Saturday, September 08, 2012

GÜNTER GRASS - Kafka y sus ejecutantes

         —JUZGA tú mismo —dijo Olga—, la cosa parece muy sencilla y al principio no se comprende cómo puede tener una gran importancia. En El Castillo hay un funcionario muy importante que se llama Sortini.

 —Me han hablado ya de él —dijo K.—, fue uno de los que intervinieron en el asunto de mi llamada.
 —No lo creo —dijo Olga—, Sortini apenas se muestra en público. ¿No le confundirás con Sordini, escrito con "d"?
 —Tienes razón —dijo K. —, era Sordini.
 —Sí —dijo Olga—, Sordini es muy conocido, uno de los funcionarios más diligentes, del que se habla mucho; Sortini, en cambio, es muy retraído y no trata con casi nadie. Hace más de tres años que lo vi por primera y última vez. Fue el tres de julio, con motivo de una fiesta del servicio de incendios, El Castillo participaba también y había comprado una bomba nueva. Sortini, que se tenía que ocupar en parte de los asuntos de los bomberos (o que quizás ostentase la representación de otro, porque los funcionarios se representan unos a otros, con lo que es muy difícil saber de qué se ocupa uno u otro de los funcionarios), participaba en la entrega de la bomba; naturalmente habían acudido además otras personas del Castillo, funcionarios y criados, y Sortini estaba, como correspondía a su carácter, totalmente apartado, al fondo...
 Esta cita de la novela El Castillo de Franz Kafka, la cual empezó a escribir en 1922 y dejó incompleta, lo mismo que Amerika y El proceso, pretende servir de introducción a algunas reflexiones en torno al décimo aniversario de la ocupación de Checoslovaquia, como modelo del carácter "kafkiano" de la burocracia y punto de partida literario. Puesto que no escasean los análisis políticos de los sucesos que condujeron al 21 de agosto de 1968, quiero derivar de esta visión de Kafka sobre la administración total algunas preguntas acerca de las estructuras a que las sociedades del Este y del Oeste, dejando aparte su poderío militar, económico e ideológico, están más que nunca sometidas.
 ¿En qué forma prosigue la actividad de Sortini y de Sordini? ¿Qué persona o qué agente inevitable encubre sus competencias? ¿En qué se basan las atribuciones para todo y nada? ¿Cuál es la relación recíproca entre el aumento o el descenso de la burocracia y la corrupción? ¿En qué momento los aparatos administrativos comienzan a volverse inmateriales y parabólicos, en el sentido establecido por Kafka?
 No es posible dar una respuesta unívoca a estas preguntas, pues la naturaleza de la burocracia, incluso en el ámbito insignificante de la antesala, es ambigua: aproximarse al Castillo significa perder de vista sus contornos. No importa la ideología que acompañe: en la expansión del poder por múltiples y aparentemente confusas vías administrativas radica su ubicuidad, la cual ya no posee el anticuado estilo imperial y real que conociera el escritor Kafka, sino que tiene una vigencia actual y perspectivas para el futuro, es decir, está provista de tecnologías modernas, si bien conserva el carácter anónimo que a lo sumo permita vacilar entre Sortini y Sordini. Sigue dominando a la sociedad humana, a la cual sabe clasificar y afirma salvaguardar; hace valer su control sobre el individuo —sea éste funcionario o ciudadano— o lo enreda en infracciones, en nombre de ciertas leyes tanto con aire antiguo como alteradas.
 La burocracia es la única organización internacional colocada por encima de las potencias ideológicas que en todo el mundo defienden su pretensión a ser los dueños únicos de la verdad, que con base en ella se excluyen mutuamente y a menudo se enfrascan en luchas hasta la destrucción total. Se considera omnipotente. Sola se certifica. Después de cualquier cambio en el sistema ideológico continúa trabajando, casi sin trastornos, porque sabe integrarse en los respectivos sistemas nuevos, sin atender a consideraciones de valores. Nada es capaz de sustituirla. Aun durante los tiempos de máxima agitación política, en medio del caos revolucionario, confiará en su propia legalidad: sobrevive e incluso guarda su olor.
 Tal calidad convence. Cuando todo se hace pedazos, hay una gran demanda de estabilidad. ¿Qué sabríamos sobre nosotros mismos y sobre los demás si no perdurasen (como perpetuas rendiciones de cuentas) la cédula de identidad, el Cuestionario, el legajo personal, el expediente? Nada saldría a la luz, de no ser por estas secreciones de papel de la existencia humana, llamadas documentos.
 Sin la intervención de la burocracia, que todo lo conserva, no se hubiera logrado, por ejemplo, hacer reconocible, hasta un grado excesivo de claridad, el retrato del juez de la marina y posterior presidente del Consejo de Ministros, Hans Filbinger. Espanta el hecho de deber tanto conocimiento a la burocracia. La circunstancia de que Filbinger, dedicado a hacer averiguaciones sobre otros, se haya convertido él mismo en una víctima de este método, no mitiga la naturaleza problemática del asunto, sino muestra que el disimulo partidista y aún más la piedad son ajenos a la esencia burocrática. Ni rango ni nombre hacen mella en su memoria. Si Filbinger se llamara Fildinger y admitiera una confusión parecida a la de los funcionarios del Castillo de Kafka, Sortini y Sordini, Fildinger, que no ascendió a presidente del Consejo de Ministros sino siguió ejerciendo con éxito su carrera de abogado, no tendría nada qué temer, aunque el conocimiento que por medio de la burocracia pudiera adquirirse acerca de él fuese más aterrador todavía que la revelación que nos espantara con respecto a Filbinger. Sólo se constituyó en un caso importante por haber sido presidente del Consejo de Ministros.
 Sin tener en cuenta la autoridad de su cargo y la sensibilidad que muestra la democracia hacia los dignatarios elevados, tanto Filbinger como Fildinger supo llevar a cabo sin contratiempos el cambio de la estructura de poder bajo el imperio pangermanista del nacionalsocialismo a la República Federal de Alemania: comprometido siempre con la ley, se ocupó con la complicación de conocimientos sobre otros. Aunque Filbinger ya no tenga permiso para ello, Fildinger no deja de trabajar con diligencia.
 En este sentido, Sortini y Sordini se han mantenido fieles a sí mismos: en coordinación con distintos servicios de reconocimiento, cumplían y cumplen con su deber. Se reconocen por la posibilidad de confundirlos.
 Pueden ser intercambiados mutuamente. Son idénticos sólo a aquellos procesos de papel, legalmente asegurados en todo momento y que entretanto se antojan eternos, que representan la esencia de la burocracia, pero nunca a adjudicaciones ideológicas que se dejen evocar y de las que se pueda abjurar.
 Después de la caída del aparato de poder fascista, y pese a las reformas democráticas esforzadas, por regla general, el carácter de la administración que sobrevivió al sistema no fue dañado en su sustancia y retuvo fuerza suficiente para vencer, con la ayuda de un vigoroso alimento, como por ejemplo el llamado decreto de radicales, todas las barreras erigidas por las reformas, volviendo a desplegar su actividad en una forma desmedidamente libre de valores, es decir, bastándose a sí misma. De igual manera se conservó la sustancia de la administración en el país que brindara sus realidades gráficas al escritor Franz Kafka: pese a las confusas peripecias ideológicas ocurridas desde los remotos tiempos imperialistas y monárquicos hasta la actualidad del comunismo real, El Castillo de la novela del mismo nombre ha podido guardar, como metáfora, su multiplicidad de significados, ha rechazado y desgastado a miles de agrimensores lo mismo que a los buscadores de la verdad. Ha penetrado, incluso, en todas las dimensiones. Más alto, más ancho, provisto de diversos sótanos nuevos, El Castillo por fin descansa también sobre un fundamento ideológico.
 Desde que el comunismo de cuño leninista-estalinista impusiera la burocracia de partido a la burocracia general consagrada por el uso, para decirlo de alguna manera, y desde que logró reunir a todos los órganos detrás de una sola voluntad, el poder anónimo de la burocracia engloba totalmente al ser humano individual.
 En la novela El proceso de Kafka, el acusado Josef K. no averigua nunca de qué se le acusa ni quién lo condena. El agrimensor K. traba, ciertamente, conocimiento con algunos señores del Castillo y funcionarios de nivel medio, en parte debido a su tenacidad y en parte por conducto de las mujeres a las que usa astutamente, pero no avanza hasta El Castillo, hasta la estructura interna del poder que lo envuelve también a él. El agrimensor K. se embrolla en acciones y episodios. A menudo parece haber olvidado las razones de sus esfuerzos. Se hace culpable. Se desgasta. Se agota con las tramitaciones oficiales.
 Dicha pasión existe desde hace décadas como literatura y se cuenta entre los clásicos modernos. Asimismo, el modelo utópico que el autor nos legó, una visión tan precisa como significativa, fue alcanzado y se ha vuelto realidad en todas las naciones totalitarias, en todos los lugares donde coinciden el poder y la administración. Una de ellas es su tierra de origen. La República Socialista de Checoslovaquia ha salvado sin perjuicio la estructura de poder de su burocracia partidista, pese al vehemente intento de reforma de la "primavera de Praga". Es cierto que la ocupación de Checoslovaquia fijó hace diez años una fecha de poderío político, pero los motores de los tanques de las potencias de la ocupación habían sido encendidos desde mucho tiempo antes. A principios de la década de 1960 surgieron las fuerzas y las contrafuerzas. Un suceso periférico servirá para reflejar esa ostentación de poder. Resulta más adecuado que las conocidas acciones del Estado para poner al descubierto las causas del persistente conflicto. Entre otras cosas, se habló también del agrimensor K.
 El 27 y 28 de mayo de 1963 un grupo de letrados, filósofos y escritores se reunió en El castillo Liblice de Bohemia para hablar sobre un autor cuyos libros hasta entonces habían sido desacreditados, si no es que tabús, y cuya edición como obras completas hasta la fecha ha resultado imposible en las naciones del bloque oriental. Al dar por sentado que desde el 20° Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética no sólo había cobrado importancia la tesis política de la coexistencia sino que también se permitía, dentro de ciertos límites, la crítica al estalinismo, principalmente bajo el lema de "La pasada fase del culto a la personalidad", es posible concebir la conferencia sobre Kafka llevada a cabo en El castillo Liblice como una temprana señal de la primavera de Praga.
