Monday, February 21, 2011

LA MUJER / JUAN BOSCH

La mujer


Juan Bosch*





La carretera está muerta. Nadie ni nada la resucitará. Larga, infinitamente larga, ni en la piel gris se le ve vida. El sol la mató; el sol de acero, de tan candente al rojo, un rojo que se hizo blanco. Tornose luego transparente el acero blanco, y sigue ahí, sobre el lomo de la carretera. Debe hacer muchos siglos de su muerte. La desenterraron hombres con picos y palas. Cantaban y picaban; algunos había, sin embargo, que ni cantaban ni picaban. Fue muy largo todo aquello. Se veía que venían de lejos: sudaban, hedían. De tarde el acero blanco se volvía rojo; entonces en los ojos de los hombres que desenterraban la carretera se agitaba una hoguera pequeñita, detrás de las pupilas. La muerta atravesaba sabanas y lomas y los vientos traían polvo sobre ella. Después aquel polvo murió también y se posó en la piel gris. A los lados hay arbustos espinosos. Muchas veces la vista se enferma de tanta amplitud. Pero las planicies están peladas. Pajonales, a distancia. Tal vez aves rapaces coronen cactos. Y los cactos están allá, más lejos, embutidos en el acero blanco. También hay bohíos, casi todos bajos y hechos con barro. Algunos están pintados de blanco y no se ven bajo el sol. Sólo se destaca el techo grueso, seco, ansioso de quemarse día a día. Las cañas dieron esas techumbres por las que nunca rueda agua. La carretera muerta, totalmente muerta, está ahí, desenterrada, gris. La mujer se veía, primero, como un punto negro, después, como una piedra que hubieran dejado sobre la momia larga. Estaba allí tirada sin que la brisa le moviera los harapos. No la quemaba el sol; tan sólo sentía dolor por los gritos del niño. El niño era de bronce, pequeñín, con los ojos llenos de luz, y se agarraba a la madre tratando de tirar de ella con sus manecitas. Pronto iba la carretera a quemar el cuerpo, las rodillas por lo menos, de aquella criatura desnuda y gritona. La casa estaba allí cerca, pero no podía verse. A medida que se avanzaba crecía aquello que parecía una piedra tirada en medio de la gran carretera muerta. Crecía, y Quico se dijo: "Un becerro, sin duda, estropeado por un auto". Tendió la vista: la planicie, la sabana. Una colina lejana, con pajonales, como si fuera esa colina sólo un montoncito de arena apilada por los vientos. El cauce de un río; las fauces secas de la tierra que tuvo agua mil años antes de hoy. Se resquebrajaba la planicie dorada bajo el pesado acero transparente. Y los cactos, los cactos coronados de aves rapaces. Más cerca ya, Quico vio que era persona. Oyó distintamente los gritos del niño. El marido le había pegado. Por la única habitación del bohío, caliente como horno, la persiguió, tirándole de los cabellos y machacándole la cabeza a puñetazos. -¡Hija de mala madre! ¡Hija de mala madre! ¡Te voy a matar como a una perra, desvergonsá! -Pero si nadie pasó, Chepe: nadie pasó -quería ella explicar. -¿Que no? ¡Ahora verás! Y volvía a golpearla. El niño se agarraba a las piernas de su papá, no sabía hablar aún y pretendía evitarlo. Él veía la mujer sangrando por la nariz. La sangre no le daba miedo, no, solamente deseos de llorar, de gritar mucho. De seguro mamá moriría si seguía sangrando. Todo fue porque la mujer no vendió la leche de cabra, como él se lo mandara; al volver de las lomas, cuatro días después, no halló el dinero. Ella contó que se había cortado la leche; la verdad es que la bebió el niño. Prefirió no tener unas monedas a que la criatura sufriera hambre tanto tiempo. Le dijo después que se marchara con su hijo: -¡Te mataré si vuelves a esta casa! La mujer estaba tirada en el piso de tierra; sangraba mucho y nada oía. Chepe, frenético, la arrastró hasta la carretera. Y se quedó allí, como muerta, sobre el lomo de la gran momia. Quico tenía agua para dos días más de camino, pero la gastó en rociar la frente de la mujer. La llevó hasta el bohío, dándole el brazo, y pensó en romper su camisa listada para limpiarla de sangre. Chepe entró por el patio. -¡Te dije que no quería verte má aquí, condená! Parece que no había visto al extraño. Aquel acero blanco, transparente, le había vuelto fiera, de seguro. El pelo era estopa y las córneas estaban rojas. Quico le llamó la atención; pero él, medio loco, amenazó de nuevo a su víctima. Iba a pegarle ya. Entonces fue cuando se entabló la lucha entre los dos hombres. El niño pequeñín comenzó a gritar otra vez; ahora se envolvía en la falda de su mamá. La lucha era como una canción silenciosa. No decían palabra. Sólo se oían los gritos del muchacho y las pisadas violentas. La mujer vio cómo Quico ahogaba a Chepe: tenía los dedos engarfiados en el pescuezo de su marido. Éste comenzó por cerrar los ojos; abría la boca y le subía la sangre al rostro. Ella no supo qué sucedió, pero cerca, junto a la puerta, estaba la piedra; una piedra como lava, rugosa, casi negra, pesada. Sintió que le nacía una fuerza brutal. La alzó. Sonó seco el golpe. Quico soltó el pescuezo del otro, luego dobló las rodillas, después abrió los brazos con amplitud y cayó de espaldas, sin quejarse, sin hacer un esfuerzo. La tierra del piso absorbía aquella sangre tan roja, tan abundante. Chepe veía la luz brillar en ella. La mujer tenía las manos crispadas sobre la cara, todo el pelo suelto y los ojos pugnando por saltar. Corrió. Sentía flojedad en las coyunturas. Quería ver si alguien venía. Pero sobre la gran carretera muerta, totalmente muerta, sólo estaba el sol que la mató. Allá, al final de la planicie, la colina de arenas que amontonaron los vientos. Y cactos embutidos en el acero.



