenguas muertas. Pero no forma su poema, su obra teatral o su novela “de la nada”. En teoría, cada texto literario concebible está ya potencialmente presente en la lengua (de ahí la fantasía borgesiana de la biblioteca total de Babel). No por eso dejamos de seguir sin saber nada de la alquimia de la elección, de la secuencia fonética, gramatical y semántica que produce el poema perdurable. Y con el abandono progresivo, hoy, de la imagen de la creación divina, del concetto de la inspiración sobrenatural, nuestra ignorancia se hace mayor.

En el otro lado de la dialéctica, las cuestiones son casi igualmente desconcertantes. ¿Cuál es, exactamente, el grado de existencia de un poema o una novela que no se lee, de una obra teatral que jamás se representa? La recepción, aunque sea tardía, aunque sea por una minoría esotérica, ¿es indispensable para la vida de un texto? Si es así, ¿de qué manera lo es? El concepto de lectura, concebido como un proceso que revela en lo fundamental una colaboración, es intuitivamente convincente. El lector serio trabaja con el autor. Comprender un texto, “ilustrarlo” en el marco de nuestra imaginación, es, en la medida de nuestros medios, re-crearlo. Los más grandes lectores de Sófocles y de Shakespeare son los actores y los directores de teatro, que dan a las palabras su carne viva. Aprender de memoria un poema es encontrarlo a mitad de camino en el viaje siempre maravilloso de su venida al mundo. En una “lectura bien hecha” (Péguy), el lector hace con él algo paradójico: un eco que refleja el texto, pero también que responde a él con sus propias percepciones, sus necesidades y sus desafíos. Nuestras intimidades con un libro son completamente dialécticas y recíprocas: leemos el libro, pero, quizá más profundamente, el libro nos lee a nosotros.

Pero ¿cuál es la razón de lo arbitrario, de la naturaleza siempre discutible de estas intimidades? Los textos que nos transforman pueden ser, desde un punto de vista tanto formal como histórico, trivia. Como un estribillo de moda, la novela policíaca, la noticia ligera, lo efímero puede hacer irrupción en nuestra conciencia y huir a lo más profundo de nosotros. El canon de lo esencial varía de un individuo a otro, de una cultura a otra, pero también de un período de la vida a otro. Hay en la adolescencia textos maestros que son ilegibles más tarde. Hay libros repentinamente redescubiertos en la escena literaria o en la vida privada. La química del gusto, de la obsesión, del rechazo, es casi tan extraña e inaprensible como la de la creación estética. Seres humanos muy próximos entre sí por sus orígenes, por su sensibilidad y por su ideología pueden adorar el libro que se detesta, pueden juzgar kitsch lo que se considera una obra maestra. Coleridge hablaba de los hooked atoms de la conciencia, que se entremezclan de maneras imprevisibles; Goethe hablaba de las “afinidades electivas”; pero no son más que imágenes. Las complicidades entre el autor y el lector, entre el libro y la lectura que hacemos de él, son tan imprevisibles, tan vulnerables al cambio, y están tan misteriosamente arraigadas como las del eros. O, tal vez, como las del odio, pues hay textos inolvidables, que nos transforman y que acabamos odiando: yo no soporto ver el Otelo de Shakespeare en el teatro ni puedo enseñarlo, pero la versión de Verdi me parece, en muchos aspectos, la más coherente, un milagro humano.

La paradoja del eco vivificador entre el libro y el lector, del intercambio vital hecho de confianza recíproca, depende de ciertas condiciones históricas y sociales. El “acto clásico de la lectura”, como he tratado de definirlo en mi trabajo, requiere unas condiciones de silencio, de intimidad, de cultura literaria (alfabetismo) y de concentración. Faltando ellas, una lectura seria, una respuesta a los libros que sea también responsabilidad no es realista. Leer, en el verdadero sentido del término, una página de Kant, un poema de Leopardi, un capítulo de Proust, es tener acceso a los espacios del silencio, a las salvaguardias de la intimidad, a un determinado nivel de formación lingüística e histórica anterior. Es tener asimismo libre acceso a útiles de comprensión como diccionarios, gramáticas y obras de alcance histórico y crítico. Desde los tiempos de la Academia ateniense hasta mediados del siglo XIX, muy esquemáticamente, dicho acceso era la definición misma de la cultura. En mayor o menor medida, éste fue siempre el privilegio, el placer y la obligación de una élite. Desde la biblioteca de Alejandría hasta la celda de san Jerónimo, la torre de Montaigne o el despacho de Karl Marx en el British Museum, las artes de la concentración —lo que Malebranche definía como “la piedad natural del alma”— han tenido siempre una importancia esencial en la vida del libro.