 Los participantes en dicha conferencia se consideraban, sin excepción, como marxistas. Todas las ponencias, 27 en total, expedían al escritor Franz Kranz el certificado más o menos franco, en algunos casos vergonzante y sujeto a restricciones, a menudo rimbombante pero fiel, en términos generales, a la doctrina del marxismo, de haber sido, pese a su concepto pesimista de la vida, un escritor humanístico y de formar parte, por lo tanto, del patrimonio humanístico comunista. Fue calificado de progresista.
 Si bien actualmente estos dictámenes parecen ridículos, en ese entonces fueron muy necesarios: sólo esa muletilla admitía discutir a Kafka. Presentárase con convicción o guiñando el ojo, el testimonio de que el escritor hasta entonces proscrito o callado fuese un humanista despejó el camino para reflexiones ulteriores.
 A manera de resumen, más tarde se hizo la siguiente declaración:
 La conferencia se esforzó por lograr una aclaración ideológica de los problemas literarios relacionados con la obra de Kafka. Algunas ponencias plantearon asimismo, naturalmente, preguntas referentes a la política cultural de ciertos países, sobre todo la cuestión de si deberían editarse las obras de Kafka. El intercambio de opiniones fue provechoso también a este respecto, aunque la conferencia desde luego no gozaba de la autoridad como para participar en la solución de estos asuntos, ni podía tenerla.
 El posterior destino de algunos asistentes a la conferencia pone de manifiesto las conmociones que han afectado al comunismo desde entonces. El presidente de la misma, Eduard Goldstücker, lo fue también de la asociación checoslovaca de escritores durante el efímero periodo de Dubcek; actualmente vive como emigrado en Inglaterra. El austríaco Ernst Fischer fue expulsado del Partido Comunista de su país por protestar contra la ocupación de Checoslovaquia. Roger Garaudy tuvo que abandonar el Partido Comunista de Francia por decisión de su Comité Central.
 Para finalizar su intervención, Garaudy cita un diálogo entre Kafka y Gustav Janouch, amigo de éste, sobre Picasso. Con motivo de la primera exposición cubista en Praga, el amigo dice: "Es un deformador petulante." Y Kafka replica: "No lo creo. Sólo hace constar las desfiguraciones que aún no penetran en nuestra conciencia: el arte es un espejo que 'se adelanta' como un reloj... a veces."
 La comparación entre Picasso y Kafka no tuvo eco en las otras ponencias. Ninguno de los participantes deseaba ir tan lejos. Fueron más frecuentes los intentos de demostrar una temprana relación del joven Kafka con el socialismo. Una y otra vez se aseveró que Kafka había logrado, especialmente, revelar la enajenación del ser humano dentro del sistema capitalista. La crítica burguesa del oeste fue censurada por mistificar a Kafka y suprimir su posición crítica ante la sociedad.
 A esto, el filósofo polaco Román Karst respondió en la siguiente forma:
 "...la crítica burguesa ha sido acusada de falsear el sentido de la obra de Kafka; es más, incluso se afirma la necesidad de defender a Kafka contra ella. Tales asertos olvidan, sin embargo, que durante muchos años después de la última Guerra Mundial no escribimos una sola palabra sobre Kafka, sino que lo callamos. Muchos nos han exhortado a leer de manera racional a Kafka; pero ¿es posible siquiera leer racionalmente a un novelista? En mi opinión debe ser leído y, sobre todo, impreso.
 Ernst Fischer, por su parte, pidió una aplicación práctica al socialismo:
 Kafka es un novelista que nos atañe a todos. La enajenación del ser humano, pintada por él con máxima intensidad, alcanza dimensiones monstruosas en el mundo capitalista. Sin embargo, el mundo socialista no la ha superado tampoco, de ningún modo. Vencerla paso a paso, mediante la lucha contra el dogmatismo y el burocratismo, en nombre de la democracia, la iniciativa y la responsabilidad socialistas, constituye un proceso que tomará mucho tiempo y representa un enorme cometido. La lectura de obras como El proceso y El Castillo es indicada para contribuir a la solución de dicha labor. El lector socialista hallará en ellas algunos trazos de su propia problemática y el funcionario socialista se verá obligado a presentar argumentos mejor documentados y diferenciados con respecto a muchas cuestiones.
 El publicista y traductor Alexej Kusák, de Praga, se adelantó un paso más:
 Sobre todo el hecho de que Kafka sea también el narrador de nuestras absurdidades, de que las situaciones kafkianas sirvan como modelo de ciertas circunstancias que en los países socialistas conocemos desde la época del culto a la personalidad, habla en favor de Kafka y de su capacidad genial para tipificar, o sea, de su método artístico, el cual lo puso en condiciones de reconocer que determinado grado de opacidad en las relaciones sociales y el absolutismo del poder institucional engendran, día con día, situaciones absurdas en las que inocentes son acusados de crímenes que no cometen...
 Otras colaboraciones llegaron al extremo de comparar al siempre activo, insistente y ambicioso agrimensor K. de la novela del Castillo, que a veces llega incluso a las manos, con el pasivo, huidizo y evasivo Josef K. de El proceso, equiparación que adjudica al agrimensor un papel de precursor o revolucionario. Goldstücker sugiere que en el agrimensor se vea al repartidor de tierras. Con razón se levantaron protestas contra este intento de sacar provecho de Kafka, para el uso doméstico del comunismo, no sólo como humanista sino también como revolucionario. Franz Kafka no se deja asignar a ninguna ideología; previo la evolución de todas las corrientes ideológicas de sus tiempos.
 En su biografía de Kafka, Heinz Politzer cita un acontecimiento del año 1920 incluido en las Gespräche mit Kafka [Conversaciones con Kafka] de Gustav Janouch. Los interlocutores se topan con un grupo de obreros que, cargados de banderas y estandartes, salen de una asamblea. Kafka dice: "Esa gente tiene tanto aplomo, seguridad de sí y buen ánimo. Domina la calle y por consiguiente cree dominar al mundo. En realidad se equivoca. Detrás de ellos ya están los secretarios, los funcionarios, los políticos, todos los sultanes modernos para los que preparan el camino al poder. Y cuando Janouch pregunta, a continuación, si Kafka no cree que vaya a difundirse la Revolución rusa, éste contesta: "Cuanto más se extiende una inundación, menos profunda y más turbia se vuelve el agua. La revolución se evapora y sólo queda el fango de una nueva burocracia. Las ataduras de la humanidad vejada son de papel oficio."
 Alguien que habla así no sacará ningún mito progresista del apremiante proceso de la historia, sino que la sufre. El concepto que Kafka tuvo del mundo era ca-tastrofista. De ello también se habló, en forma contradictoria, durante la conferencia del castillo Liblice. Al fin y al cabo, se trataba de preparar una nueva fase histórica después del pretendido término del estalinismo: dentro de un "comunismo humano", tal como aspiraban a él los reformadores checoslovacos de la "primavera de Praga", también Kafka, interpretado de una o de otra manera, debía ser posible.
 Ya es un lugar común denominar "kafkiano" al mundo de los trámites administrativos, a la reducción de la existencia humana a un expediente de actas y al despliegue de la burocracia y la corrupción. El cuadro exacto de la jerarquía burocrática y el contraste, que una y otra vez adquiere trazas de metáfora, entre el celo burocrático y una negligencia dedicada sólo a alborotar el polvo de las actas, ese mundo constituido totalmente de papel y construido de palabras que cobra realidad para el lector mediante la novela de Kafka El Castillo, admite la comparación con una realidad ajena a la literatura. No obstante, al mismo tiempo la obra de Kafka se reduce si en su conjunto es limitada a esta única interpretación, según la cual el agrimensor K. lucha contra un mal doble: la burocracia y la corrupción. Cor fundamentos igualmente justificados es posible interpretar la actividad del agrimensor como una búsqueda de Dios y de la verdad. El Castillo, que en su impenetrabilidad permanece inalcanzable, puede ser entendido como metáfora del concepto teológico de la misericordia. Asimismo, de la novela El proceso el lector pudiera derivar, pese a que el libro recrea el aparato triturador de la justicia terrena hasta en sus más terribles detalles, una divina instancia suprema. Al agrimensor K. le han sido atribuidos rasgos fáusticos. Y si se subordinara la obra de Kafka al concepto "laberíntico", sería posible respaldarlo en forma concluyente con los términos de la mística judía. El gran número de interpretaciones posibles, incluso las extravagantes, sólo pone en evidencia que las obras literarias —como toda obra artística— poseen y deben poseer significados múltiples, porque no obedecen a los ritos de la lógica sino a las leyes de la estética.
 El afán de la interpretación única, correcta y de valor universal, se debe, la mayoría de las veces, a exigencias ideológicas o morales. En todos los lugares donde hay una sola forma de existir, con todo y una doctrina y moral de la verdad, surge también la pobre urgencia de una única interpretación cierta de las obras artísticas. (Allí, el arte es la vaca que se ordeña. Y lo que produce, aunque tenga un sabor amargo, debe corresponder a la idea común de la leche.)
 Por lo tanto, mi intento de interpretar la novela El Castillo de Franz Kafka, de manera particular en relación con la burocracia total, sólo se refiere a un aspecto parcial en la obra de este escritor. El hecho de que dicho aspecto parcial puede documentarse queda comprobado no sólo por el desarrollo de la trama, saturada de detalles, sino también por la retoñada realidad de nuestro mundo actual, que diariamente vuelve a ganarse como calificativo el lugar común "kafkiano".
 Puesto que las burocracias del este y del oeste se igualan cada vez más, su pretensión total de dominio sobre el ser humano, como un ser definido mediante las actas, es expresada en una forma tan ubicua (y como fuera de todo control terreno) que les corresponde esa dimensión difusa, hasta trascendente, que no obstante puede denominarse divina y kafkiana.
 Pretendo afirmar que el orden fragmentario creado por Franz Kafka con recursos literarios, como la metáfora del Castillo, tuvo un carácter visionario, en cuanto a su significado burocrático trivial así como al teológico, en el momento de ser plasmado por escrito; ahora se ha transformado en una realidad ajena a la literatura. La visión fue alcanzada; la utopía, superada. En Praga y en nuestra propia casa, Kafka ha encontrado a sus ejecutantes.
 En todo el mundo se propagan las excrecencias burocráticas cuyo despotismo no sólo se sustrae al control democrático procurado aquí y allá, sino que también se cierra a toda razón sensata de ser. En su absurdidad, la burocracia de nuestros días se aproxima a Dios. Aunque fabricada y manejada por seres humanos, es superior a éstos en su funcionamiento espontáneo; y es sólo ahora, cerca de alcanzar la perfección, que muestra su modelo sobrehumano, que el autor Kafka debió representarse como algo real.