*Juan Bosch República Dominicana: 1909-2001.



Friday, January 21, 2011

SOBRE LOS CLASICOS / JORGE LUÍS BORGES


SOBRE LOS CLÁSICOS

Por Jorge Luís Borges
*

 
 



Escasas disciplinas habrá de mayor interés que la etimología; ello se debe a las imprevisibles transformaciones del sentido primitivo de las palabras, a lo largo del tiempo. Dadas tales transformaciones, que pueden lindar con lo paradójico, de nada o de muy poco nos servirá para la aclaración de un concepto el origen de una palabra. Saber que cálculo, en latín, quiere decir piedrita y que los pitagóricos las usaron antes de la invención de los números, no nos permite dominar los arcanos del álgebra; saber que hipócrita era actor, y persona, máscara, no es un instrumento valioso para el estudio de la ética. Parejamente, para fijar lo que hoy entendemos por clásico, es inútil que este adjetivo descienda del latín classis, flota, que luego tomaría el sentido de orden. (Recordemos de paso, la formación análoga de ship-shape.)

¿Qué es, ahora, un libro clásico? Tengo al alcance de la mano las definiciones de Eliot, de Arnold y de Sainte-Beuve, sin duda razonables y luminosas, y me sería grato estar de acuerdo con esos ilustres autores, pero no los consultaré. He cumplido sesenta y tantos años; a mi edad, las coincidencias o novedades importan menos que lo que uno cree verdadero. Me limitaré, pues, a declarar lo que sobre este punto he pensado.

Mi primer estímulo fue una Historia de la literatura china (1901) de Herbert Allen Giles. En su capítulo segundo leí que uno de los cinco textos canónicos que Confucio editó es el Libro de los Cambios o I King, hecho de 64 hexagramas, que agotan las posibles combinaciones de seis líneas partidas o enteras. Uno de los esquemas, por ejemplo, consta de dos líneas enteras, de una partida y de tres enteras, verticalmente dispuestas. Un emperador prehistórico los habría descubierto en la caparazón de una de las tortugas sagradas. Leibniz creyó ver en los hexagramas un sistema binario de numeración; otros, una filosofía enigmática; otros, como Wilhelm, un instrumento para la adivinación del futuro, ya que las 64 figuras corresponden a las 64 fases de cualquier empresa o proceso; otros, un vocabulario de cierta tribu; otros, un calendario. Recuerdo que Xul-Solar solía reconstruir ese texto con palillos o fósforos. Para los extranjeros, el Libro de los Cambios corre el albur de parecer una mera chinoiserie; pero generaciones milenarias de hombres muy cultos lo han leído y releído con devoción y seguirán leyéndolo. Confucio declaró a sus discípulos que si el destino le otorgara cien años más de vida, consagraría la mitad a su estudio y al de los comentarios o alas.

Deliberadamente he elegido un ejemplo extremo, una lectura que reclama un acto de fe. Llego, ahora, a mi tesis. Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término. Previsiblemente, esas decisiones varían. Para los alemanes y austríacos el Fausto es una obra genial; para otros, una de las más famosas formas del tedio, como el segundo Paraíso de Milton o la obra de Rabelais. Libros como el de Job, la Divina Comedia, Macbeth (y, para mí, algunas de las sagas del Norte) prometen una larga inmortalidad, pero nada sabemos del porvenir, salvo que diferirá del presente. Una preferencia bien puede ser una superstición.