Es una banalidad constatarlo: estas artes, en nuestros días, están muy erosionadas; se han convertido en un “oficio” universitario cada vez más especializado. Más del ochenta por ciento de los adolescentes estadounidenses no saben leer en silencio; hay siempre como telón de fondo una música más o menos amplificada. La intimidad, la soledad que permite un encuentro en profundidad entre el texto y su recepción, entre la letra y el espíritu, es hoy una singularidad excéntrica, que resulta psicológica y socialmente sospechosa. Es inútil detenerse a hablar del hundimiento de nuestra enseñanza secundaria, sobre su desprecio del aprendizaje clásico, de lo que se aprende de memoria. Una forma de amnesia planificada prevalece ya desde hace mucho tiempo en nuestras escuelas.

Al mismo tiempo, el formato del libro en sí, la estructura del copyright, de la edición tradicional, de la distribución en librerías están, ustedes lo saben mejor que yo, en plena transmutación, hasta en plena revolución. A partir de ahora, los autores pueden atender a sus lectores directamente por internet y pedirles que entren en comunicación directa con ellos (es así como se ha “publicado” todo el último John Updike). Cada vez se leen más libros on line, en la pantalla del ordenador, o se consultan en la Red. Ochenta millones de volúmenes de la Biblioteca del Congreso, en Washington (no) están (ya) disponibles (más que) por medios electrónicos. Nadie, por bien informado que esté, puede predecir lo que sucederá con el concepto mismo de autor, de textualidad, de lectura personal. Sin ninguna duda, estas evoluciones son maravillosamente excitantes. Suponen liberaciones económicas y oportunidades sociales de primera importancia. Pero también van acompañadas de profundas pérdidas. De manera creciente, los libros escritos, editados, publicados y comprados “al estilo antiguo” pertenecerán a las “bellas letras” o a lo que en alemán se denomina, peligrosamente, la Unterhaltungsliteratur, la “literatura fácil”. De manera creciente, la ciencia, la información, el saber en todas las formas se transmitirán, registrarán y encargarán por medios electrónicos. Las fracturas, ya grandes en nuestra cultura y en nuestras letras (alfabetismos), se harán más hondas.

Más que nunca necesitamos al libro, pero los libros, a su vez, nos necesitan a nosotros. ¿Qué privilegio más bello que el de estar a su servicio?

Traducción de María Condor
El universal. CONFABULARIO. 6 de enero de 2007

Tuesday, December 19, 2006

ANTOLOGIA DE LA "MINIFICCIÒN" PERUANA


Antología reúne “minificción” de autores peruanos
LIMA, Perú, oct 27 (Librusa) – Una selección de minitextos, desde el Inca Garcilaso de la Vega hasta escritores de recientes promociones, aparece reunida en “Breves, brevísimos. Antología de la minificción peruana”, publicada por el sello El Santo Oficio.
Editado por Giovanna Minardi, catedrática de la Universidad de Palermo, Italia, el libro “pretende dibujar un mapa aproximado de la producción minificcional en el Perú, para que el lector pueda ingresar en este campo tan poco conocido en su territorio nacional”, según indica un comunicado.
“Son textos escépticos, ambiguos, cáusticos, que utilizan con frecuencia la ironía, la paradoja, el ingenio y la recreación de cierta tradición oral y popular”, explica la nota.
De acuerdo con el prólogo de la propia Minardi, “los minitextos que componen este libro pueden clasificarse como: minicuentos que tienen una estructura lógica y secuencial, aunque no siempre presentan la estructura de los cuentos de extensión convencional, es decir que suelen concluir con una broma o con una paradoja”.
Los autores incluidos son Felipe Buendía, Carlos Eduardo Zavaleta, Jorge Díaz Herrera, Ana María Intili, Armando Arteaga, Isaac Goldemberg, Fernando Iwasaki, César Vallejo, Mario Guevara, José Adolph, Julio Ramón Ribeyro, José Beltrán, Abraham Valdelomar y Alfonso La Torre.
También figuran Ricardo Palma, Héctor Velarde, José María Arguedas, Lucía Fox, Carlos Meneses, Antonio Gálvez Ronceros, Luis Loayza, Arturo Corcuera, Antonio Cisneros, Julio Ortega, Elsa Vértiz, Guillermo Niño de Guzmán, Carlos Herrera, Patricia De Souza, Carlos Rengifo, Enrique Tamay y Grecia Cáceres.





Saturday, December 16, 2006

LAS PATALETAS DE UN POETA MENOR/ CARLOS RENGIFO

LAS PATALETAS DE UN POETA MENOR


Carlos Rengifo



Érase un poeta menor que se las daba de bacán, que creía ser el belcebú de una generación noventera, el heredero único de la palabra mal escrita, el plus ultra del verso de callejón.

Para él quedaban chicos los vallejos y los watanabes, a él no había que hablarle de minucias; su sola labia poética bastaba para dejar chiquitos hasta a los mismísimos Eguren y Martín Adán.

Su ego era tan elefantiásico que basureaba a quienes le decían que sus poemitas eran eso, simples poemitas, y andaba en busca de la gloria que, ¡desconsiderada!, le era esquiva, pero que algún día tenía que postrarse a sus pies.

Siempre supo que para llegar a tocar la punta del zapato de Rimbaud había que levantar la voz (aunque fuera desafinada); que había que hacer bulla, aunque en el fondo estuviera muriéndose de miedo ante sus falencias.