 Parece que la burocracia de nuestros tiempos ya no pertenece en suficiente grado a este mundo como para ser eliminada mediante reformas administrativas o, mucho menos, con un cataclismo revolucionario. Ya hubo intenciones semejantes. ¡Mayor cercanía al ciudadano! ¡Atreverse a una mayor democracia!, rezaban las consignas. Miles se levantaron en protesta para emprender la "marcha a través de las instituciones". ¿Dónde quedaron? ¿En qué oficinas empezaron a confundirse entre sí, como Sortini y Sordini?
 A más tardar desde la reciente ampliación de la potencia burocrática general por medio de la tecnología nos hemos percatado del peligro inherente a los todopoderosos aparatos, como conceptos objetivados de Dios. Ya no nos enfrentamos a inconveniencias burocráticas que con todo pudieran mitigarse, sino con el destino correctamente impuesto. Así, debemos someternos: en Praga o en nuestra propia casa. Así, nos atrevemos, en Praga o aquí, a protestar contra ese poder universal. Al igual que el agrimensor K., tratamos de descifrar la jerarquía de la administración del Castillo, de obtener la famosa "admisión", de entrar al Castillo... aunque sólo lo logremos por medio de sobornos.
 El Castillo se muestra benévolo con nosotros. Así como al agrimensor K. fueron asignados los llamados ayudantes, Jeremías y Arthur, a nosotros también nos conceden espías, en forma de micrófonos ocultos o la clásica pareja. Nos ayudan, son nuestros ángeles de la guarda. Se encargan de que no erremos en un sentido más elevado. Presienten nuestras acciones. Se alimentan con más datos referentes a nosotros de los que pudiéramos retener, en vista de la falta mortal de memoria que padecemos. Son una de las demostraciones divinas de benevolencia ofrecidas por la burocracia universal, con implicaciones vulgares y realistas y, a la vez, trascendentes.
 Puesto que los secretarios y los señores del Castillo de Kafka se quejan, como nuestros funcionarios de nivel inferior, medio y alto, de la carga y la responsabilidad que implica su deber burocrático —de la misma manera como el ciudadano afectado se queja de la protección y la pesada benevolencia de la burocracia— y, además, porque los funcionarios con deseos reformadores se empeñan, por iniciativa propia o a petición de los ciudadanos administrados, en reducir el tiempo de circulación de las actas, en fortalecer la jurisdicción administrativa a manera de contraburocracia, en humanizar los despachos oficiales con la ayuda de plantas de interior, en volver, de manera democrática, más transparente la actividad de los espías y en proteger nuestros datos, una vez recogidos, contra nosotros mismos y otros, es posible afirmar, con razón y sin admitir excepciones, que todos —los señores del Castillo y el agrimensor K., nuestros funcionarios medios y altos y los ciudadanos afectados—, todos los involucrados son trabajadores en la viña del Señor.
 Pues así quiere la burocracia, en Praga y en nuestra propia casa, que se le conciba. Aunque no podamos abarcar todo el conjunto —sea éste el que fuera: El Castillo o la viña o el Estado, con sus pretensiones absolutas—, formamos parte de él y se nos considera imprescindibles mientras sigamos trabajando en la viña del Señor. Debemos labrar y se nos permite quejarnos. Tenemos que guardar conciencia de nuestras relativas limitaciones; no todo el mundo puede saber y mucho menos hacerlo todo. Incluso desde una posición elevada, el conjunto a menudo resulta incomprensible. De ahí que ciertos encumbrados señores, de los que uno supondría que son poderosos y tienen todo bajo control, hayan sido capaces, últimamente, de hacer ademanes de impotencia.
 Hace poco, por ejemplo, se oyó al presidente del Consejo de Estado, Erich Honecker, exhortar a la burocracia de la otra nación alemana a ser, por Marx y Engels —y por el hombre socialista—, menos burocrática. Por supuesto, dicha exhortación quedó sin respuesta. Pese a la multiplicidad de sus formas, la burocracia no tiene boca.
 Y aquí, entre nosotros, el canciller y sus ministros se quejan elocuentemente de una impotencia que, si bien no puede compararse con aquélla, sí se le asemeja. Encuentran lamentable el hecho de ya no reconocer, simplemente, sus proyectos de canciller o de ministros, una vez que éstos son introducidos en la burocracia ministerial y devueltos nuevamente a ellos después del debido tiempo de circulación. Es cierto que la maquinaria aún funciona sin contratiempos, es más, con menos contratiempos que nunca antes, pero ya no de una manera conforme a sus instrucciones.
 Leemos, por ejemplo: en el fondo, el llamado decreto de radicales es nulo desde hace mucho tiempo. Sin embargo, la burocracia no quiere reconocer esta declaración de nulidad hecha por el poder gubernamental. En cambio, redobla los esfuerzos por realizar, hasta en sus últimas consecuencias, un decreto lanzado hace años, condicionado desde entonces en varias ocasiones y, finalmente, casi abolido. Salta a la vista que la burocracia se ha independizado. Hay que admitirlo, lamentablemente, por mucho que se aprecie la eficiencia de nuestros funcionarios.
 De esta manera, se habría identificado al culpable, si fuese posible dirigirle la palabra. Los poderosos se zafan del asunto: la burocracia tiene la culpa. Es la que convierte las leyes progresistas en su opuesto reaccionario. Constituye un Estado dentro del Estado. ¿No sería, pues, razonable y provechoso que el Estado constitucional introdujera al mayor número posible de radicales en el servicio público, a fin de acabar con ese Estado dentro del Estado?
 Hace diez años la gente estaba decidida, en Praga y en nuestra propia casa, a tomar por asalto los castillos burocráticos y vencer al Estado dentro del Estado. Recuérdese que la primavera de Praga tuvo su efímera correspondencia entre nosotros, en forma de la protesta estudiantil. En todas partes: París, Varsovia, Berlín, Praga, la "imaginación [aspiraba] al poder", se invocaba el "principio de la esperanza". No obstante, sólo en Praga la cosa no quedó en la protesta.
 A los pocos años de la conferencia literaria efectuada sobre Kafka en El castillo Liblice, primer impulso de una evolución trascendente, la primavera de Praga empezó a adquirir peso político. Coincidió con esa época mi primer viaje a Checoslovaquia, seguido por muchas visitas hasta el año siguiente a la ocupación. Más o menos por el mismo periodo también tuvo comienzo mi correspondencia abierta con el escritor checo Pavel Kohout, la cual fue publicada primero, bajo el título general "Cartas a través de la frontera", en el semanario Die Zeit y luego en el periódico Student de Praga.
 Era insólito el simple hecho de que un escritor comunista y otro socialdemócrata se tomasen la libertad, que debía ser natural, de entablar una discusión crítica y autocrítica en forma epistolar, teniendo como fondo político la era posestalinista de Novotny en Checoslovaquia y el paralizador desconcierto del Partido Socialdemócrata de Alemania dentro de la Gran Coalición que regía en ese entonces; refutaba la triste experiencia histórica que había hecho de comunistas y socialdemócra-tas enemigos a muerte. Por escépticas que fuesen las actitudes de Kohout y mías ante nuestras propias posiciones políticas y las del otro, las cartas no estaban desprovistas de esperanza: Kohout creía al comunismo susceptible de reformas; yo confiaba en la capacidad de los socialdemócratas para realizar profundas transformaciones y en una síntesis entre la democracia y el socialismo. Ambos opinábamos que dicha síntesis tenía futuro.
 Cuando se obligó a Novotny a renunciar, y con el comienzo de una nueva era bajo Alexander Dubcek, parecía que en Checoslovaquia, el único país comunista  con una tradición democrática, podría moverse la montaña y nuestras esperanzas hacerse realidad. Durante unos pocos meses se puso de manifiesto, en la vida cotidiana de Checoslovaquia, que la democracia y el socialismo se motivan solidariamente. Al parecer se habían sacudido el yugo de la burocracia ubicua del Partido. Todo el mundo hablaba abiertamente y ensayaba su libre expresión como un lujo desacostumbrado, la lucía en público y por ello creía haberse librado de los espías de siempre, condenándolos al desempleo. Con orgullo, si bien con un poco de incredulidad y asombro todavía, era demostrado recíprocamente que la libertad de opiniones y el comunismo no tienen que ser mutuamente excluyentes. Ya se conjeturaba que las otras naciones comunistas habrían reconocido la utilidad que una reforma de esta naturaleza pudiera tener también para ellas, cuando el comunismo propagado por los tanques de la Unión Soviética llegó a poner fin a este gran ensayo fundado en la teoría y, no obstante, espontáneo.
 Para formularlo con mayor precisión: dentro de la esfera del poder soviético el intento de rajar la estructura leninista-estalinista del comunismo dogmático y también, por lo tanto, la dictadura ejercida por la burocracia del Partido, fue reprimido violentamente; en el oeste, sin embargo, el impulso emanado de Praga sigue vigente hasta la fecha. Sin él, los partidos comunistas de la Europa Occidental se hubiesen desarrollado de manera menos concreta, con mayores diferencias en su relación recíproca, y no se hubieran desprendido de la influencia soviética. La manifestación y el fracaso del socialismo democrático en Checoslovaquia volvieron a poner delante de los ojos de los partidos socialistas y socialdemócratas de la Europa Occidental sus propias demandas, les fijaron una escala. Sólo la "nueva izquierda" —residuo de las protestas estudiantiles— se interesaba aún en la teoría y se desintegró en grupos y sectas; vana fue para ella la lección de Praga.
 No obstante, opino que todos los análisis de esos acontecimientos, desde los cuales han transcurrido, entretanto, diez años, seguirán siendo insuficientes si se limitan a buscar las causas de aquéllos en la esfera militar, económica e ideológica. Baso la conclusión de que Kafka ha hallado a sus ejecutantes en el incremento de poder de la burocracia. En forma anónima, tal como corresponde a su naturaleza, sobrevivió al cambio político en Checoslovaquia, de Novotny a Dubcek y de Dubcek a Husak. Inmediatamente, entró otra vez en funcionamiento. Es probable que ni siquiera haya suspendido su actividad durante el interludio democrático. En todo caso, se habrá permitido, como siempre le será posible, dejar la marcha en vacío, confiando en la imposibilidad de ser sustituida. Se traspasa, es independiente de la moda. La demanda perpetua de seguridad que tenemos los seres humanos alimenta sus órganos. Cada nueva ley —por bienintencionado que sea su deseo de simplificar las disposiciones de seguridad vigentes hasta ese momento— engendra nuevos departamentos administrativos que, después de fusionar las secciones nuevas con las más antiguas, se multiplican sin fin mediante la derivación de divisiones subordinadas y diarias pruebas de su utilidad.