No tengo vocación de iconoclasta. Hacia el año treinta creía, bajo el influjo de Macedonio Fernández, que la belleza es privilegio de unos pocos autores; ahora sé que es común y que está acechándonos en las casuales páginas del mediocre o en un diálogo callejero. Así, mi desconocimiento de las letras malayas o húngaras es total, pero estoy seguro de que si el tiempo me deparara la ocasión de su estudio, encontraría en ellas todos los alimentos que requiere el espíritu. Además de las barreras lingüísticas intervienen las políticas o geográficas. Burns es un clásico en Escocia; al sur del Tweed interesa menos que Dunbar o que Stevenson. La gloria de un poeta depende, en suma, de la excitación o de la apatía de las generaciones de hombres anónimos que la ponen a prueba, en la soledad de sus bibliotecas.

Las emociones que la literatura suscita son quizá eternas, pero los medios deben constantemente variar, siquiera de un modo levísimo, para no perder su virtud. Se gastan a medida que los reconoce el lector. De ahí el peligro de afirmar que existen obras clásicas y que lo serán para siempre.

Cada cual descree de su arte y de sus artificios. Yo, que me he resignado a poner en duda la indefinida perduración de Voltaire o de Shakespeare, creo (esta tarde de uno de los últimos días de 1965) en la de Schopenhauer y en la de Berkeley.

Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad.



De “Otras inquisiciones (1952)”



Thursday, December 23, 2010

UNA MUJER CUALQUIERA DE LA CALLE / Armando Arteaga


UNA MUJER CUALQUIERA DE LA CALLE

Por Armando Arteaga




Le dije a una mujer desconocida:

-Soy feliz. Mientes –me respondió-. Mientras se desnudaba.

-No me has probado todavía.

No sabes quién soy, ni qué te espera.

-Estoy harto de probar manjares. Volví la espalda.

Me eché sobre la cama. Encendí un cigarrillo. Y le dije: solo quiero conversar.

La mujer desconocida se echó a mi costado –desnuda- en silencio. Casi al filo de la cama. No volvió a decir una palabra en varios minutos. La mujer desconocida era una prostituta de la esquina de Paruro. La recuerdo como un ser dedichado.

Ella, sí era feliz, en esa ignorancia, de cabellos largos, que le ponen zancos a la vida para hacerla más bella, para dar consejos a los hombres solos y clausurados, que son sus clientes clandestinos y oscuros.

Fui yo, quien empezó nuevamente el dialogo. Me gusta el rogué de tu boca. Me gustan las ojeras de tus ojos. Me gustan tus zapatos rojos, y el escote obsceno de tu blusa negra. Y tu cartera negra de cuero.

Eres un loco apasionado –dijo-. Se levantó de la cama. Se fue hasta la mesa de noche que dormitaba en el rincón de la habitación, cogió el billete de veinte soles y se mandó a mudar por la destartalada puerta del pulguiento hotel Shong, de las inmediaciones de la calle Paruro, que desparramaba chinches por todas sus paredes de adobes viejos y pisos de maderas limpiadas con kerosene, llenas de amarillentas fotografías que son la melancolía del tiempo, puestas allí por algún maniático que coge su revolver y se va a matar, pero no puede, porque hay un impulso cobarde que todo se lo impide.

El hombre feliz sale también por la destartalada puerta del hotel pulguiento, baja las vejetes escaleras y se pierde por la calle nuevamente rumbo a la felicidad de una calle cualquiera, es un ser desdichado, un hombre más, dentro de la masa urbana que no perdona nada y que lo convierte en el punto final de este cuento negro, breve y policial, sin contendido de clase. Y que será leído, en otra clase, por atentos estudiantes que le aplicarán las teorías de Todorov para analizarlo y desmenuzarlo como si el tiempo fuera una merluza.

Y el hombre, siente todavía el aire de la calle en sus mejillas y en su nariz el olor de la mujer desconocida, y la prenda intima más anodina de esta mujer: su calzón, que se olvidó en el bolsillo del saco gris de lana, de este transeúnte fiel a su destino mediocre de empleado de la avaricia-pobre de no ser nada.

Solo es un hombre feliz (¿qué cuento?) llevando el calzón preciado, y blanco (inmaculado) de una mujer desconocida en el bolsillo derecho de su saco, y en el otro: ni un puto cobre, para más remedio.