Tenía muy claro que si quería ser el mejor poeta de los noventa, no importaba serlo sino parecerlo. Así que pensó que si alzaba la frente, si maquinaba un rollo anarquista, si soltaba por ahí alguna habladuría que lo colocara en una posición de Heraud trasnochado, de Gonzalo Rose en abstinencia, era posible que los incrédulos se lo creyeran.

Pero todo aquello no era más que fanfarria, castillos en el aire, utilería de programa cómico, pues en su fuero interno el poeta menor sabía que no podía competir con los de su generación, que era poquita cosa al lado de los verdaderos poetas que sí escribían poesía y tenían algo que decir.

Entonces, para no quedarse atrás, para no sentirse inferior a los ybarras o ildefonsos, lo que hacía era pagar para salir editado, para aparecer orondo junto a los vates que lo acogían por compasión y a quienes, por supuesto, les invitaba las chelas en cantidades como muestra de su agradecimiento.

El poeta menor, pobre, estaba ciego, vivía en la fantasía, en la nebulosidad del error; no sabía ni sospechaba siquiera que quienes tomaban con él le hacían caso solo para no perderse las botellas (¡ni cojudos que fueran!) y que ninguno le diría sus verdades en su cara pelada porque sería demasiado penoso arrancarle la sonrisa de poeta triunfador.

Hasta que un día alguien le dijo su verdad y entonces el poeta menor empezó a patalear, se cojudeó, se le subió la presión, sus sueños de ser el primer poeta presidente de la República se iban al agua. ¡Pero cómo, si él era el Walt Whitman del barrio, el Verlaine de la esquina, la Gertrude Stein de la generación pepsi!

De modo que ipso facto empezó a escribir una carta de desagravio, todo es falso, una calumnia, el señor miente, oh, dios mío, me va a dar un síncope; la envidia, la mala leche, los «insultos» y adjetivos son producto de la plebe literaria que no entiende a los iluminados, de los nadie que quieren ser como él, oh, pobre poeta menor, todos están contra él.

Sin embargo, ahora se vuelven a confirmar muchas cosas y el poeta menor, a pesar de eso, debe estar disfrutando de lo lindo al ver que algunos, por fin, hablan de él; debe estar gozando de que hayan pisado el palito, la celada que arrojó para ver si le ligaba, y hayan hecho caso a una bagatela intragable e insufrible cuya finalidad se ve consumada.

Pero sus réplicas lo pintan de cuerpo entero, dejan ver lo caradura que puede ser alguien que lo pillan infraganti en su medianía y se hace el loco silbando para el otro lado. Y es tan mal lector, además, que ni siquiera sabe distinguir el sarcasmo de la ironía, la punzada de la sugerencia.

 


© Carlos Rengifo, 2006.





Monday, August 07, 2006

CHILE DEBE DEVOLVERNOS LOS LIBROS/ ARMANDO ARTEAGA

"La verdad sobre el saqueo"
Biblioteca Nacional del Perù, Av. Abancay.

Esto no es juego. Ni fuego. Chile debe devolvernos los libros saqueados. Si los chilenos le entregan el Premio Pablo Neruda al poeta peruano Carlos German Belli, y en la proxima Feria del Libro que se va a realizar en Santiago, se dice que Perù es el invitado especial, el gesto de la devoluciòn de los libros saqueados en la Guerra del Pacìfico deberìa ser que el actual gobierno nos devuelva nuestros libros. Esos libros son nuestros. A ver si algunos de los "intelectuales" invitados a esa Feria, se pronuncian. Basta de silencios.
Armando Arteaga.
 *
Lùnes, 24 de abril de 2006
REVELA UN DIARIO CHILENO

• La investigación de un periodista del matutino Diario Siete ha permitido reconstruir una historia que hasta ayer permanecía oculta para la opinión pública chilena: la sustracción, en 1881, de miles de libros de la Biblioteca Nacional del Perú.

Incendio y saqueo por Chile de la Biblioteca Nacional.

El saqueo de la Biblioteca de Lima en 1881 se ha mantenido como un secreto inconfesable de la Guerra del Pacífico, incluso ha sido negado por algunos historiadores nacionales. Diario Siete encontró la lista publicada en el Diario Oficial en esas fechas, donde se individualizan 10 mil volúmenes que en su mayoría ingresaron a la Biblioteca Nacional. Tras dos años de negociaciones secretas entre los gobiernos de Chile y Perú, la devolución de parte de este botín de guerra parece inminente.

Marcelo Mendoza. 

Diario Siete.

Incendio y saqueo por Chile de la Biblioteca Nacional.