 La seguridad social que necesita el ser humano, la cual a menudo ha ingresado al plano legal sólo después de décadas enteras de luchas políticas, exige organización, aparatos que funcionen y una operación regular, libre de valores ideológicos, para garantizar al individuo y a la sociedad la pensión, la educación escolar y vocacional y el sitio en la universidad, para asegurarlo contra enfermedades y accidentes, proporcionar el mínimo necesario para la existencia a los afectados por la pérdida de su empleo, defender a todo mundo, en términos generales, contra un gran número de peligros e incluso para ofrecer seguridad contra los enemigos del Estado y de la sociedad.
 Necesitamos, pues, la burocracia. De poder y querer deshacernos de ella, quedaríamos sin defensas, en el caos. Franz Kafka fue durante muchos años empleado e investigador de casos en la oficina para los seguros de obreros contra accidentes. Pese al agobio, apreciaba la utilidad de su trabajo en vista del gran número de accidentes sufridos por los obreros y la insuficiencia del servicio de seguros contra accidentes. De ser necesario, sería posible sustituir una fuente de energía faltante —petróleo o electricidad— por otra, pero nada serviría para remplazar una burocracia faltante, a menos que se propusiera como opción una burocracia nueva, más universal todavía, moderna y que racionalizara nuestra creciente demanda de seguridad.
 Por ese camino vamos. El tiempo de las oficinas con olor a enmohecido y de los estorbosos archiveros se acerca a su fin. En ocasiones se ha dicho, en defensa de la burocracia, que crea y conserva puestos de trabajo, pero en el futuro este argumento ya no podrá hacerse valer porque en el curso de la racionalización general, incluso en la esfera administrativa, con su alto número de puestos de trabajo, las computadoras grandes y minúsculas, los sistemas de almacenamiento de datos, las instalaciones electrónicas una y otra vez mejoradas, los centros de informática que trabajan por diversos medios de comunicación y los otros productos de la segunda revolución técnica remplazarán o, para decirlo en forma más agradable, liberarán a los señores y los secretarios del Castillo de Kafka y a sus sucesores, los empleados y funcionarios de la burocracia.
 Lo llamamos progreso y nos infunde un poco de miedo. Ciertamente, dichas evoluciones progresistas abolirán, y en parte ya lo están haciendo, nuestros conceptos consuetudinarios del trabajo como realización de uno mismo o como esclavitud; pero los trabajadores así "liberados", los empleados y los funcionarios se sentirán tan enajenados con este excesivo tiempo de ocio como antes en sus empleos acostumbrados. Peor aún: este cambio previsible, que no obstante habrá de tomarnos desprevenidos, no modificará el carácter de la burocracias En todo caso, será más perfecta. Se multiplicará, porque tanta inactividad en los complejos espacios de ocio requerirá ser administrada, asegurada y protegida contra los abusos. Las masas inactivas tienden a salirse fuera de control. Se apelotonan, son capaces de emociones irracionales. Ya que supuestamente han quedado sin rumbo fijo, es posible que busquen un sentido y se fijen objetivos fuera del orden legal. Mientras que el agrimensor K. arremetía inútilmente contra El Castillo, la masa K. podría tener éxito en su acción destructora y romper los aparatos que la liberaron.
 No obstante, la nueva burocracia se asegurará también contra estos peligros preprogramados: alimentará a la sociedad del ocio con efímeras razones de ser y permitirá, incluso, restringidos juegos revolucionarios; o bien, desarrollará ulteriormente el moderno Estado policiaco en un sentido orwelliano. Con toda seguridad, el oeste dominará más pronto la evolución del futuro, pero no es posible descartar la posibilidad de que el este, a pesar de su cerrazón ideológica, lo iguale en ello, aunque sea con el retraso de siempre. Al resto del mundo, sea de orientación occidental u oriental, no le quedará más que aprender de ellos e imitarlos, máxime cuando las masas asiáticas, africanas y sudamericanas todavía se encuentran desempleadas o en el estado liberado de acuerdo con la estructura tradicional; es decir, a causa de su demanda acumulada desarrollarán la clasificación administrativa, asegurada y afianzadora de las masas y, por consiguiente, la burocracia total.
 Esta dimensión futura ya se anuncia. Es inevitable para todas las ideologías. La pregunta de una alternativa sólo puede contestarse en forma radical, es decir, llegando hasta su raíz. El que desee sustraerse al sistema de seguridad de la burocracia deberá elegir, en lugar de la seguridad, el riesgo. El que elija el riesgo decaerá en el terrorismo o tendrá que disponerse a una larga y penosa lucha política. El que quiera el riesgo deberá empeñarse, como el agrimensor K. de Franz Kafka, en penetrar en un Castillo cada vez más lejano. El que actúe como el agrimensor K. pudiera llamarse Rudolf Bahro, quien escogió el riesgo. Puso por escrito lo que pasaba en El Castillo. No buscaba esa seguridad total. Se liberó de la oferta de esa seguridad. Ahora El Castillo cree tenerlo bajo llave. Pero con todo se hace oír. Es imposible tener sus palabras bajo llave. Su voz, empañada por el riesgo, se nos antoja conocida. Con la misma precisión, con la misma falta de seguridad, con la misma humanidad hablaron muchos hace diez años: en Praga y en Bratislava. El manifiesto de las dos mil palabras. Finalmente, dirigieron sus palabras contra los tanques.
 Hoy son los portavoces de la Carta 77 los que, como Rudolf Bahro, como el agrimensor K. de Kafka, han elegido el riesgo a pesar de la opción de la seguridad total. No importa que la novela El Castillo de Franz Kafka sea interpretada como auténtica imagen de la burocracia total o como metáfora de la verdad absoluta que debe buscarse: todos los aludidos se encuentran en camino hacia El Castillo. No sabemos si consigan llegar. Esta pregunta no ha sido planteada al riesgo. La novela de Kafka también quedó en el fragmento.
 Al echar una ojeada retrospectiva al 21 de agosto de 1968 no me interesaba redactar otro análisis más sobre las ya familiares estructuras del poder, ni un estudio que evaluara tan sólo el aspecto político e ideológico del comunismo de la reforma checoslovaca y su aborto, sino que en calidad de escritor tenía la intención de hacer girar mis reflexiones en torno a la conferencia realizada sobre Kafka en El castillo Liblice, la cual, si bien periférica, anunciaba la primavera de Praga. Por lo tanto, me quedaré con la literatura y sus efectos en esta última arremetida.
 El escritor Franz Kafka no sólo ha sido interpretado hasta volverse totalmente impenetrable, sino que también ha engendrado epígonos. Estos fenómenos fundados, por una parte, en su ambigüedad y sujetos, por otra, a la moda, no deben disfrazar el hecho de que algunos autores han logrado seguir los pasos de Kafka sin renunciar a su individualidad.
 El año pasado se publicó en la República Federal el libro Versuchte Nähe [Intento de cercanía] de mi colega Hans Joachim Schädlich. La delgada antología de cuentos no había encontrado editor en la RDA, y Schädlich emigró con su familia a la República Federal. Aún más que el relato que da el título al libro, la breve narración "Unter den achtzehn Türmen der María vor dem Teyn" [Debajo de las 18 torres de la María vor dem Teyn], escrita en 1971, nos muestra la forma modificada en que El Castillo de Kafka perdura hoy en día y la manera en que el servicio de seguridad del Estado se asegura de los ciudadanos que tiene a su merced, como burocracia y con la ayuda de la tecnología moderna. Con algunos cambios insignificantes, la historia podría llevarse a cabo en la República Federal, pero está ubicada en la Praga del 1968 y en Berlín Oriental: dos jóvenes ciudadanos de la RDA presencian el arribo de los tanques. Instalados debajo del arco de una puerta, contestan las preguntas de un reportero de la televisión occidental. Los espías de la RDA no pueden identificarlos: estaban con la espalda hacia la cámara; pero atraparon sus voces. Un dialecto matiza estas voces. Existen personas que estudian los dialectos. Por rendir un servicio a la seguridad del Estado, una de ellas está dispuesta, mediante grabaciones de las más diversas variantes dialectales, a confrontar, cercar y fijar en una población determinada las voces captadas. Después, resulta fácil encontrar a los dos jóvenes viajeros a Praga entre el conjunto de los pocos que fueron registrados en dicha población, arrestarlos e interrogarlos hasta que confiesan.
 Cito a continuación el octavo parágrafo del relato de Schädlich:
 Un supuesto portafolios cruza la puerta del instituto de la lengua vernácula. Siete armarios en un rincón bajo, abarrotados sin recelo con los productos de las extensas compilaciones efectuadas por conocedores aficionados al idioma materno, por el momento degeneran en siete factores de seguridad. Sobre 1 500 cintas y dentro de siete armarios sobreviven las arbitrariedades cometidas localmente —al norte, al este, al sur, al oeste y al centro— contra el resto de la lengua nacional.
 Unas manos comisionadas corren los pasadores en las cerraduras del portafolios, el pulgar y el índice derechos extraen de su custodia portátil una grabadora, dos voces atrapadas.
 La técnica adecuada induce a las voces a repetir opiniones de protesta; su capricho lingüístico los señala como habitantes de cierta región. ¿De cuál?
 Dos de los tres conocedores de lo vernáculo que se tienen a la mano no responden a las atentas exhortaciones, a las advertencias amables, a las encarecidas demandas.
 El tercero y el comisionado desdoblan el territorio de la nación asequible, deliberan con pericia sobre la ubicación de la zona buscada y cierran la trampa con un plumón azul. Abren los armarios llenos de la perecedera lengua, recorren la trampa a lo largo de los cortes frontales establecidos por las cajas en los armarios, comparan el idioma atrapado con los restos del lenguaje rural que la mitad del pueblo de buen grado dejó guardar en las cajas, desechan, confirman la orientación de la empresa y se aproximan, con base en sonidos imposibles de pasar por alto, a los habitantes de cierta región. De esta región. Más precisamente, de este distrito.
 En la novela El Castillo de Franz Kafka, en medio del ambiente pobre del pueblo, aparece al principio de la narración un teléfono, el único instrumento de naturaleza técnica. Está asignado a la comunicación con El Castillo.
 Hasta ahí habían llegado a comienzos del siglo. Hace diez años ya se sabía aprovechar grabaciones televisivas y magnetofónicas. Entretanto, hemos logrado mayores adelantos, tanto aquí como del otro lado. El agrimensor K. tiene que mantenerse al corriente. El Castillo no caduca.