Y aquí termina este cuento avant-garde, con ganas de convertirse en un nuevo filme del movimiento underground de estos anarcos cineastas, de esta inmensa ciudad de rascacielos (New York). Pero el hombre (¿de este cuento?) nunca podrá tocar las estrellas, y menos volverse a encontrar con aquella mujer desconocida, cuya foto ahora inunda las páginas amarillas de la primera plana, de todos los periódicos amarillos de esta ciudad lecorbusiana (fue asesinada ayer por algún desconocido) tan esquizofrénica que no me queda más tarea inútil que dejar de escribir. Y mandar al escritor a la campana. Y mandar al hombre feliz –a buena parte- de este rincón del box que es pelearse con la palabra, para solo decir que entre una puta triste y un poeta cualquiera: no hay más que la mísera distancia de veinte soles.

Y un sol perfecto, que se dispara por el nuevo día, de un hombre nuevo, que tal vez nunca cambie. Ni su billetera, ni su poema, de lanzarse imaginariamente por la ventana de la única oficina que da frente al Sheraton del Paseo de la República donde un nuevo Platón volverá a expulsar a los poetas.

Es una ciudad sudamericana (el escenario) buscada y encontrada. Como esta vida que expulsó a esta mujer desconocida que se desnudó frente a mí y ante el espejo de la nada,

-que tomó los veinte soles-, y se fue, con distanciamiento bretchiano, ante la caja negra, ante la cámara del joven cineasta, que sueña devolverle el feeling a la imagen –medio opaca- de este cuento latinoamericano: 5 minutos, entre la vida de una puta triste, callejera y un poeta cualquiera de alguna antología inconsecuente.

Que se mueran de envidia los tristes y que el payaso de tu soledad se vaya a la puta que lo parió. Aquí termina este cuento. Sin argumento que seguir contando. Y con mejor distancia visual, que me importa un bledo que Seymour Merton no incluya esta propuesta, ni en otras vanas, en su “antología del cuento latinoamericano”.

Ahora sí el cuento debe terminar. Y la mujer debe tener zapatos rojos.


Del libro:  "Los pobres diablos".





Thursday, December 09, 2010

SIGLO XX / ARMANDO ARTEAGA


SIGLO XX

Por Armando Arteaga



No me gustan las canciones

Hablando desde el fondo de la noche

Me gusta el piano con sonido de fonda

Los vientos, y las percusiones

Me han hecho la vida más grata

Un sonido metálico me ha deprimido

Llamándome la atención por la herrería

Hierro forjado de mil fuegos y canteras,

viejo hierro oxidado de la verja:

Es el otoño, hojas secas del otoño

Golpeando el borde de la acera, el acero

Con toda su danza, vanidad de estos días

No me gustan las canciones

hablando de cosas que parecen mentiras

de la vida, oboes tristes

me devuelven la calle.

Violines, novedades, noticias

desparramadas en el suelo.

Un hombre patea un violín por la calle.


Thursday, September 23, 2010

PROHIBIDO PROHIBIR/ Armando Arteaga



PROHIBIDO PROHIBIR/ Armando Arteaga


Chilena la muchacha-manzana que me besa
en el criollo restaurante de bajo el puente
me asfixia  el abrazo torpe el dinosaurio presidente-ubú
de cada carcajada absurda por la tarde, mientras
el cocinero gordo canta un tango de Gardel,
tengo pereza de seguir así: bufanda
de la polola a cuadros, bufanda roja, camisa verde.
Me acabo la botella de vino. Me paro sobre la mesa.
Pago discretamente por la caja-tambo de la esquina
Me pierdo por la calle de enfrente parta ir a la matinée
al gallinero del Le Paris, para ver:
El último tango en Paris, me moriré de risa
no sé, con aguacero. No tengo hora cero, y menos
esposa que me joda, soy muy joven para estar eclipsado
Hijo del sol, enfrento este invierno con estoicismo
Tengo un poncho, unas botas, un sombrero, un libro de Rilke

Me da lo mismo el furor violento del viento
El asilo para viejos se llama antología de poesía
Está prohibido escupir en el suelo, pero la gente escupe
Los haraganes de ayer son los huelguistas del futuro
Construiré un hexágono irregular de biblioteca
Qué belleza de puesta de sol al horizonte.
No sé si estoy en 1972 o en el 2011 de ayer.
Vivo en el juramento hermoso de buscar la verdad.
Me basta la esperanza para seguir soñando.
El hiato es un vicio contrario a la eufonía.
Sigue fumando muchacha chilena, sigue besándome.
El agua es hidrógeno dos veces y oxigeno.
Sigue besándome, muchacha. No dejes que me muera,
               tan pronto, y de repente.


Friday, September 17, 2010

JIMI HENDREIX, GUITARRISTA ZURDO

Hace 40 años se fue Jimi Hendreix. Tocaba divinamente la guitarra eléctrica con la zurda. Aquí lo recordamos con su "Ametralladora".