A días de iniciada la ocupación chilena de la capital peruana, el 17 de enero de 1881, el coronel Pedro Lagos eligió como cuartel de su batallón el palacio de la Biblioteca de Lima, sin saber que atesoraba la más valiosa colección bibliográfica de Latinoamérica (entre 35 mil y 50 mil volúmenes). Tardó un mes en reparar en ese detalle y le pidió a Manuel de Odriozola, su bibliotecario, que le enseñara aquel tesoro. Exigió las llaves de la bóveda en donde se guardaban los libros y lo que vino después fue la expoliación: un saqueo ordenado y diligente, metódicamente militar. A favor del coronel Lagos se debe inferir que la orden vino del gobierno central.
Dos meses después, en una carta a míster Christiancy, embajador de Estados Unidos en Perú, Odriozola, relató lo ocurrido. Trató el hecho de un "crimen de lesa civilización cometido por la autoridad chilena en Lima", agregando: "Apropiarse de bibliotecas, archivos, gabinetes de física y anatómicos, obras de arte, instrumentos o aparatos científicos, y de todo aquello que es indispensable para el progreso intelectual, es revestir la guerra con un carácter de barbarie ajeno a las luces del siglo, a las prácticas del beligerante honrado y a los principios universalmente acatados del derecho". Y termina: "Nadie podría recelar, sin inferir gratuito agravio al gobierno de Chile, gobierno que decanta civilización y cultura, que para él serían considerados como botín de guerra los útiles de la universidad, el gabinete anatómico de la Escuela de Medicina, los instrumentos de las escuelas de Artes y de Minas, los códices del Archivo Nacional, ni los objetos pertenecientes a otras instituciones de carácter puramente científico, literario o artístico (...) Los libros son llevados en carretas, y entiendo que se les embarca con destino a Santiago. La biblioteca, para decirlo todo, ha sido entrada a saco, como si los libros representaran material de guerra".

  Libros incendiados y saqueados en Lima.

El historiador peruano Mariano Paz Soldán en 'Narración histórica de la guerra de Chile contra Perú y Bolivia', publicada en 1904, anota: "Desde ese momento principió el saqueo descarado de ese sagrado depósito (...) Se cargaban carros con toda clase de libros, que se llevaban a casa de los chilenos y de allí, después de escoger lo que les convenía, el resto lo vendían en el mercado al precio de 6 centavos de libra, para envolver especias y cosas por el estilo".
La lista de Domeyko
Podría pensarse que solo es la versión de los vencidos, cargada de resentimiento hacia el invasor. Sin embargo, y pese a que el incómodo tema ha sido omitido por la historiografía nacional, existe un testimonio de peso que confirma el relato peruano de los hechos. Es la versión del sabio Ignacio Domeyko, rector de la Universidad de Chile y entonces el intelectual más prominente del país.

  De ciencia-ficciòn fue la cosa.