Grass, Günter. Ensayos sobre literatura. Fondo de Cultura Económica, México, D.F.  1990. Traducción de Angelik Scherp.

Wednesday, August 29, 2012

Pablo Neruda - El poder de la poesía



Ha sido privilegio de nuestra época –entre guerras, revoluciones y grandes movimientos sociales– desarrollar la fecundidad de la poesía hasta límites no sospechados. El hombre común ha debido confrontarla de manera hiriente o herida, bien en la soledad, bien en la masa montañosa de las reuniones públicas.
Nunca pensé, cuando escribí mis primeros solitarios libros, que al correr de los años me encontraría en plazas, calles, fábricas, aulas, teatros y jardines, diciendo mis versos. He recorrido prácticamente todos los rincones de Chile, desparramando mi poesía entre la gente de mi pueblo.
Contaré lo que me pasó en la Vega Central, el mercado más grande y popular de Santiago de Chile. Allí llegan al amanecer los infinitos carros, carretones, carretas y camiones que traen las legumbres, las frutas, los comestibles, desde todas las chacras que rodean la capital devoradora. Los cargadores —un gremio numeroso, mal pagado y a menudo descalzo—pululan por los cafetines, asilos nocturnos y fonduchos de los barrios inmediatos a la Vega.
Alguien me vino a buscar un día en un automóvil y entré a él sin saber exactamente a dónde ni a qué iba. Llevaba en el bolsillo un ejemplar de mi libro España en el corazón. Dentro del auto me explicaron que estaba invitado a dar una conferencia en el sindicato de cargadores de la Vega.
Cuando entré a aquella sala destartalada sentí el frío del Nocturno de José Asunción Silva, no sólo por lo avanzado del invierno, sino por el ambiente que me dejaba atónito. Sentados en cajones o en improvisados bancos de madera, unos cincuenta hombres me esperaban. Algunos llevaban a la cintura un saco amarrado a manera de delantal, otros se cubrían con viejas camisetas parchadas, y otros desafiaban el frío mes de julio chileno con el torso desnudo. Yo me senté detrás de una mesita que me separaba de aquel extraño público. Todos me miraban con los ojos carbónicos y estáticos del pueblo de mi país.
Me acordé del viejo Lafferte. A esos espectadores imperturbables, que no mueven un músculo de la cara y miran en forma sostenida, Lafferte los designaba con un nombre que a mí me hacía reír. Una vez en la pampa salitrera me decía: "Mira, allá en el fondo de la sala, apoyados en la columna, nos están mirando dos musulmanes. Sólo les falta el albornoz para parecerse a los impávidos creyentes del desierto."
Qué hacer con este público? De qué podía hablarles? Qué cosas de mi vida lograrían interesarles? Sin acertar a decidir nada y ocultando las ganas de salir corriendo, tomé el libro que llevaba conmigo y les dije:
—Hace poco tiempo estuve en España. Allí había mucha lucha y muchos tiros. Oigan lo que escribí sobre aquello.
Debo explicar que mi libro España en el corazón nunca me ha parecido un libro de fácil comprensión. Tiene una aspiración a la claridad pero está empapado por el torbellino de aquellos grandes, múltiples dolores.
Lo cierto es que pensé leer unas pocas estrofas, agregar unas cuantas palabras, y despedirme. Pero las cosas no sucedieron así. Al leer poema tras poema, al sentir el silencio como de agua profunda en que caían mis palabras, al ver cómo aquellos ojos y cejas oscuras seguían intensamente mi poesía, comprendí que mi libro estaba llegando a su destino. Seguí leyendo y leyendo, conmovido yo mismo por el sonido de mi poesía, sacudido por la magnética relación entre mis versos y aquellas almas abandonadas.
La lectura duró más de una hora. Cuando me disponía a retirarme, uno de aquellos hombres se levantó. Era de los que llevaban el saco anudado alrededor de la cintura.
—Quiero agradecerle en nombre de todos –dijo en alta voz.– Quiero decirle, además, que nunca nada nos ha impresionado tanto.
Al terminar estas palabras estalló en un sollozo. Otros varios también lloraron. Salí a la calle entre miradas húmedas y rudos apretones de mano. ¿Puede un poeta ser el mismo después de haber pasado por estas pruebas de frío y fuego?
*