En su libro 'Mi viaje', Domeyko se lamenta de que un decreto de Manuel García de la Huerta, ministro de Instrucción Pública del gobierno de Aníbal Pinto, le encomendara clasificar el botín arrebatado a la Biblioteca de Lima, museos y establecimientos varios de aquella capital. Califica la misión como "la más desagradable y antipática, pues me recordaba lo que habían hecho los rusos con muchas bibliotecas y colecciones de la Universidad de Vilna" y señala que habrían llegado "la mitad de los libros que, de acuerdo a informes fidedignos, poseía la ciudad de Lima". Teniendo conciencia de la aberración cometida, quiso dejar un "minucioso inventario de los objetos traídos", exigiendo que sea publicado por el gobierno "para que se viera el poco provecho que aportó al país ese robo y cuánto contribuirá para excitar animosidades entre dos naciones hermanas" (ver recuadro). Hoy, 125 años después, sus palabras ratifican la lucidez y altura moral del sabio polaco.
Escondido en hojas de letra impresa, Diario Siete encontró aquel riguroso inventario que hizo Ignacio Domeyko en colaboración con un bibliófilo tan insigne como Diego Barros Arana. Entre el lunes 22 y el miércoles 24 de agosto de 1881 el Diario Oficial de la República de Chile publicó –con el título de 'Lista de libros traídos de Perú'– un informe de 16 páginas enviado por Domeyko al ministro de Instrucción Pública con los libros y objetos de ciencia robados en Lima y hechos llegar a la Universidad de Chile. Recibió, en dos envíos de la Intendencia General del Ejército, un total de 103 grandes cajones y otros "80 bultos". Separó en cuatro grupos los objetos recibidos: el primero, de "instrumentos y aparatos para la enseñanza de la física y de la química, y una colección de muestras para química orgánica y farmacia"; el segundo, de "preparaciones anatómicas"; el tercero, de "objetos de historia natural"; y el cuarto, de libros. Además, el botín incluía una gran colección geológica de rocas. Sin duda, lo más valioso eran –según Domeyko– "los más de 10 mil volúmenes", muchos de ellos del siglo XVI y XVII, incluidas numerosas joyas bibliográficas universales.
Pese a que muchos aparatos llegaron semidestruidos, el objetivo era enriquecer el patrimonio científico-cultural del país. Debe entenderse que, producto de haber sido una gobernación pobre, a mucha distancia de la holgura del Virreinato del Perú, Chile tenía muy precarios laboratorios y bibliotecas para la formación académica e investigación. Este botín, al entregársele a la universidad, obedeció a una planificada razón de Estado. Su publicación en el Diario Oficial –algo bien sorprendente si no se supiera de la tradición archilegalista chilena– puede ser vista como una muestra de que en el momento no se pensó que aquel botín no era malhabido. Tal vez correspondió a la arrogancia propia de los vencedores, porque después de aparecido en letra de molde, el tema se convirtió en tabú, en materia de rumores soterrados y negados. Hasta hoy.
Domeyko en persona hizo el catálogo de cerca de 150 instrumentos de física y química. El catastro del material anatómico fue hecho por el profesor de patología Francisco Puelma Tupper. Y el tesoro de mayor cuantía, el bibliográfico, fue clasificado en cuatro grupos: obras de historia, literatura y estadística; obras de física, matemática, historia natural y medicina; obras de jurisprudencia; y obras de teología. Barros Arana se encargó de la exhaustiva clasificación de los dos primeros grupos, los de mayor valor, catalogando 1.105 obras (cifra que se multiplica porque la mayoría de las obras tienen varios volúmenes; por ejemplo, Histoire de l’Academie tenía 100 volúmenes) y 222 manuscritos de "historia, literatura y ciencias". También es significativa la cantidad de libros de derecho y teología.
Los días posteriores a esta publicación, el ministro de Instrucción Pública definió el destino final del botín: los aparatos de física y química al Laboratorio de la Universidad de Chile; los anatómicos a su Museo de Anatomía; los objetos de historia natural al Museo Nacional; los libros de viajes a la Oficina Hidrográfica; los de meteorología a la Oficina Meteorológica; y "todos los libros restantes, incluso los de teología, a la Biblioteca Nacional". Desde entonces, se ignora el estado de situación del arsenal bibliográfico arrebatado. Pero es un hecho que varios de los libros más valiosos permanecen en la Sala Medina, el Fondo General y la bóveda de la principal biblioteca del país.
Los volúmenes del Compendio de las crónicas, de Garibay (de 1628), de la Biblioteca clásica latina, de Lamaire (151 volúmenes), del rarísimo libro Teatro del mundo i del tiempo, de Giovanni Galluci (de 1611), o un Diccionario español-latino, de Nebrija, están en la Biblioteca Nacional. Así como extraordinarias colecciones de atlas y libros de viajes de los siglos XVI, XVII y XVIII, incluidos en la lista de Domeyko.
El historiador Claudio Rolle recuerda que para una muestra bibliográfica de 1989, en homenaje al bicentenario de la Revolución Francesa, en la que él participó, tuvieron problemas al exhibir volúmenes de la gran Encyclopédie de Diderot y d’Alembert, porque en su interior había timbres de la Biblioteca de Lima.
–Al final se mostraron ejemplares abiertos, en páginas donde no había timbre alguno –confidencia.
La devolución de los saludos
"Solo tenemos que devolver saludos al Perú", dijo el historiador Sergio Villalobos, justo hace un año, cuando una periodista le preguntó qué quedaba por entregarles a los peruanos de todo el botín sustraído en la Guerra del Pacífico. De un tiempo a esta parte, el Premio Nacional de Historia tiene opiniones poco contemporizadoras en muchos temas. Pero igual extraña su punto de vista, alineado a las voces más conservadoras del país, toda vez que él fue director de la Dibam, la institución responsable del tesoro bibliográfico de la Biblioteca Nacional, y como tal debió saber que numerosos libros de valor se guardan en bóveda porque poseen un timbre que reza: "Biblioteca de Lima".
Para quienes han hecho investigaciones en nuestra biblioteca esto no es misterio. De forma soterrada, siempre se ha sabido que libros de la rica colección que allí se atesora –una de las tres más importantes del mundo en obras de y sobre América– provinieron del Perú como botín de guerra. Pero tampoco puede negarse que el grueso de nuestro tesoro bibliográfico es la extraordinaria colección de José Toribio Medina, agregándose a ello la biblioteca legada por Diego Barros Arana.