Cuando quiero recordar a Tina Modotti debo hacer un esfuerzo, como si tratara de recoger un puñado de niebla. Frágil, casi invisible. ¿La conocí o no la conocí?
Era muy bella aún: un óvalo pálido enmarcado por dos alas negras de pelo recogido, unos grandes ojos de terciopelo que siguen mirando a través de los años. Diego Rivera dejó su figura en uno de sus murales, aureolada por coronaciones vegetales y lanzas de maíz.
Esta revolucionaria italiana, gran artista de la fotografía, llegó a la Unión Soviética hace tiempo con el propósito de retratar multitudes y monumentos. Pero allí, envuelta por el desbordante ritmo de la creación socialista, tiró su cámara al río Moscova y se juró a sí misma consagrar su vida a las más humildes tareas del partido comunista. Cumpliendo este juramento la conocí yo en México y la sentí morir aquella noche.
Esto sucedió en 1941. Su marido era Vittorio Vidale, el célebre comandante Carlos del 5º Regimiento. Tina Modotti murió de un ataque al corazón en el taxi que la conducía a su casa. Ella sabía que su corazón andaba mal pero no lo decía para que no le escatimaran el trabajo revolucionario. Siempre estaba dispuesta a lo que nadie quiere hacer: barrer las oficinas, ir a pie hasta los lugares más apartados, pasarse las noches en vela escribiendo cartas o traduciendo artículos. En la guerra española fue enfermera para los heridos de la República.
Había tenido un episodio trágico en su vida, cuando era la compañera del gran dirigente juvenil cubano Julio Antonio Mella, exiliado entonces en México. El tirano Gerardo Machado mandó desde La Habana a unos pistoleros para que mataran al líder revolucionario. Iban saliendo del cine una tarde, Tina del brazo de Mella, cuando éste cayó bajo, una ráfaga de metralleta. Rodaron juntos al suelo, ella salpicada por la sangre de su compañero muerto, mientras los asesinos huían altamente protegidos. Y para colmo, los mismos funcionarios policiales que protegieron a los criminales pretendieron culpar a Tina Modotti del asesinato.
Doce años más tarde se agotaron silenciosamente las fuerzas de Tina Modotti. La reacción mexicana intentó revivir la infamia cubriendo de escándalo su propia muerte, como antes la habían querido envolver a ella en la muerte de Mella. Mientras tanto, Carlos y yo velábamos el pequeño cadáver. Ver sufrir a un hombre tan recio y tan valiente no es un espectáculo agradable. Aquel león sangraba al recibir en la herida el veneno corrosivo de la infamia que quería manchar a Tina Modotti una vez más ya muerta. El comandante Carlos rugía con los ojos enrojecidos; Tina era de cera en su pequeño ataúd de exiliada; yo callaba impotente ante toda la congoja humana reunida en aquella habitación.
Los periódicos llenaban páginas enteras de inmundicias folletinescas. La llamaban "la mujer misteriosa de Moscú". Algunos agregaban: "Murió porque sabía demasiado." Impresionado por el furioso dolor de Carlos tomé una decisión. Escribí un poema desafiante contra los que ofendían a nuestra muerta. Lo mandé a todos los periódicos sin esperanza alguna de que lo publicaran. Oh, milagro! Al día siguiente, en vez de las nuevas y fabulosas revelaciones que prometían la víspera, apareció en todas las primeras páginas mi indignado y desgarrado poema.
El poema se titulaba "Tina Modotti ha muerto". Lo leí aquella mañana en el cementerio de México, donde dejamos su cuerpo y donde yace para siempre bajo una piedra de granito mexicano. Sobre esa piedra están grabadas mis estrofas.
Nunca más aquella prensa volvió a escribir una línea en contra de ella.
*

Fue en Lota, hace muchos años. Diez mil mineros habían acudido al mitin. La zona del carbón, siempre agitada en su secular pobreza, había llenado de mineros la plaza de Lota. Los oradores políticos hablaron largamente. Flotaba en el aire caliente del mediodía un olor a carbón y a sal marina. Muy cercano estaba el océano, bajo cuyas aguas se extienden por más de diez kilómetros los túneles sombríos en que aquellos hombres cavaban el carbón.
Ahora escuchaba a pleno sol. La tribuna era muy alta y desde ella divisaba yo aquel mar de sombreros negros y cascos de mineros. Me tocó hablar el último. Cuando se anunció mi nombre, y mi poema "Nuevo canto de amor a Stalingrado", pasó algo insólito, una ceremonia que nunca podré olvidar.
La inmensa muchedumbre, justo al escuchar mi nombre y el título del poema, se descubrió silenciosamente. Se descubrió porque después de aquel lenguaje categórico y político, iba a hablar mi poesía, la poesía. Yo vi, desde la elevada tribuna, aquel inmenso movimiento de sombreros: diez mil manos que bajaban al unísono, en una marejada indescriptible, en un golpe de mar silencioso, en una negra espuma de callada reverencia.
Entonces mi poema creció y cobró como nunca su acento de guerra y de liberación.
*

Esto otro me pasó en mis años mozos. Yo era aquel poeta estudiantil de capa oscura, flaco y desnutrido como un poeta de ese tiempo. Acababa de publicar Crepusculario y pesaba menos que una pluma negra.
Entré con mis amigos a un cabaret de mala muerte. Era la época de los tangos y de la matonería rufianesca. De repente se detuvo el baile y el tango se quebró como una copa estrellada contra la pared.
En el centro de la pista gesticulaban y se insultaban dos famosos hampones. Cuando uno avanzaba para agredir al otro, éste retrocedía, y con él reculaba la multitud filarmónica que se parapetaba detrás de las mesas. Aquello parecía una danza de dos bestias primitivas en un claro de la selva primordial.
Sin pensarlo mucho me adelanté y los increpé desde mi flacucha debilidad:
—Miserables matones, torvos sujetos, despreciables palomillas, dejen tranquila a la gente que ha venido aquí a bailar y no a presenciar esta comedia!
Se miraron sorprendidos, como si no fuera cierto lo que escuchaban. El más bajo, que había sido pugilista antes de ser hampón, se dirigió a mí para asesinarme. Y lo hubiera logrado, de no ser por la aparición repentina de un puño certero que dio por tierra con el gorda. Era su contenedor que, finalmente, se decidió a pegarle.
Cuando al campeón derrotado lo sacaban como a un saco, y de las mesas nos tendían botellas, y las bailarinas nos sonreían entusiasmadas, el gigantón que había dado el golpe de gracia quiso compartir justificadamente el regocijo de la victoria. Pero yo lo apostrofé catoniano:
—Retírate de aquí! Tú eres de la misma calaña!
Mis minutos de gloria terminaron un poco después. Tras cruzar un estrecho corredor divisamos una especie de montaña con cintura de pantera que cubría la salida. Era el otro pugilista del hampa, el vencedor golpeado por mis palabras, que nos interceptaba el paso en custodia de su venganza.
—Lo estaba esperando —me dijo.
Con un leve empujón me desvió hacia una puerta, mientras mis amigos corrían desconcertados. Quedé desamparado frente a mi verdugo. Miré rápidamente qué podía agarrar para defenderme. Nada. No había nada. Las pesadas cubiertas de mármol de las mesas, las sillas de hierro, —Imposibles de levantar. Ni un florero, ni una botella, ni un mísero bastón olvidado.
—Hablemos ——dijo el hombre.
Comprendí la inutilidad de cualquier esfuerzo y pensé que quería examinarme antes de devorarme, como el tigre frente a un cervatillo. Entendí que toda mi defensa estaba en no delatar el miedo que sentía. Le devolví el empujón que me diera, pero no logré moverlo un milímetro. Era un muro de piedra.
De pronto echó la cabeza hacia atrás y sus ojos de fiera cambiaron de expresión.
—Es usted el poeta Pablo Neruda? ——dijo.
—Sí soy.
Bajó la cabeza y continuó:
—Qué desgraciado soy! Estoy frente al poeta que tanto admiro y es él quien me echa en cara lo miserable que soy!
Y siguió lamentándose con la cabeza tomada entre ambas manos:
—Soy un rufián y el otro que peleó conmigo es un traficante de cocaína. Somos lo más bajo de lo bajo. Pero en mi vida hay una cosa limpia. Es mi novia, el amor de mi novia. Véala, don Pablito. Mire su retrato. Alguna vez le diré que usted lo tuvo en sus manos. Eso la hará feliz.
Me alargó la fotografía de una muchacha sonriente.
—Ella me quiere por usted, don Pablito, por sus versos que hemos aprendido de memoria.
Y sin más ni más comenzó a recitar:
—Desde el fondo de ti y arrodillado, un niño triste como yo nos mira...
En ese momento se abrió la puerta de un empellón. Eran mis amigos que volvían con refuerzos armados. Vi las cabezas que se agolpaban atónitas en la puerta.
Salí lentamente. El hombre se quedó solo, sin cambiar de actitud, diciendo "por esa vida que arderá en sus venas tendrían que matar las manos mías", derrotado por la poesía.
*

El avión del piloto Powers, enviado en misión de espionaje sobre el territorio soviético, cayó desde increíble altura. Dos fantásticos proyectiles lo habían alcanzado, lo habían derribado desde sus nubes. Los periodistas corrieron al perdido sitio montañoso desde donde partieron los disparos.
Los artilleros eran dos muchachos solitarios. En aquel mundo inmenso de abetos, nieves y ríos, comían manzanas, jugaban ajedrez, tocaban acordeón, leían libros y vigilaban. Ellos habían apuntado hacia arriba en defensa del ancho cielo de la patria rusa.
Los acosaron a interrogaciones.
—Qué comen? Quiénes son sus padres? Les gusta el baile? Qué libros leen?
Contestando esta última pregunta, uno de los jóvenes artilleros respondió que leían versos y que entre sus poetas favoritos estaban el clásico ruso Pushkín y el chileno Neruda.
Me sentí infinitamente contento cuando lo supe. Aquel proyectil que subió tan alto, e hizo caer el orgullo tan abajo, llevaba en alguna forma un átomo de mi ardiente poesía.


Pablo Neruda. Confieso que he vivido. Autobiografía. Planeta-Agostini, Barcelona.