Aún persisten políticos e historiadores que consideran casi como un "gaje del oficio de guerra" el saqueo y robo de las pertenencias enemigas o que, en su defecto, estiman que hubo "un saqueo menor"; incluso que muchos libros fueron devueltos y, si quedaran, estarían en manos particulares porque habrían sido vendidos en el mercado negro por peruanos cuando Lima era regentada por el almirante chileno Patricio Lynch.
Villalobos se ubica en este último grupo. "Se tomaron algunas cosas de la biblioteca, principalmente obras de carácter religioso, que después fueron solicitadas por el gobierno peruano y devueltas por el presidente Santa María. Pero se encontró una cantidad de libros mínima", dijo, señalando que "los principales destructores de la Biblioteca Nacional de Lima han sido los limeños", para rematar así: "Creo que ya no correspondería devolución, si es que quedan textos peruanos en Chile".
En tiempos en que está muy fresco el brutal saqueo del museo y biblioteca de Bagdad, tras la ocupación estadounidense de Irak (se destruyeron y desaparecieron innumerables piezas y manuscritos de miles de años de antigüedad), resultan difíciles de justificar las razones para no reponer agravios cometidos en mala lid. Tal como lo contó Diario Siete en noviembre último, el botín chileno arrebatado en el conflicto bélico contra Perú y Bolivia no se limitó a los "trofeos de guerra", a lo conseguido en combate, como es el caso del Huáscar.
La devolución
Es probable que en los próximos meses el gobierno chileno devuelva a Perú algunos de los libros de aquel saqueo. Un rol clave en ello le ha cabido a Sergio Bitar, ex ministro de Educación. Hace dos años, a solicitud de su homólogo peruano, ayudó a crear un comité en Cancillería, especialmente abocado al tema de la "reparación de guerra" hacia el país vecino.
El miércoles de esta semana, Sinesio López, director de la Biblioteca Nacional del Perú, informó que ya estaba sellado un acuerdo oficial para la devolución de libros, y se quejó de que demoraba demasiado en concretarse. El ministro peruano de Educación, Javier Sota Nadal, ratificó lo dicho. "Hasta ahora hemos recibido señales positivas y ojalá esto se concrete –dijo–. Yo conversé con Sergio Bitar sobre el tema y en las conversaciones, que obviamente no puedo revelar, he encontrado aproximación".
Los gobiernos de Lagos y Toledo dialogaron para conseguir la devolución, no solo de libros, sino también de otros objetos patrimoniales que las tropas chilenas arrebataron en Lima. En esta tarea tuvo un rol de mediación Esteban Silva, ex asesor chileno de Alejandro Toledo y militante del PS. Los peruanos esperaban que este 27 de marzo, para la inauguración del moderno edificio de la Biblioteca Nacional del Perú, ocurriera el mentado gesto, pero no fue así. En su momento, el Presidente Frei ya había entregado 50 documentos peruanos que se conservaban en nuestro Archivo Nacional. Pero los peruanos nunca supieron qué libros ni qué cantidad exacta salieron en carretillas de la bóveda que cobijaba su tesoro bibliográfico. Ahora, al divulgar Diario Siete la lista de Domeyko, recién se empieza a conocer la verdad histórica del saqueo bibliográfico de Lima.
Michelle Bachelet, estando en campaña, prometió concretar los gestos de reparación hacia Perú. De hecho, como ministra de Defensa, mantuvo excelentes relaciones con el mundo militar peruano. Pero es un tema sensible y cada vez que se plantea un cúmulo de voces aparecen oponiéndose, como de hecho lo hicieron un par de diputados de la derecha. Igual, las cosas parecen haber cambiado. Y mucho: Jorge Arancibia –el ex comandante en jefe de la Armada, y hoy senador de la UDI– anunció su disposición a efectuar devoluciones a Perú del botín de guerra del Pacífico. "(Estoy) llano a traspasar documentos históricos u otros elementos que signifiquen un gesto de buena voluntad. Me parece perfectamente bien", dijo.
El ex ministro Bitar ratifica a Diario Siete las informaciones de Perú:
–Con mi amigo Sota Nadal conversamos el tema y vimos las condiciones que debían darse para la devolución de libros –cuenta–. Se formó una comisión de expertos para analizar los libros peruanos que se conservan en la Biblioteca Nacional y me parece que son más de 500. Lo importante es dar un paso. Perú puso un busto de O’Higgins en su Panteón de los Próceres. Tras la Guerra del Pacífico, era el único prócer ausente.
En todo caso, la decisión de devolver parte de aquellos 10 mil volúmenes expoliados de la Biblioteca de Lima en 1881 es un asunto de Estado. Y como tal solo una persona decidirá cuándo se realiza: la Presidenta Bachelet. Es probable que, al difundirse hoy el informe del acucioso rector Domeyko, se apuren las cosas.
Algunas joyas
Los siguientes son algunos libros valiosos consignados por Ignacio Domeyko en su inventario de 1881. (No hay certeza de que todas estas obras permanezcan en la Biblioteca Nacional).
Jasonis, Conciliarum (1534)Golius, Lexicon arabicum latinum (Leiden, 1653)Los triunfos de Petrarca (1555)Crónica de don Juan Segundo ("edición gótica de 1543 mandada a imprimir por Carlos V")Histoire general de voyages (1747) (17 volúmenes) Juan González de Mendoza, Historia de China (Amberes, 1596)Plutarco, Obras (1551)Padre Madariaga, Del Senado i de su Príncipe (1555)Cronica del Rei don Rodrigo (1549, "edición gótica de Toledo")Diderot y D’Alembert, Encyclopedie del XVIII (35 tomos)Pimentel, Arte de navegar (en portugués)Toldrá, Justificación histórica de la venida del apóstol Santiago a EspañaLipenu, Bibliotheca philosophica (1682)Arte de verificar las fechas (incompleta)Garibay, Compendio de las crónicas... (1628)Antonio de Herrera, Agricultura jeneral (1790)Aimondi, Cronicon Francorum (París, 1603)Artes de la Inquisición españolaJuan de Mena, Las TrescientasBiblioteca clásica latina (151 volúmenes)Giovanni Galluci, Teatro del mundo i del tiempo (1611)Garcilaso de la Vega, Historia General del Perú (Córdoba, 1617)Imperatum Romanorum (Zúrich, 1559, "notables los grabados y la edición")D’Orbigny, Dictionaire d’histoire naturalle (París, 1861, 11 volúmenes)Cédulas Reales (1563)Annales d'ygiene publique (80 volúmenes)Fray Luis de León, Cartas pastoralesBiblia latina (1550)