Tuesday, August 07, 2012

Jorge Luis Borges: El ajedrez y el álgebra del persa


Jorge Luis Borges:
El ajedrez y el álgebra del persa

Los ponientes y las generaciones.
Los días y ninguno fue el primero.
La frescura del agua en la garganta
de Adán. El ordenado Paraíso.
El ojo descifrando la tiniebla.
El amor de los lobos en el alba.
La palabra. El hexámetro. El espejo.
La Torre de Babel y la soberbia.
La luna que miraban los caldeos.
Las arenas innúmeras del Ganges.
Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña.
Las manzanas de oro de las islas.
Los pasos del errante laberinto.
El infinito lienzo de Penélope.
El tiempo circular de los estoicos.
La moneda en la boca del que ha muerto.
El peso de la espada en la balanza.
Cada gota de agua en la clepsidra.
Las águilas, los fastos, las legiones.
César en la mañana de Farsalia.
La sombra de las cruces en la tierra.
El ajedrez y el álgebra del persa.
Los rastros de las largas migraciones.
La conquista de reinos por la espada.
La brújula incesante. El mar abierto.
El eco del reloj en la memoria.
El rey ajusticiado por el hacha.
El polvo incalculable que fue ejércitos.
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo.
El rostro del suicida en el espejo.
El naipe del tahúr. El oro ávido.
Las formas de la nube en el desierto.
Cada arabesco del calidoscopio.
Cada remordimiento y cada lágrima.
Se precisaron todas esas cosas
para que nuestras manos se encontraran.


Jorge Luis Borges, Las causas.


Tuesday, July 10, 2012

Henri Michaux - Del carácter indio

Henri Michaux - Del carácter indio





No se ha enfatizado bastante la lentitud del carácter indio.

Es esencialmente lento, embridado.

Sus frases, cuando se las oye decir, parecen deletreadas.

El hindú no corre jamás, ni en la calle, ni el pensamiento en su cerebro. Camino, encadena.

El hindú no quema sus etapas. Nunca es elíptico. Nunca sale de las filas. Su antípoda es el espasmo. Nunca es asombroso. En los 48.000 versos del Ramayana, en los 100.000 del Mahabharata, no hay un relámpago. El indio no tiene prisa. Razona sus sentimientos. Prefiere los encadenamientos.

El sánscrito es la lengua más encadenada del mundo, indudablemente la más bella creación del espíritu indio. Una lengua panorámica, una lengua de razonadores, flexible, sensitiva y atenta, prevenida, hirviendo de casos y de declinaciones.

El hindú es abundante, tiene esa abundancia en la mano. Le gustan los cuadros de conjunto y también sabe verlos.

Tirona acaba de morir. Se lo anuncian a su padre Sin apresurarse, el padre, en 240 preguntas, bien lentas, bien detalladas, bien parejas, interroga si que nadie lo interrumpa.

Después de todo eso, se desmaya. Lo abanican. Vuelve en sí. Vuelve al asunto. Nuevo lote de doscientas-trescíentas preguntas.

Intervalo.

Entonces, sin mayor prisa, y empezando por el diluvio, un general cuenta lo acontecido.

Así se pasa alrededor de hora y media.

Como hay muchas guerras cercanas y lejanas en el Mahabharata, muchas intervenciones de dioses y de héroes, se comprende que sus doscientos cincuenta mil versos basten apenas para dar un resumen del argumento.

Su pensamiento es un trayecto, sin alterar el paso. Inútil decir que el centro del Mahabharata no se encuentra fácilmente. El tono épico no se abandona ni un instante. El tono épico, por otra parte, como el tono erótico, tiene algo de naturalmente falso, artificial, voluntario, y parece hecho para la línea recta.

Cuando se ha comparado un soldado valiente a un tigre entre conejos, y a una manada de elefantes ante un bambú joven, y a un huracán barriendo las naves, se puede continuar diez horas en el mismo tono sin hacernos levantar la cabeza. En seguida se ha llegado a la cumbre, y se continúa en línea recta.

Pasa lo mismo con las obras eróticas; después de dos o tres violaciones, algunas flagelaciones y actos contra natura, qué quieren ustedes, ya uno se asombra, y se sigue leyendo medio dormido. Es que no se es naturalmente épico, ni erótico. A menudo me he sorprendido de la facilidad con la cual los hindúes toman el tono sursum corda y el tono de los predicadores redentoristas.

En:  Un bárbaro en Asia
Traducción de Jorge Luis Borges

Wednesday, June 13, 2012

AMÉRICA DESAPARECIDA / POR GEORGES BATAILLE


AMÉRICA DESAPARECIDA / POR GEORGES BATAILLE *

 http://www.non-fides.fr/IMG/auton95.jpg

 

 
Les Cahiers de la République des Lettres, des Sciences et des Arts, XI: L’Art Précolombien. L’Amérique avant Christophe Colomb, París, [1928], pp. 5-14.

La vida de los pueblos civilizados de América precolombina no sólo es prodigiosa para nosotros por el hecho de su descubrimiento y su instantánea desaparición, sino también porque sin duda jamás la demencia humana ha concebido una excentricidad más sanguinaria: ¡crímenes continuos cometidos a pleno sol por la mera satisfacción de pesadillas deificadas, fantasías aterradoras! Comidas caníbales de los sacerdotes, ceremonias con cadáveres y con arroyos de sangre, más que una aventura histórica evoca los deslumbrantes excesos descritos por el ilustre marqués de Sade.
Es verdad que esta observación concierne sobre todo a México. Perú representa quizá un espejismo singular, una incandescencia de oro solar, un resplandor, una riqueza perturbadora: la realidad no corresponde a esta sugerencia. La capital del imperio inca, Cuzco, estaba situada sobre una meseta elevada al pie de una suerte de acrópolis fortificada. Esta ciudad tenía un carácter de grandeza pesada y masiva. Casas altas construidas en cuadros de rocas enormes, sin ventanas exteriores, sin ornamento y cubiertas en paja, daban a las calles un aspecto medio sórdido y triste. Los templos que dominaban los techos eran de una arquitectura igualmente desnuda: sólo el frontón estaba todo recubierto por una placa de oro repujado. A este oro hay que añadir las telas de colores brillantes con que se cubrían los personajes ricos y elegantes, pero nada bastaba para disipar una impresión de mediocre salvajismo y sobre todo de uniformidad embrutecedora.

Cuzco era, en efecto, la sede de uno de los Estados más administrativos y regulares que los hombres hayan formado. Después de conquistas militares importantes, debidas a la organización meticulosa de un gigantesco ejército, el poder del Inca se extendía sobre una región considerable de América del Sur, Ecuador, Perú, Bolivia,
norte de Argentina y de Chile. En este dominio abierto por caminos, un pueblo entero obedecía a las órdenes de los funcionarios como se obedece a los oficiales en los cuarteles. El trabajo estaba repartido, los matrimonios decididos por los funcionarios. La tierra y las cosechas pertenecían al Estado. Los festejos eran fiestas religiosas del Estado. Todo se encontraba previsto en una existencia sin aire. Ésta organización no debe ser confundida con la del comunismo actual: ella difería de éste esencialmente, puesto que reposaba sobre la herencia y la jerarquía de las clases.

En estas condiciones, no es sorprendente que haya relativamente pocos trazos brillantes que reportar de la civilización Inca. Incluso los horrores son poco impactantes en Cuzco. Con la ayuda de lazos se estrangulaba a las raras víctimas en los templos, aquel del Sol, por ejemplo, cuya estatua de oro masivo, fundida desde la conquista, conserva a pesar de todo un prestigio mágico. Las artes, aunque muy brillantes, no presentan empero más que un interés de segundo orden: los tejidos, los vasos en forma de cabezas humanas o de animales son notables. Pero en esta comarca hay que buscar en otra parte, y no entre los incas, una producción verdaderamente digna de interés. En Tihuanaco, en el norte de Bolivia, la famosa puerta del Sol ya da testimonio de una arquitectura y de un arte prestigiosos que hay que atribuir a una época muy anterior. De las cerámicas, diversos fragmentos
se unen en estilo a esta puerta milenaria. En suma, en la época misma de los incas, son los pueblos de la costa, de civilización más antigua, los autores de los objetos más curiosos.

Colombia, Ecuador, Panamá, las Antillas presentaban igualmente en la época de la conquista civilizaciones muy desarrolladas cuyo arte nos sorprende hoy. Incluso hay que atribuir a los pueblos de esas regiones una parte de las estatuillas fantásticas, con rostros de ensueño que sitúan al arte precolombino en las preocupaciones actuales. No obstante, hay que precisar de inmediato que nada en la América desaparecida puede, según nosotros, igualarse a México, región en la cual hay que distinguir por otra parte dos civilizaciones muy diferentes, aquella maya qu’itché y la de los mexicanos propiamente dichos. La civilización maya qu’itché en general pasa por haber sido la más brillante y la más interesante de todas las de la América desaparecida. En efecto, sus producciones son las que probablemente se aproximan más de aquellas que los arqueólogos tienen costumbre de señalar como notables.

Se desarrolló en una época anterior por algunos siglos a la conquista española en la región oriental de América central, en el sur del México actual, exactamente en la península de Yucatán. Estaba en plena decadencia cuando llegaron los españoles.

El arte maya ciertamente es más humano que ningún otro en América. Aunque no hubo ciertamente influencia, es difícil no aproximarlo a las artes contemporáneas de Extremo Oriente, al arte khmer por ejemplo, del cual tiene el carácter de vegetación pesada y exuberante: uno y otro se desarrollaron por lo demás bajo un cielo de plomo en países demasiado calientes y malsanos. Los bajorrelieves mayas representan a los dioses con forma humana, pero pesada y monstruosa, muy estilizada, sobre todo muy uniforme. Se los puede mirar como sumamente decorativos. En efecto, forman parte de conjuntos arquitectónicos muy prestigiosos, que fueron los primeros que permitieron que las civilizaciones de América rivalizaran con las grandes civilizaciones clásicas. En Chichén Itzá, en Uxmal, en Palenque, se descubren aún las ruinas de templos y de palacios imponentes, a veces ricamente trabajados. Se conocen, por lo demás, los mitos religiosos y la organización social de esos pueblos. Su desarrollo tuvo ciertamente una gran influencia y ha determinado en gran parte a la civilización del altiplano, pero su arte no deja de tener algo de nacido muerto, llanamente repugnante a despecho de la perfección de la riqueza del trabajo.