Wednesday, April 05, 2006

¿ARDE PARIS O PARIS ES UNA FIESTA?

Siguen protestas estudiantes en Paris

10:28 AM
30 (AFP) - Los estudiantes franceses que se oponen al nuevo Contrato de Primer Empleo (CPE) bloquearon el jueves el tráfico rodado y ocuparon estaciones de ferrocarril en varias ciudades del país, en una nueva jornada de acciones para hacer ceder al gobierno de Dominique de Villepin.
Estas acciones se producen cuando se espera para última hora de la tarde del jueves una decisión del Consejo Constitucional sobre la validez de la ley que instituye el CPE, origen de la revuelta, que podría ir seguida de un mensaje por televisión del presidente Jacques Chirac.
En Nantes, la gran ciudad del oeste de Francia, cientos de estudiantes bloquearon el jueves por la mañana los principales puentes sobre el río Loira, provocando varias decenas de kilómetros de atascos.
En Marsella (sur), la segunda ciudad del país, unos 200 estudiantes universitarios y liceanos invadieron la vía férrea de la estación principal, impidiendo la partida de todos los trenes.
Anteriormente, los estudiantes bloquearon durante dos horas los diversos accesos a las autopista en torno a la ciudad de Aix en Provence (sur).
En el norte, la circulación en las vías de acceso a Lille y Dunkerque también estaba perturbada por acciones estudiantiles.
La estación de Roanne (centro) fue ocupada por unos 400 liceanos que se instalaron en la vía férrea.
Por otra parte, numerosos institutos estaban bloqueados el jueves por la mañana pese a la orden de liberar el acceso a los centros, incluso con ayuda de la policía, dada el miércoles por el ministro de Educación, Gilles de Robien.
Los sindicatos, las organizaciones de estudiantes y de padres de alumnos advirtieron sobre "cualquier tentativa de utilizar la fuerza" y una asociación de padres incluso acusó al ministro de "echar leña al fuego".
En París, donde unos 40 de los 110 liceos estaban perturbados, sólo se registró una intervención policial para abrir un liceo del Barrio Latino, donde los alumnos que trataban de bloquear el establecimiento fueron dispersados sin incidentes.
Los estudiantes franceses se preparan para la gran batalla


El Parlamento debatirá las modificaciones a la reforma laboral. Crece la oposición al compromiso de Chirac. Se organiza el paro general. Los socialistas elaboran un proyecto. El error de Villepin.
HASTA EL FINAL. La asamblea de estudiantes de Lille ratifica las medidas de fuerza en contra del CPE. REUTER
PARIS.- Los estudiantes franceses celebraron ayer asambleas en la mayoría de las ciudades del país, en las que se reafirmó la decisión de continuar la lucha contra la reforma laboral que refrendará el presidente, Jacques Chirac. Mientras se alzan más voces opositoras al controvertido Contrato de Primer Empleo (CPE), que regirá para los menores de 26 años, los parlamentarios del gobernante partido conservador ajustan el proyecto de ley modificatorio, en los términos propuestos por el mismo Chirac el viernes, y que sólo sirvieron para animar a nuevas protestas.El CPE junior, como llama ahora la prensa al proyecto en marcha, consta de dos artículos: uno establece un período de prueba de un año para los empleados, y otro obliga a los empleadores a ofrecer una razón para despedir a un trabajador. La ley original, que promulgará Chirac, fija el período de prueba en dos años y faculta al empleador para el despido sin causa. Los parlamentarios tratan de que la Asamblea Nacional apruebe la ley esta semana, para cuando se prevén nuevas manifestaciones de protesta en todo el país, además de un paro y movilización general para el martes.Iniciativa simbólicaPor su parte, los socialistas anunciaron que presentarán un proyecto de ley para anular directamente el CPE. Según el líder de esta facción política, Francois Hollande, Chirac creó un embrollo judicial al dar curso a una ley y anunciar en el mismo acto que la modificará. “La única manera de poner fin al conflicto es rechazar el CPE”, dijo Hollande. Sin embargo, el anunciado proyecto sólo tiene carácter simbólico, ya que los conservadores son mayoría en el Parlamento.Según observadores, el primer ministro, Dominique de Villepin, es el principal responsable de la actual crisis, por haber promovido el CPE sin efectuar consulta alguna con los otros partidos o siquiera con los sindicatos. La apertura al diálogo, solicitada durante la semana por el gobierno y reiterada ayer por el propio Chicar, resulta ahora tardía. Las protestas se han multiplicado junto con la cantidad de detenidos y heridos. Además, el conflicto está siendo aprovechado por grupos de inadaptados que provocan desmanes y saqueos, además de agredir a la gente en las manifestaciones.Más de 100 detenidos dejó la turbulenta noche que siguió al discurso de Chirac, el viernes. Las marchas estudiantiles de protesta y los enfrentamientos con la policía se sucedieron en París, Lyon, Nantes, Estrasburgo y Burdeos, entre otras ciudades. (Reuter-DPA-AFP-NA)

Monday, April 03, 2006

DESAFÌO AL ESTABLISHMENT

 INMIGRACIÓN: Desafío al establishment
Alberto Avilés Senés
29 de marzo de 2006

This is only a warning (esta es sólo una advertencia), rezaba una pancarta en la marcha de más de medio millón de inmigrantes que el sábado nos lanzamos a la calle en Los Ángeles, California, a exigir respeto a nuestros derechos. En esta cinco palabras se resumión un nuevo fenómeno que de ahora en adelante marcará el paso de las luchas sociales en Estados Unidos.

Esta manifestación es la mayor movilización de migrantes en la historia de la Unión Americana y la mayor concentración jamás habida en Los Ángeles, superior incluso a las protestas que en 1994 escenificaron unas 150 mil personas oponiéndose a la Propuesta 187, de infame memoria, que pretendía despojar a los inmigrantes y sus hijos de servicios básicos.
La 187 procuraba también convertir en denunciantes obligados a todos los empleados públicos cuando hubiera “sospecha” de que alguien estaba en el país de manera indocumentada. Y si bien fue aprobada en ese año por los electores (25% de ellos latinos), la medida fue desafiada judicialmente y jamás entró en vigor.
Doce años después, en este país está diseminándose un movimiento de reivindicación laboral y de derechos civiles, encabezado y compuesto casi exclusivamente por migrantes, que nace con mucho mayor fuerza de la que mostraron los anteriores —incluyendo las luchas sindicales de Chicago en el siglo XIX, o el pronunciamiento estudiantil (los famosos walkouts) y la Moratoria Chicana en Los Ángeles en los 60—, equiparable sólo al movimiento de los derechos civiles que encabezó el reverendo Martín Luther King también en los 60 .
En las últimas dos semanas, en más de 15 ciudades, literalmente cubriendo todas las regiones del país, han habido marchas de protesta protagonizadas por migrantes que supera todas las marcas históricas de asis-tencia.
Durante la marcha del sábado en Los Ángeles, llena de color y de ingenio en las consignas y pancartas, no hubo un solo arresto y no se registró ningún incidente violento.
Pero no es únicamente el tamaño de las concentraciones lo que define a este movimiento. Los migrantes latinos recientes (aquí todos somos migrantes, excepto los indios nativos), hemos perdido el temor a ganar la calle, y a ello se han sumado factores decisivos como el enérgico apoyo de los medios de comunicación, los clubes y federaciones de oriundos, la Iglesia Católica y políticos como el alcalde de Los Ángeles, Antonio Villaraigosa, quien fue uno de los convocantes a la marcha y orador principal al culminar ésta en las escalinatas de la alcaldía.
En un artículo editorial que publicó la semana pasada The New York Times, el cardenal Roger Mahony, arzobispo de Los Ángeles, advirtió que su arquidiócesis desobedecería cualquier ley que prohibiera prestar asistencia a personas indocumentadas, como propone la iniciativa de ley HR 4437, que fue ya aprobada por la Cámara Baja y aguarda la confirmación o el rechazo del Senado estadounidense a finales de este semana.
Dicha ley, que convierte en criminales no sólo a los inmigrantes indocumentados sino también a toda persona que les dé trabajo o les auxilie de cualquier manera, ha sido el centro de las protestas que han cundido en el país (Chicago, Los Ángeles, Denver, Charlotte, Tucson, Sacramento, Trenton, Washington, D.C., Phoenix, Milwaukee, Cleveland, Atlanta, Kansas City, San Francisco, y contando...).
Si la simple amenaza de que una ley draconiana pudiera promulgarse ha generado todo este clamor, imaginemos qué podría ocurrir en caso de que fuera aprobada.
La otra buena noticia es que en Estados Unidos el establishment sólo reacciona cuando tiene enfrente una fuerza que lo amenaza. Las conquistas laborales hoy vigentes tuvieron su origen en el movimiento sindical de Chicago; la legislación de los derechos civiles fue producto de la enorme presión que ejerció el movimiento del reverendo Martin Luther King, y ahora en las universidades del país estudia un número cada vez mayor de latinos debido al excepcional desafío que representó la Moratoria Chicana.
Sin adelantar vísperas, bien podríamos afirmar que después de andanada tras andanada de los pequeños pero ruidosos sectores racistas de la sociedad, los migrantes latinos de este país empiezan a comprender que su destino no está en manos de quienes los defienden, sino en las suyas propias.
 Alberto Avilés Senés es periodista mexicano radicado en Los Ángeles. 
avilesalberto@msn.com