Si se quiere aire y violencia, poesía y humor, no se los hallará más que en los pueblos de México central que han alcanzado un alto grado de civilización poco antes de la conquista, es decir, en el transcurso del siglo xv.

Sin duda los mexicanos que encontró Cortés no eran sino bárbaros recientemente cultivados. Habiendo llegado del norte, en donde llevaban la vida errante de los pieles rojas, ni siquiera han asimilado de manera brillante lo que tomaron de sus predecesores. Así, su sistema de escritura, análogo al de los mayas es empero inferior. No importa: entre los diversos indios de América, el pueblo azteca, cuya muy poderosa confederación se apoderó de casi todo el México actual durante el siglo xv, no deja de ser el más vivo, el más seductor; incluso por su violencia demente, por su paso de sonámbulo.

En general los historiadores que se han ocupado de México se han ido hasta cierto punto presas de la incomprensión. Si se tiene en cuenta, por ejemplo la manera literalmente extravagante de representar a los dioses, las explicaciones desconciertan por su debilidad.

“Cuando uno pone los ojos en un manuscrito mexicano, dice Prescott, uno queda impactado de ver ahí las más grotescas caricaturas del cuerpo humano, cabezas monstruosas, enormes, sobre pequeños cuerpos enfermizos, deformes, cuyos contornos son rígidos, angulosos, pero si se mira más de cerca, se vuelve claro que se trata menos de un ensayo torpe de representar la naturaleza que de un símbolo convencional para expresar la idea de la manera más clara, más impactante. Es así como las piezas de mismo valor en un juego de ajedrez corresponden entre ellas por la forma, pero ofrecen muy poco parecido con los objetos que se supone representan.”

Esta interpretación de las deformaciones horribles o grotescas que perturbaron a Prescott nos parece hoy insuficiente. Sin embargo, si se remonta a la época de la conquista española, se encontrará sobre este punto una explicación verdaderamente digna de interés. El monje Torquemada atribuye los horrores del arte mexicano al demonio que obsesionaba al espíritu de los indios: “Las figuras de sus dioses, dice, eran semejantes a las de sus almas por el pecado en que vivían sin fin.”

Una aproximación se impone evidentemente entre la manera de representar los diablos entre los cristianos y los dioses entre los mexicanos.

Los mexicanos eran probablemente tan religiosos como los españoles, pero mezclaban con la religión un sentimiento de horror, de terror, aliado a una especie de humor negro más espantoso que el horror. La mayoría de sus dioses son feroces o extrañamente malhechores. Tezcatlipoca parece obtener un placer inexplicable de ciertas “supercherías”. Sus aventuras, contadas por el cronista español Sahagún, forman una curiosa contrapartida de la Leyenda Dorada. A la miel cristiana se opone el aloe azteca, a la curación de los enfermos, bromas siniestras. Tezcatlipoca se pasea en medio de las multitudes jugueteando y bailando con un tambor: la multitud danza en tropel y se apresura absurdamente hacia los abismos en donde los cuerpos se despedazan y mutan en rocas. Sahagún cuenta así otra “mala pasada” del Dios nigromante: “Llovió un chaparrón de piedras y a continuación una gran roca llamada techcalt. A partir de ese momento, una vieja india viajaba en un lugar llamado Chapultepec cuitlapilco, ofreciendo a la venta pequeñas banderas de papel gritando: ‘¡Hay banderitas!’. Cualquiera que decidiera morir decía: ‘Cómprenme una banderita’, y cuando se la habían comprado, llegaba al lugar del techcalt, en donde se lo mataba sin que a nadie se le ocurriera decir: ‘¿Qué es lo que nos pasa?’ Y todos estaban como enloquecidos.”

Parece muy evidente que los mexicanos obtenían un placer turbio en este género de mistificación. Es incluso probable que estas catástrofes de pesadilla les hicieran reír de cierta manera. Así hemos llegado a comprender directamente alucinaciones tan delirantes como los dioses de los manuscritos. El coco o el chamuco son palabras que se asociaron a esos personajes violentos, malas bromas siniestras, llenos de humor malintencionado, así como ese dios Quetzalcóatl que hace grandes deslizamientos desde lo alto de las montañas sentado sobre una tablita…

Los demonios esculpidos de las iglesias de Europa serían comparables por completo con ellos (participaban sin duda alguna de la misma obsesión esencial) si tuvieran también el carácter de poder, la grandeza de los fantasmas aztecas, los más sanguinarios de todos lo que han poblado las nubes terrestres.

Sanguinarios al pie de la letra, como cada uno lo sabe. No hay uno solo de ellos al que no se haya salpicado de sangre periódicamente para festejarlo. Las cifras citadas varían: sin embargo, es posible admitir que el número de víctimas anuales alcanzaba como mínimo varios miles sólo en la ciudad de México. El sacerdote hacía que se mantuviera a un hombre con el vientre al aire, la espalda arqueada sobre una especie de gran mojón y le abría el tronco golpeándolo violentamente con un golpe de cuchillo de piedra brillante. Cortados así los huesos, el corazón era tomado con las puras manos de la apertura inundada de sangre y arrancado violentamente con una habilidad y una presteza tales que esta masa sangrienta continuaba palpitando orgánicamente durante algunos segundos encima de la brasa roja: a continuación el cadáver repelido rodaba con pesadez hasta lo más bajo de una escalinata. Finalmente, al caer la noche, todos los cadáveres eran desollados, descuartizados y cocidos, y los sacerdotes venían a comerlos.

Éstos no se contentaban por lo demás con inundarse de sangre, ni con inundar con ella los muros del templo, los ídolos, las flores brillantes que colmaban el altar: en ciertos sacrificios que comportaban la desolladura inmediata del hombre herido, el sacerdote exaltado se cubría el rostro con la piel sangrante del rostro y el cuerpo con la del cuerpo. Así revestido con este traje increíble, rogaba a su dios con delirio.

Pero aquí es el lugar para precisar con insistencia del carácter sorprendentemente feliz de esos horrores. México no era sólo el más rebosante de los rastros de hombres, también era una ciudad rica, verdadera Venecia con canales y pasarelas, templos decorados y sobre todo bellos jardines de flores. Incluso sobre las aguas se cultivaban flores con pasión. Se adornaba con ellas los altares. Antes de los sacrificios se hacía bailar a las víctimas “llevando collares y guirnaldas de flores. Tenían también rodelas floreadas y juncos perfumados que sahumaban y olían alternativamente.”

Uno imagina fácilmente los enjambres de moscas que debían arremolinarse en la sala del sacrificio cuando ahí la sangre chorreaba. Mirbeau, que los soñaba ya para su Jardín de los suplicios escribía que “en ese medio de flores y de perfumes eso no era ni repugnante, ni terrible”.

La muerte, para los aztecas, era nada. Pedían a sus dioses no sólo que les permitieran recibir la muerte con alegría, sino incluso ayudarles a encontrar en ella encanto y dulzura. Querían ver a las espadas y a las flechas como golosinas. Esos guerreros feroces sin embargo no eran sino hombres afables y sociables como todos los demás, que amaban reunirse para beber y hablar. También era de uso corriente en los banquetes aztecas emborracharse con alguno de los diversos estupefacientes de los que hacían uso habitualmente.

Parece que hubiera habido en ese pueblo de valor extraordinario un gusto exasperante por la muerte. Se entregó a los españoles presa de una suerte de locura hipnótica. La victoria de Cortés no es un hecho de fuerza, sino de un verdadero hechizo. Como si esa gente hubiera vagamente comprendido que una vez llegado a ese grado de feliz violencia la única salida era, para ellos como para las víctimas con las cuales apaciguaban a sus dioses festivos, una muerte súbita y aterradora.

Ellos mismos han querido servir hasta el final de “espectáculo” y de “teatro” para esos personajes lunáticos, “servir de entretenimiento”, de “diversión”. En efecto, es así como concebían su extraña agitación. Extraña y precaria, porque murieron tan bruscamente como un insecto que se aplasta.

Traducción de Manuel Hernández García.
 
 *Escritor y ensayista francés, nacido en Billom, Puy-de-Dôme. Estudia en la Ecole des Chartes, de París, donde se gradúa en 1922, y en la Escuela Superior de Estudios Hispánicos, de Madrid, a donde acude en 1923, le sirven para ganarse la vida como numismático en la Biblioteca Nacional de París, donde ingresa en 1924. Su contacto con la filosofía viene de las lecturas de Nietzsche, realizadas en 1923, y de Hegel en 1929. Su obra, preferentemente literaria - ensayos, suele decirse, que parecen novelas y que no llegan a serlo- entra en el terreno de la filosofía, en el ámbito propio de la corriente posestructuralista francesa, cuyo exponente principal es Derrida, y cuya preocupación central es investigar por qué se vincula la racionalidad con la palabra escrita, y poner en evidencia el trasfondo de irracionalidad que hay en esta creencia y la crítica total al concepto de sujeto. Su obra filosóficamente más importante la forman La experiencia interior (1943), El culpable (1944) y Sobre Nietzsche (1945), libros escritos durante la ocupación alemana, Suma ateológica I (1954), y Suma ateológica II (1961). Son particularmente interesantes sus escritos sobre estética y sobre erotismo. Fundó las revistas Documents (1929-1930) y Critique (1946) y la sociedad secreta Acéphale (1936-1939).